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martes, 1 de marzo de 2011

TERESA LÓPEZ PARDINA: MEMORIA DE ARANGUREN



















































































TEMAS
Teresa López Pardina es doctora en Filosofía y miembro del Instituto de Investigaciones Feministas de la Universidad Complutense de Madrid. Especialista en el pensamiento de Simone de Beauvoir, es autora de las obras Simone de Beauvoir, una filósofa del siglo XX
(Publicaciones de la Universidad de Cádiz, 1998) y Simone de Beauvoir (Ediciones del Orto,1999). Asimismo, es autora de capítulos incluidos en libros como La filosofía contemporánea desde una perspectiva no androcéntrica
(edición de A. Puleo, Ministerio de Educación y Ciencia, 1993) y Feminismo y filosofía (edición de Celia Amorós, Síntesis, 2000), así como de diversas colaboraciones en obras colectivas y artículos en revistas especializadas.

Memoria de Aranguren
Teresa López Pardina

Sería octubre del 61. Yo era una chica despistada que venía
de la Universidad de Zaragoza, donde había cursado lo que se
llamaban «los comunes» en la jerga de la Facultad de Filoso
fía y Letras de la época, a estudiar a Madrid la «especialidad»
de Filosofía pura. Buscando el aula donde creía tener clase en
aquella hora, aterricé en la 24. No era el primer día, pero cono
cía a pocos de mis compañeros, así que no me sorprendió
no encontrar a ninguno, y tampoco que el aula estuviese algo
más llena; en Zaragoza la asistencia a clase era masiva, pero pronto aprendí que en Madrid dependía mucho más del profesor.
Ese día el profesor era nuevo para mí. Un tipo alto y delgado, más aún que mi padre, de cabeza perfectamente dolicocéfala y amplia calva, que entró con un andar peculiar y distinguido hacia la enorme tarima en la cabecera de la clase y se deslizó a lo largo de ella hasta alcanzar, en el rincón de la izquierda, la mesa de profesor. Sentado como plegado sobre sí mismo, el codo izquierdo apoyado en la mesa y el antebrazo en oblicuo hasta alcanzar con la mano izquierda la parte superior de la cabeza, la pluma en la mano derecha sobre unas leves cuartillas, hablaba en un tono coloquial, sin estridencia alguna, pero cargado de ironía, en voz casi diría baja, pero perfectamente audible; y decía cosas diferentes de las que yo estaba habituada a oír de un profesor, desde una perspectiva más cercana en el tiempo y en el espacio. Hablaba de las corrientes de pensamiento y de la vida política en la España de los años 30. Para mí el fogonazo de aquella clase fue la frase con la que desmitificaba a José Antonio (Primo de Rivera): «un señorito de derechas de Madrid», cuya condición encuadraba su ideología.
Mi despiste político en aquel momento era considerable. En mi calidad de delegada de Cultura en mi Facultad de Zaragoza el curso anterior, había organizado un ciclo de conferencias titulado Ideario de nuestro tiempo en el que incluí una sobre José Antonio, pronunciada por el entonces presidente de la Diputación Antonio Zubiri. Estábamos bastante perdidos mis compañeros y yo buscando ideologías alternativas al páramo encorsetante del franquismo oficial y tenía un compañero de curso y amigo que se reclamaba joseantoniano frente a la interpretación tergiversada del fundador de la Falange que presentaba el Régimen. Además, buscando aclaración, había dedicado parte de mis vacaciones de verano a indagar en las obras completas de José Antonio aquellas propuestas puras de las que hablaba mi amigo sin ningún éxito, aunque entre tanto otro amigo me había advertido que lo de José Antonio era una mala copia de Ortega. La descripción de Aranguren acabó de un plumazo con mis dudas: era la desmitificación contundente de toda aquella palabrería («España es una unidad de destino en lo universal»; «España no son las tierras ni sus gentes»; «queremos a España porque nos duele»), expresiones de un entramado ideológico construido de retazos de
otros pensadores más originales como algunos del 98, Ortega y los ideólogos del nacional-socialismo.
Al salir del aula 24 ya me había percatado de que la clase a la que acababa de asistir no correspondía al curso primero de especialidad –y tercero de carrera– al que yo pertenecía, ni aquel señor era profesor en ninguna de mis asignaturas de aquel año. Me había equivocado de aula y de curso: un feliz error que había posibilitado mi primer encuentro con Aranguren.
Aranguren hasta entonces había sido el referente desconocido, indicado por mi profesor de Filosofía de Zaragoza, Eugenio Frutos, que validaba la elección de Madrid, con preferencia a Barcelona o Valencia, para estudiar Filosofía pura. A partir de ese día fue mucho más.
Aquella jovencita provinciana y formal recién llegada de Zaragoza, que era yo, había empezado a contactar desde los primeros días de clase con algunos de los personajes más interesantes, cultivados e inquietos del curso como eran Víctor Sánchez de Zavala, Francisco Gracia, Juan Delval, Eugenio Gallego y Luis Gómez Llorente, que llegó más tarde.
Ellos fueron los primeros que se movieron para darse a conocer al profesor y empezar a colaborar en sus Seminarios. Así que muy pronto empezaría yo a recibir la inestimable influencia de Aranguren.
Aranguren era el nombre con el que se le mencionaba en la Universidad, aunque entre nosotros –el reducido grupo de estudiantes de mi curso, los que llegamos a ser más allegados a él hasta que lo expulsaron de la docencia académica– Víctor Sánchez de Zavala había puesto en circulación otro apodo que expresaba mejor nuestro respeto y nuestra veneración por él y que, como en la secta pitagórica, sólo conocían los iniciados, aunque, como en la secta pitagórica, hubiera quien lo filtrase.
Empezamos a ser asiduos de los Seminarios de los sábados, los de la Cátedra Eugenio d’Ors de Ciencia de la Cultura, Seminarios abiertos a los que asistían los estudiantes más ávidos de saber de toda la Universidad de Madrid. En ellos conocimos a algunos de los intelectuales más relevantes de la época. Aquellos Seminarios eran un modelo de lo que debía ser (y no era) la Universidad. El propio Aranguren lo reconoció al final de uno de ellos en 1964 cuyo ponente fue Agustín García Calvo, recibido por nosotros con gran expectación. García Calvo había obtenido recientemente, tras reñida y brillante oposición, su cátedra de Lengua y Literatura latinas y venía aureolado de su valía intelectual y su postura de disidente político del régimen. Había sido invitado por Aranguren para hablar sobre los presocráticos. Y sí, habló de la cultura griega en sus albores: de los poetas, de los primeros filósofos; recitó fragmentos de sus obras y nos sumergió por un tiempo en ese mundo entre el mito y la filosofía, que fue el inicio de nuestra cultura, como decía Heidegger. Un tono, un nivel de exposición, una descripción de aquella cultura tan lejana en el tiempo y, a la vez, tan cercana por la forma en la que nos la describió. Estábamos entusiasmados. ¡Era algo tan diferente de lo que habitualmente escuchábamos! Cuando García Calvo terminó su exposición, Aranguren, en pie, tomó la palabra para decirnos: «Esto es la Universidad. Un encuentro, una sesión como esta en la que estamos, en la que se muestra la relación entre diferentes vertientes de la cultura; un profesor de estudios clásicos en un Seminario para alumnos de Filosofía». Era una de las actividades que fomentaba él mismo como profesor: recuerdo otra ocasión en la que asistimos con él un grupo de alumnos a un Seminario de Arte que se celebró en la E. T. S de Arquitectura, organizando conjuntamente por profesores de la Escuela y por él mismo.
Los Seminarios de los sábados me permitieron conocer a personajes míticos para mí como Ferrater Mora, cuyo diccionario de Filosofía ya era para nosotros un recurso fundamental; a Foucault, de quien nunca había oído hablar y cuyo discurso me dejó totalmente atónita por lo novedoso; escuchar como crítico literario a Jean-Pierre Richard, a la sazón director del Instituto Francés de Madrid –en el que yo preparaba el DALF, en la nomenclatura actual– y a Roland Barthes. Todo un lujo, como ahora se dice, en aquella Universidad franquista.
Los Seminarios de Aranguren eran como una isla de promisión en aquel mar de insustancialidad intelectual que era la especialidad de Filosofía en la década de los 60. Y no sólo los de los sábados, donde aprendíamos de figuras consagradas. También aprendíamos, y mucho, en los de los martes y los jueves, en los que tratábamos temas relacionados con las asignaturas de Ética y Sociología, preparados por nosotros mismos bajo la dirección de Aranguren: exponíamos y se discutía.
En las Navidades del 62 me llevé a casa unos capítulos –en inglés– de la Antropología estructural de Lévi-Strauss para traducir y preparar unas sesiones junto a Víctor Sánchez de Zavala y alguien más. Entonces aprendí que la existencia del matriarcado era una hipótesis sin corroborar y que la importancia del tío materno en las sociedades matrilineales era una forma más de configuración del patriarcado, conocimientos que luego me fueron muy útiles para el feminismo filosófico, entre otras cosas. Para mí fue el arranque del interés por la Antropología, que se continuó con las lecturas de Tristes trópicos, El pensamiento salvaje y más tarde Las estructuras elementales del parentesco, donde se pone de manifiesto que las mujeres son un objeto de transacción entre los varones de tribus distintas para evitar la endogamia. Y que me motivó a seguir los cursos de la Escuela de Sociología, una institución que empezó a funcionar en el curso 63-64, dependiente del rectorado, y que fue el embrión de la futura Facultad, en los viejos edificios de San Bernardo. Cerrada en el 65, siguió desde el curso 65-66 como institución privada con las siglas de CEISA, regentada por José Vidal Beneyto.
Quizás este interés despertado en nosotros, sus estudiantes, y quizás también algún otro avatar que desconozco, llevaron a Aranguren a contactar con Pierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron, que fueron invitados en julio del 63 –estando yo ya fuera de Madrid por las vacaciones de verano– a exponer en el marco de un Seminario extraordinario sus trabajos en curso sobre Sociología de la educación, los cuales se publicaron más tarde en el libro titulado en francés Les Héritiers (1964) que yo traduje en el 67 para la Editorial Labor con prólogo de Aranguren. El contacto con estos sociólogos produjo, entre tanto, la creación, bajo la dirección de Aranguren, de un grupo de investigación en España cuyo objetivo era adaptar a nuestro país el método de investigación utilizado por ellos para hacer un estudio comparativo del estado de la cuestión aquí. El grupo era una especie de Seminario permanente durante el primer curso 63-64 de más de una decena de personas que más tarde se redujo a cuatro (Berta Gutierrez Reñón, Antonio Linares, Asunción Oliva y yo); justamente en febrero del 65 estábamos las chicas en la tarea de pasar los cuestionarios que se habían hecho en Francia y habíamos adaptado a la Universidad española, mientras Antonio Linares se encontraba en París disfrutando, supongo ahora que por el solo hecho de ser el varón del grupo, de la primera de las becas anuales que nos había empezado a adjudicar el Centre de Sociologie européenne. Con la expulsión de Aranguren de la Universidad, la fundación Ford, que nos financiaba hasta que el contrato con el CSE fuera firme, retiró su ayuda y la homologación con los franceses se tornó inviable al no poder trabajar desde la Universidad como plataforma. Todavía Asunción Oliva pudo beneficiarse de la última beca en París, pero el grupo se deshizo y también nuestro proyecto y nuestra expectativa de hacer aquí Sociología de la Educación.
También otras disciplinas filosóficas se cultivaban en los Seminarios de los martes y los jueves, en los que participábamos activamente los alumnos. Un recientemente licenciado Javier Muguerza se encargó durante un curso entero de preparar semanalmente un Seminario sobre Filosofía analítica: de Russell y Moore a Wisdom, pasando por Ayer y Carnap, un amplio abanico de los principales representantes y los problemas fundamentales abordados por esta orientación de la filosofía que en aquel momento atraía a muchos estudiosos, se nos dieron a conocer a todos los estudiantes de la Sección que estuvieran interesados. Otro estudiante, Lorenzo Peña, de un curso posterior al mío, si no recuerdo mal, tuvo también ocasión de impartir densas lecciones de filosofía marxista a los compañeros interesados por conocer y/o discutir sobre una orientación del pensamiento inexistente en los programas académicos de nuestra especialidad.
Este año del centenario, leyendo los artículos que han escrito para la ocasión otros alumnos de Aranguren anteriores a mí, he podido comprobar que tanto la filosofía analítica como la marxista habían sido tratadas por el propio profesor Aranguren desde su cátedra en el marco de cursos monográficos. Lo cual quiere decir que se preocupaba por facilitar, por un cauce u otro, a todos sus alumnos, el conocimiento de las principales corrientes filosóficas. El papel de Aranguren en los Seminarios protagonizados por alumnos o ex-alumnos no se reducía a propiciar que expusieran una orientación u otra de la filosofía contemporánea y hablasen de ello por su cuenta y saber, sino que él mismo era el director, el primer interlocutor y el guía; era patente que conocía perfectamente aquellas nuevas corrientes de pensamiento de las que nosotros empezábamos a tener noticia exclusivamente a través de su labor seminal.
Como es sabido, el positivismo lógico y la filosofía analítica se habían prodigado, sobre todo en sus comienzos, en el análisis de problemas lógico-epistemológicos y metafísicos. Pero, por paradójico que parezca a la altura del tiempo presente, en la década de los sesenta se ignoraban por completo en las asignaturas correspondientes a aquellas disciplinas que, por cierto, se estudiaban durante los tres años de la carrera.
Los Seminarios de Aranguren, incluso los destinados a sus propios alumnos de 4º curso –nivel en el que se cursaban las dos materias de su cátedra: Ética y Sociología– estaban abiertos a todos los estudiantes, todos los que quisieran aprovechar aquella magnífica oportunidad pudieron hacerlo. Nadie exigía seña alguna de identidad para entrar. Algunas veces hubo impedimentos para llevarlos a cabo. No por parte de nuestro profesor, naturalmente, sino por la censura política franquista que se ejercía en la Universidad. Tal fue el caso del Seminario sobre la Historia de España inmediatamente anterior a la guerra civil, de Ramos Oliveira, que había organizado nuestro compañero Luis Gómez Llorente y a cuya asistencia se habían comprometido con gran interés estudiantes de otras Facultades; tras una larga espera para obtener el permiso del decano –a la sazón, don José Camón Aznar, catedrático de Historia del Arte– el mismo día que había de empezar llegó una contraorden «de más arriba» que lo desautorizó. No se podía evocar la historia reciente ni siquiera a través de una prestigiosa obra ya publicada y en el marco de un seminario universitario.
Las actividades del profesor Aranguren eran vigiladas muy de cerca por el Régimen. Todos conocíamos a una pareja de alumnos varones que a veces acudían juntos, otras por separado, a determinadas sesiones de los Seminarios, incluso a algunas clases. No conocían a nadie, no hablaban con el resto de los alumnos aunque estaban matriculados, según le respondieron a uno de mis compañeros que les preguntó. Como el propio Aranguren pensaba, no debían de enterarse de los problemas filosóficos o ético-sociales que allí se trataban, pero sí servían para alertar a sus superiores sobre cualquier tema sospechoso de «subversivo», como se decía en el lenguaje de la época. Y es que Aranguren se arriesgaba. En Memorias y esperanzas españolas escribió que no había desempeñado nunca una actividad política, y en sentido estricto así fue; pero sí que ejerció, también en su docencia, ese papel de moralista de la sociedad, como a él le gustaba autodefinirse. Es decir, de intelectual comprometido con su tiempo, y eso se traducía, entre otras cosas, en proponer saberes a sus estudiantes y propiciar sus deseos de saber. Ese cometido lo llevaba a cabo con su organización de los Seminarios y con sus clases. Sigo pensando lo mismo que sostuve en una discusión con uno de mis compañeros de nuestro pequeño grupo en el año 64, el año que terminábamos nuestra licenciatura. Él sostenía que a Aranguren «no le iban a hacer nada» –una frase de uso en los tiempos del Régimen franquista que quería decir que no corría peligro– porque con lo que hacía no se comprometía verdaderamente. Permitir la crítica, criticar desde la cátedra y los Seminarios, pero sin pasar a la acción, no le ponía en auténtico peligro. Yo sostenía lo contrario; yo entendía que esa era su manera de comprometerse, abriendo nuestros ojos, haciéndonos conscientes de la realidad en la que estábamos. Un año después, la historia me dio la razón. Porque, como el propio Aranguren explicó en 1969, ya exilado de la Universidad española: «El intelectual es incómodo, es un aguafiestas con su manía de estar diciendo siempre no a la injusticia». Y por aguafiestas acabaron expulsándolo de la Universidad. Era molesto a los prebostes del Régimen y a sus compañeros de claustro, a quienes ponía en evidencia por el contraste que se producía entre sus clases y las de ellos.
Para empezar, Aranguren tenía dedicación exclusiva –como la inmensa mayoría. Y la cumplía, como casi nadie lo hacía. Yo no me podía creer viniendo de Zaragoza, una Universidad de provincia donde los profesores raramente faltaban a clase y, si lo hacían, enviaban un profesor ayudante que la impartía, que en Madrid los profesores no apareciesen por las aulas o que enfermaran en noviembre y no se recuperasen hasta abril. Los había que justificaban este incumplimiento de su tarea por el excesivo número de hijos (sic) y la necesidad de atender a otros dos empleos simultáneos (entonces no existía la incompatibilidad laboral y el catedrático a que me refiero era director general de prensa y procurador en las Cortes); los había que «llenaban» el tiempo de la clase hablando de sus viajes a Alemania y otras «hazañas» personales, pero no explicaban su materia. Los había que habían dejado de estar al tanto de lo que se investigaba en su disciplina desde hacía tiempo. Y los había que cumplían con su trabajo en el marco de una neo-escolástica que echaba para atrás al estudiante deseoso de saber.
Aranguren era el negativo de todos estos nefandos compañeros de claustro. Se pasaba en la Facultad todo el tiempo que requería su dedicación exclusiva, y durante ese tiempo trabajaba como profesor, no sólo dando siempre personalmente las clases, organizando y dirigiendo los Seminarios, sino también atendiendo en su despacho a los alumnos. Eso que ahora se denomina tiempo de «atención a alumnos», Aranguren lo cumplía con creces. Cualquier duda, cualquier propuesta de trabajo, aclaración o comentario intelectual relacionado con la filosofía nos permitía acceder a su despacho –a veces haciendo espera– siempre abierto y atento a sus estudiantes. También a estudiantes que venían de fuera a proponerle actividades, o amigos filósofos que colaboraban con él: en su despacho y en sus seminarios abiertos conocí a Jesús Aguirre, entonces director de la editorial Taurus y más tarde duque de Alba, que era un gran amigo suyo, y también a Xavier Rubert de Ventós, que ya había terminado la licenciatura y vivía en Barcelona, a Carlos Moya, que estudiaba Derecho en la Facultad de enfrente y a tantos otros. A los estudiantes nos recibía y nos escuchaba, esa era otra de sus cualidades como profesor: era un gran escuchador, por más despistados y perdidos que estuviéramos nos atendía y nos escuchaba. No quiere esto decir que nos aconsejara lo que debíamos hacer; no ejercía de consejero psicológico ni de tutor, y manifestaba su rechazo a veces con fina ironía, otras con ironía mordaz; siempre abriendo perspectivas para el que quisiera trabajar, por eso alguien calificó de socrático su talante como profesor.
La disponibilidad de Aranguren para con sus alumnos se prolongaba hasta su propia casa de Velázquez 25, donde trabajaba habitualmente por las tardes y donde era siempre accesible, previa cita telefónica. Fui a Velázquez 25 por primera vez para llevar mi trabajo –y el de Eugenio Gallego– de 4º de Licenciatura. Sería, pues, hacia finales de mayo del 63. Este detalle, el de recibir trabajos de alumnos en su casa, en vez de poner fecha y hora en la Facultad, ya denota una accesibilidad y disponibilidad del profesor muy poco frecuentes en la época. Recuerdo que me recibieron –debía ser sábado o domingo– en aquel gran vestíbulo rectangular cálidamente iluminado, dos de sus hijas, seguramente Pilar y Fisa, a quienes entonces aún no conocía, que tomaron mis cuartillas de alumna-que-entrega-su-trabajo-a-última-hora sonrientes, como la cosa más natural del mundo.
Aquellos trabajos iban a servir de calificación para las asignaturas de Ética y Sociología que habíamos cursado ese año. El procedimiento consistía en hacer un trabajo relacionado con la Ética y otro relacionado con la Sociología, de los temas que nosotros eligiésemos, con absoluta libertad, y entregarlo al profesor unos días antes del examen oral en el que tendríamos que explicar nuestras tesis y defender las argumentaciones que sosteníamos. Mi trabajo de Ética era un análisis de la moral en la obra literaria de André Gide, autor al que había leído con enorme interés tras un primer contacto con su obra por la lectura en el Instituto Francés de su Symphonie pastorale. Para Sociología había elegido, por consejo de mi amigo Eugenio Gallego, el librito de Georg Simmel Cultura femenina y otros ensayos, un libro cuyas tesis son absolutamente falsas y misóginas y del que no recuerdo en absoluto lo que argumenté. Lo que sí recuerdo es que discutimos mucho en el examen oral mis tesis sobre la moral en la obra de Gide, lo cual tuvo a Paco Gracia muy entretenido oyéndonos y me felicitó por el coraje con que me defendí; la verdad es que entonces desconocía que Aranguren había escrito en 1952, tras la muerte de Gide, un artículo («André Gide») comentando críticamente su figura y su obra, recogido posteriormente en su libro Catolicismo día tras día de 1955, donde desde una postura de católico todavía adherido a lo que más tarde llamaría la «iglesia eclesiástica» –en Contra-lectura del catolicismo, 1978– que no era ya tampoco la del Aranguren que yo conocí en la Facultad, trituraba a Gide por luterano, conciencia retorcida e inmoralista. Leí este artículo algo después, ya terminada la Licenciatura, y lo he releído ahora para cotejarlo con aquel trabajo mío de 4º de carrera. Efectivamente, la postura de Aranguren con respecto a Gide era de condena, mientras que la mía era de aceptación de sus originales tesis que anticipaban el existencialismo. He encontrado mi trabajo correcto en su planteamiento y en su línea argumental, aunque pobre en el uso de la terminología ética y en conocimientos de la historia de la filosofía.
Yo partía de la afirmación de que la obra de Gide está estrechamente enlazada a su vida, es una «objetivización de su propia subjetividad», afirmaba. En esto coincidía, desde luego, con la apreciación de Aranguren, pero luego mi perspectiva, carente por mi ignorancia de muchos entornos históricos y espaciales, daba lugar a una apreciación modestamente más actual, visto desde ahora, aunque naturalmente mucho más pobre. Sentaba, de partida, que dejaría de lado el elemento religioso involucrado en ella porque consideraba que la religión es algo privado, un asunto «puramente personal» y mi trabajo sería una exposición de la ética de Gide. Interpretaba, a continuación, la sinceridad de Gide como un ejercicio en la búsqueda de sí mismo, la calificaba como su primer axioma moral que le sirve para despojarse «de lo que le han hecho ser y él no es», dicho en términos más próximos al existencialismo que los del mismo Gide («Osar ser uno mismo. He de atreverme a reconocer con toda franqueza que mi infancia ceñuda y solitaria es la que me ha hecho como soy»), quien tanto influyó en los existencialistas franceses. Aquí el choque con el enfoque de Aranguren es total; él interpretaba la sinceridad que preconiza Gide como una justificación de su inmoralidad a la manera luterana según el siguiente razonamiento: si sinceramente reconozco mi culpa y me arrepiento, llego a blindarme contra nuevos pecados. Es así que no hay tal, porque el que dice haberse arrepentido vuelve a pecar, luego no hay verdadero arrepentimiento, sino una actitud insincera con la cual el hombre pretende engañarse a sí mismo y a Dios para alcanzar la absolución. La solución que da Lutero a semejante «insinceridad» es renunciar a la perfección: el monje hace votos monásticos que no cumple, luego no debe hacerlos porque el arrepentimiento no produce enmienda; la lógica luterana admitirá el divorcio para suprimir infidelidades conyugales; en general el luteranismo descalifica todo género de anhelos de perfección porque la experiencia muestra su ineficacia. Aranguren estimaba que la sinceridad de Gide, pura fidelidad al instante, era tornadiza, contraria al compromiso. Sin embargo la reconocía próxima a la autenticidad. Mientras que yo,
por el contrario, aun no habiendo leído todavía a Nietzsche por aquel entonces, pero sí a Sartre, la veía próxima a la autenticidad y también al compromiso existencialistas, y por tanto en la base de una moral que llamaba «individual» pero al mismo tiempo formal, porque el valor lo pone cada cual. Mientras que Aranguren criticaba a Gide por plantear algo que él mismo no aceptaba: la moral fundada puramente en lo humano, entiéndase lo humano sin religación a lo divino.
Yo defendía encendidamente esta moral formal e individual que ofrecía Gide, que decía sí a la vida y a la tierra, aunque desconociese entonces la propuesta nietzscheana. No recuerdo los pormenores de la defensa de mi tesis ni las observaciones que Aranguren debió hacer y yo no capté por ignorancia; lo único que recuerdo es que sus objeciones apuntaban a carencias en mi planteamiento que yo no era capaz de situar. Seguramente por eso no me dio la mejor nota, pero sí reparó en mi talante crítico.
Y es que este peculiar profesor nunca se citaba a sí mismo, nunca nos hacía leer sus libros y, por lo que acabo de relatar, los apuntes de clase –que nosotros éramos libres de tomar– no servían directamente para los exámenes; todo lo contrario de lo que hacía el profesor convencional al uso. Con la diferencia de que los apuntes del profesor convencional eran repetitivos, aburridos y/o empachosamente escolásticos (de filosofía escolástica medieval-barroca-contrarreformista, quiero decir) y los de Aranguren nos abrían un campo tan vasto que pocos podían aprovechar a pleno rendimiento. Un rasgo más en oposición frontal al profesor convencional que circulaba por la Universidad en su tiempo.
Las clases, como decía al comienzo, eran cercanas a nosotros por el tono y cercanas, por su contenido, a los problemas filosóficos de nuestro tiempo. Se organizaban, tanto en Ética como en Sociología en torno a un programa general cuyo desarrollo ocupaba un tercio del tiempo lectivo y otro monográfico a cuyo desarrollo dedicaba dos tercios del tiempo.
Con la ayuda de unos cuadernos que conservo y gracias a la consulta que amablemente se me ha permitido hacer en el Archivo Aranguren, ubicado en el Instituto de Filosofía del CSIC, he podido reconstruir mis recuerdos de alumna.
En el curso 1962-63, el programa general de Ética, de sólo diez temas –en contraste con los 33 del monográfico– arrancaba muy orteguianamente por el examen de los sentidos que encierra la palabra «moral»: la vida como «quehacer», el comportamiento conforme a determinadas «mores». En lecciones sucesivas se deslindaba el enfoque ético del estudio del comportamiento del de otras disciplinas afines como la Etnología y la Antropología cultural. En otra lección se exponía su propia teoría del comportamiento humano como conducta constitutivamente moral, apoyado en las nociones de Zubiri de moral como estructura y moral como contenido y polemizando con el existencialismo. Casi todo el desarrollo posterior se dedicaba al estudio de los factores sociales, socio económicos y socioculturales que condicionan la moralidad y la posible construcción de una Ética social, lo cual muestra la preocupación de Aranguren en esa década de los sesenta por la moralización de la vida pública y la relación de la ética con la política, que plasmará en su Ética y política publicado a finales del 63.
En cuanto al programa monográfico de Ética del mismo año, titulado Problemas actuales de la Ética, comprendía el estudio de cuatro libros de autores contemporáneos recientemente publicados: Philosophie morale, de Eric Weil, Traité de l’action morale de Georges Bastide, Edmund Husserls Ethische Untersuchungen de Alois Roth y Vieja y nueva ética de Hans Reiner. El programa se iba desarrollando sucesivamente al hilo del comentario de los cuatro libros en el orden en que los he nombrado, secuencia que permitía pasar de la contextualización social de la moral a la búsqueda de una ética o filosofía moral como teoría de categorías morales, tal como la planteaba Weil, a la discusión de los contenidos de la moral (nuestro profesor insistía siempre en que una moral no puede ser meramente formal) sobre todo en la época actual –moral del ocio y del tiempo libre, ética de la cultura de masas– siguiendo el libro de Bastide, que terminaba indicando la función del intelectual en la sociedad actual. Luego pasábamos al estudio de las investigaciones éticas de Husserl con lo cual se nos presentaban los fundamentos de una ética de los valores –el planteamiento más convincente para Aranguren– y terminábamos con una revisión de los planteamientos éticos clásicos –concepción del bien moral, fundamentación del deber, análisis de la llamada «regla de oro»; confrontación de la ética tomista con la ética fenomenológica– y la defensa, finalmente, de una ética fenomenológica de raíz kantiana a través del libro de Reiner, del que dice el propio Aranguren, en su prólogo a la edición española, que es «un original y valioso esfuerzo por fenomenologizar el kantismo y ampliar sus un tanto estrechos y rígidos conceptos morales fundamentales». Y que en un contexto como el de la enseñanza de la Filosofía en aquella facultad nuestra de Madrid, donde la escolástica tardía y repetitiva nos acosaba por todas partes, contenía una crítica definitiva a aquella moral incluida en la filosofía perennis tomista que había hecho suya la Iglesia católica desde Pío IX y que imponía el nacionalcatolicismo de la dictadura. Hay que observar aquí que Aranguren fue el introductor en España de la obra de Reiner, a quien ya mencionaba en Catolicismo y protestantismo como formas de existencia (1952) y en la Ética (1958). De Reiner se ha dicho que era el mayor filósofo moral alemán de la segunda mitad del siglo XX y el más importante representante de la ética de los valores.
Este era el contenido de las clases magistrales. En paralelo, estaban los Seminarios en los que podíamos tomar parte y/o asistir voluntariamente, de modo que cada cual podía graduar su aprendizaje ad libitum.
En lo que se refiere al programa del curso general de Sociología –ese año Psicología Social, como se expresaba entre paréntesis– estaba dedicado al estudio de los grupos y terminaba con una penúltima lección sobre el concepto de estatus y una última sobre los métodos de la Sociología y de la Psicología Social. El programa monográfico de aquel año fue el curso de doctorado sobre La moral social española en el siglo XIX, en el que coincidíamos los alumnos de Licenciatura con los aspirantes a doctores, y que se impartía un día a la semana. Ese curso fue la base del libro que con el título Moral y sociedad, y el subtítulo del curso de doctorado, publicó Aranguren en 1967. Y en el programa de Sociología se insertaban también lecturas que, en aquel año fueron, a lo que recuerdo, los dos libritos de Vance Packard titulados The hidden persuaders y The waste makers
La sociología que enseñaba Aranguren era una sociología básica a partir de los clásicos, sobre todo Max Weber y Durkheim, y crítica, a través de los que ponían en la picota la mera sociología cuantitativa y positivista. Conocimos con él la sociología crítica norte
americana de Wright Mills, la sociología francesa de Comte a Bourdieu, y la de Aron –a quien respetaba mucho–, Lefebvre y Godelier. Precisamente uno de los Seminarios dedicado a la sociología ese curso lo fue al libro de Aron Dieciocho lecciones sobre la sociedad industrial, el origen del cual son las lecciones dadas por el autor a sus estudiantes de la Sorbona durante el curso 55-56, estudiantes, como nosotros, de sociología sin formación económica, y en el que Aron establece las características de las sociedades industriales del siglo XX comparando las de sistema totalitario con las de sistema liberal y señalando sus diferencias y sus trayectorias evolutivas.
Creo que el primer libro que leí de Aranguren fue la Ética, porque mi ejemplar tiene la fecha de «noviembre del 62», el año en que cursaba su asignatura. Lo compré no por necesidades académicas, sino por ver lo qué decía allí: encontré muchos conceptos de los que explicaba en clase, aunque jamás se autocitaba. Me pareció de una estructura demasiado de manual para ser suyo; por la forma y por las muchas alusiones y precisiones que hace con referencia a la filosofía escolástica. Más tarde supe que había comenzado por ser la Memoria de su oposición a la cátedra y lo comprendí mejor. Con todo, es un libro enciclopédico porque desde los sofistas y Aristóteles a los contemporáneos filósofos analíticos que se han ocupado de ética y en torno al eje central del método fenomenológico y de las nociones de moral como estructura y moral como contenido, tomadas de Zubiri, como lo repite tantas veces –aunque Zubiri no les diese el juego que él les da–, trata de los principales planteamientos de la ética, de sus vertebraciones y de sus ramificaciones. Hay mucha presencia de Heidegger y también de los otros existencialistas alemanes y franceses de la época; se abren muchos horizontes aunque la posición bien explícita del autor expresa su base católica. Es un libro de consulta que me ha acompañado siempre y que tuvo una utilidad inconmensurable en mis oposiciones a cátedra de Instituto: para mí y para toda una generación.
Otra de mis primeras lecturas de su obra, porque me atrajo el título, fue La juventud europea y otros ensayos; ocuparse de la juventud como tema cuando tan poco contábamos todavía aquí, me pareció novedoso: comprobé que se refería a la juventud de los países europeos que no eran España –en el sentido que entonces tenía para nosotros «europeo»– y que coincidía con la juventud que yo iba tratando en mis veranos en Francia e Inglaterra, pero me proporcionaba muchos más datos que los que había captado por mi cuenta. Ahora comprendo que la misma elección del tema muestra hasta qué punto Aranguren se adelantaba al pulso de los días. En el epílogo que escribió en 1961 tras releer la primera edición dice: «los jóvenes (...) introducen la novedad en la vida y en la historia; nosotros [los mayores] completamos su conciencia y comprendemos la realidad a través de ellos». A pesar de nuestra distancia de los europeos, que se iba acortando progresivamente, Aranguren empezaba a identificarse con una cierta manera juvenil de ver y vivir la vida, a sentirse más próximo a los jóvenes que a sus coetáneos; una tendencia que crecería con el tiempo.
El libro que más me impresionó de estas primeras lecturas fue Catolicismo y protestantismo como formas de existencia, al cual siguió también mi lectura, como complemento, de El protestantismo y la moral, libros de motivación religiosa que para mí –formada en una religiosidad católica familiar de connotaciones calvinistas, según pude aprender allí, y de internado de monjas– supuso la apertura de nuevos horizontes. Él mismo declaró que fue el primer libro escrito en España con una voluntad de no refutar al protestantismo, sino de comprenderlo. Para mí fueron los libros de temática ético-religiosa en los que más aprendí. El primero, por la descripción de los dos tipos de cristianismo a través de la categoría del talante, utilizada aquí por primera vez en su escritura, aunque yo la conocía por sus cursos, que proporcionaba una visión antropológico-religiosa de dos formas de vivir las creencias cristianas, y el segundo porque me permitía establecer conexiones con las filosofías morales del siglo XX. Las nociones de talante religioso y situación no solamente daban a comprender mejor las diferencias entre los tipos de cristianismo protestante –en sus variantes luterana y calvinista– y católico, sino que eran un instrumento de comprensión de otras actitudes religiosas, cultivadas en otros parámetros que me ayudaban a penetrar en la historia de Europa, estudiada de forma esquemática y partidista en el bachillerato y los primeros cursos de la carrera, en gran parte por el juego de las diferencias religiosas, con una comprensión nueva y mucho más flexible. Lutero era una figura humana mucho más cercana que las del santoral católico de nuestra formación religiosa. Me asombró también el conocimiento exhaustivo que mostraba mi profesor de los clásicos escolásticos, traídos de primera mano al texto, y la riqueza que adquirían sus análisis en confrontación con ellos: Tomás de Aquino, el Damasceno, Biel, Cayetano, Báñez, en contraste con el escolasticismo de segunda o tercera mano que habíamos tenido que soportar de nuestros profesores escolásticos de la facultad de Filosofía, que llegaban a suspendernos por citar de las fuentes. Y, lo mismo que en la Ética, cómo se hacía ver la relación de Lutero, no sólo con sus antecesores, sino también con el pensamiento posterior de Kant a Kierkegaard, Unamuno, el existencialismo y los teólogos contemporáneos de la muerte de Dios. Aquellas lecturas fueron motivo de que en 1983, año en que se cumplía el quinto centenario del nacimiento de Lutero, organizase en el Instituto «Bachiller Sabuco» de Albacete, mi primer destino como funcionaria, una sesión para conmemorarlo en la que participaron luteranos y profesores del claustro.
Ahora, al recorrer otra vez sus páginas para escribir este artículo, me llama la atención cómo su autor muestra preocupación al constatar que «vivimos en una situación de protestantismo secularizado» en el mundo actual. Diez años después, cuando yo lo conocí, Aranguren ya no sentía preocupación por la secularización de la vida. Hablaba mucho de ello, pero lo veía como un dato; estaba en la onda de una religiosidad diferente.
Catolicismo día tras día y Crítica y meditación me acercaron más a la figura humana de Aranguren y al creyente con cuyas posturas religiosas me sentía totalmente identificada en aquella época de mi juventud en la que era una católica del Vaticano II. El segundo de estos libros, del que su autor ha dicho que era «el que a él más le gustaba de todos los que había escrito» según testimonio de su hijo Eduardo, me acercó a la persona Aranguren, aquella persona entrañable y tímida, que inspiraba un respeto extraordinario y, al mismo tiempo, una gran cercanía, tan rica en sabiduría como en humanidad, con quien se tenían conversaciones entrelazadas de silencios, como las de las llamadas telefónicas de él mismo con el poeta Vivanco de que allí habla, pero siempre a la escucha de su interlocutor. Descubrí allí al Aranguren crítico literario, al fino degustador de la poesía, al místico y al impecable escritor. Uno de los textos de mayor interés para mí en una segunda lectura fue el titulado «La evolución espiritual de los intelectuales españoles en la emi
gración». Con él incorporé a mi conocimiento una parte de nuestra historia reciente que nadie me había contado, se me hicieron cercanos aquellos magníficos intelectuales de la época de la República que tuvieron que salir de España contra su voluntad y de los que aquí no se hablaba; cercanos y reales como componentes insoslayables de la cultura de nuestro país y como parte de nuestra propia manera de pensar. Aranguren propone el diálogo con estos intelectuales que son parte de nuestra reserva mental porque los problemas irresolubles que nos separan –dice– «podemos conllevarlos pero nunca zanjarlos, como una vez dijo Ortega». Su hija Isabel nos recuerda, en el hermoso artículo que ha escrito para el Catálogo de la exposición que ha organizado el Instituto de Filosofía con ocasión del centenario de su nacimiento, las cartas de agradecimiento y reconocimiento que recibió de estos ilustres exiliados; las de Ferrater Mora, Jorge Guillén, Juan Ramón Jiménez, Juan Marichal, J. Montesinos, Sánchez Barbudo, María Zambrano que a partir de entonces establecerán con Aranguren relaciones de verdadera amistad al encontrar en nuestro profesor el «promotor y defensor de un talante nuevo y dialogante con los españoles en América». Porque lo que proponía Aranguren era restablecer la comunicación con estos españoles alejados y restablecerla en forma de diálogo –estamos en 1953– hablando primero de ellos y luego con ellos. Él personalmente lo hizo y abrió un camino para los que quisieran seguirle.
Siguiendo con la revisión cronológica de mis lecturas, creo que a continuación vienen las de Ética y política, que salió a finales del 63, Remanso de Navidad y examen de fin de año, que tuvo la atención de dedicarme en la Navidad de 1965, Moral y sociedad, de 1966, El marxismo como moral, de 1968, Erotismo y liberación de la mujer, de 1972. Recuerdo que el primero de ellos, en una lectura inicial, me pareció poco radical –siempre en relación con mi expectativa– y por eso no le felicité por él, como hizo mi amigo Francisco Gracia. Más tarde, sin embargo, le he sacado mucho provecho y he ponderado su valor: aquel final proponiendo un Estado de justicia social que había estimado demasiado «clásico» es lo que valoré después como más sabio. Y, además, aprendí mucho de ese libro sobre teoría política en los precursores y promotores de la democracia moderna (Montesquieu, Rousseau), sobre el contemporáneo Estado del bienestar y sobre la ineludible, siempre presente y necesaria, tensión entre la ética y la política. El marxismo como moral ya fue acogido por mí –que nunca quise militar en ningún partido político y cuyos amigos militantes lo eran todos de izquierdas– como un libro excelente, otra vez desmitificador, aunque algunos de mis amigos preferían seguir en el mito. Memorias y esperanzas españolas, de 1969, fue recibido por algunos de nosotros con cierto rubor; nos parecía demasiado desvelador de intimidades. Sin embargo, ahora es uno de sus libros más entrañables para mí. Erotismo y liberación de la mujer me hizo ver cómo Aranguren estaba a la última del movimiento feminista internacional, aunque él no fuera un feminista. Y después de su muerte he reparado en que él, con quien comencé mi tesis de Licenciatura, que fue un consejero atento ante mis sucesivas y diferentes propuestas de tesis doctoral, aunque finalmente no la dirigió por estar sus intereses ya muy alejados de la filosofía existencialista de Beauvoir, no era en absoluto simpatizante con esta filósofa, sino más bien todo lo contrario; pero no sólo me animó y alentó, sino que me felicitó, presidió el Tribunal que la juzgó y alentó su publicación. Vaya con esta información mi testimonio de que, estando siempre por delante de nosotros, nos apoyaba en todos nuestros proyectos por mas alejados que estuvieran de sus preferencias.
Seguí siempre con atención sus publicaciones y su actividad intelectual; fue mi invitado de honor en una Semana de Filosofía que organizamos en Albacete en el 84 y habló a mis estudiantes en los institutos de Madrid donde estuve destinada; siempre venía con entusiasmo a animar a los jovencísimos estudiantes, nuestra promesa de futuro, como decía. Coincidimos en numerosas ocasiones y propiciamos encuentros; mantuvimos nuestra amistad hasta su muerte, y ahora sólo lamento no haber comentado con él esas obras suyas que he leído después de su desaparición, cuando he tenido el tiempo de hacerlo. Por ejemplo, su magnífica y pascaliana Introducción a las Obras de Pascal, que no conocí hasta que apareció el tomo 6 de sus Obras completas en Trotta y el estudio de San Juan de la Cruz, el de Unamuno y su curso de novela española contemporánea, producto de su trabajo docente en los Estados Unidos.
Con estos folios, escritos desde una perspectiva meramente personal, pretendo solamente rendir un modesto homenaje a quien fue para mí, y para muchos de los que tuvimos la suerte de conocerlo y de trabajar con él, un verdadero modelo de vida, un verdadero maître à penser, en la traducción literal de estas palabras: que nos enseñaba a pensar por cuenta propia, sin imponer nunca sus propias ideas sino, al contrario, atendiendo a lo que fuéramos capaces de producir por nosotros mismos. •





López Pardina, Teresa (2009) Memoria de Aranguren, Pasajes: Revista de pensamiento contemporáneo, ISSN 1575-2259, Nº 31, págs. 85-97


jueves, 17 de septiembre de 2009

TERESA LÓPEZ PARDINA: EL CEBO DEL RESPETO

CARTA A EL PAÍS EL 4-5-08


Título de la carta: "El cebo del respeto".

Sr. Jiménez Barcia: Le felicito por su dominio de la técnica periodística demostrado en el artículo "Todo lo que esconde un velo" (4-5-08), que consechará adeptos al pensamiento comunitarista. Pero, para quienes no somos relativistas culturales, el retroceso de libertades individuales o colectivas es siempre una desgracia. La actitud y la militancia de Mariam es un retroceso de la libertad en ambos aspectos. Invita a las de su comunidad a que impongan sus "valores religiosos" a toda la que pique, para que todas nos enteremos de lo que es hacerse respetar como mujer. Y mira Mariam: yo también estoy en desacuerdo con el tratamiento de las mujeres en las técnicas publicitarias y con el patriarcalismo todavía abusivo que sufrimos las mujeres en las sociedades occidentales; pero lo que tu invitas a practicar, querida Mariam, es hundirnos más en la opresión. En la opresión desde la vertiente religiosa, ahora que en España estamos empezando a salir de una época oscura en la que la iglesia católica cercenó toda libertad que se nos pusiera por delante, empezando por la de pensar. No te das cuenta, Mariam, de que has tenido el privilegio de nacer en una democracia, ¡qué lástima!


TERESA LÓPEZ PARDINA. DOCTORA EN FILOSOFÍA
(La reproducción de esta carta ha sido autorizada por la autora)


TERESA LÓPEZ PARDINA: REFLEXIONES EN TORNO AL FEMINISMO Y LA LAICIDAD

REFLEXIONES EN TORNO AL FEMINISMO Y LA LAICIDAD[1]

Teresa López Pardina


A Celia Amorós y Henri Peña-Ruiz
que han hecho posibles estas reflexiones


Laicidad y feminismo

Desde el último tercio del siglo XX hasta hoy, la relación entre laicidad y feminismo se ha hecho más patente sobre todo en los países europeos, en relación con los flujos de población procedentes de otros continentes, y en los países musulmanes, donde el poder político y el religioso no están apenas delimitados.
Si bien entre los países europeos solamente Francia se define como un Estado laico, es cierto que los demás países de Europa se constituyen como Estados secularizados, entendiendo por secularización la reglamentación por parte del Estado de instituciones y conductas sociales que antes de la Modernidad eran regidas por la autoridad religiosa. En Europa la separación de competencias de las Iglesias y los Estados se ha ido haciendo paulatinamente y en función de las peculiaridades de cada país. Así, en Italia, donde la religión mayoritaria es la católica y en cuya península se halla incrustado el estado del Vaticano, la influencia de esta religión en las costumbres puede ser más uniforme que la de las diversas religiones entre los ciudadanos del Reino Unido, primer país donde la secularización se abrió camino desde finales del siglo XVII. No obstante, si bien la secularización puede describirse como una separación de la esfera religiosa de las competencias propias del Estado, el grado máximo de separación es el del Estado laico. Y, en cualquier caso, es el modelo que se perfila en Europa como meta a alcanzar. Hasta el punto de que no sólo en Europa, sino en todo el planeta se habla de laicidad cuando nos referimos a la inclusión de la religión en la esfera de lo privado, separándola así de la esfera de lo político, que es la esfera de lo público, regida por el Estado. Ello supone que las instituciones sociales públicas nunca pueden estar bajo la dirección de ninguna autoridad religiosa como tal; es decir, han de regirse por normas comunes establecidas por el Estado. El Matrimonio, la Magistratura, la Escuela, la Sanidad han de atenerse a la normativa estatal porque conciernen a todos los ciudadanos y son para uso de todos. Cuando tal segregación no existe, la religión se filtra en la vida cotidiana, en las relaciones familiares, en las prácticas del cuidado del cuerpo, y afecta de un modo especial a las mujeres, que son el colectivo más vulnerable en las sociedades patriarcales.
En los países de religión musulmana, donde no existe separación entre el orden político y el orden religioso, el patriarcado es más fuerte y el feminismo tiene, por ello, grandes dificultades. A veces, el poder político, aun declarándose laico, establece alianzas con el poder religioso, como lo hizo el general Nasser en Egipto, permitiendo actuar a los Hermanos Musulmanes y no admitiendo otro movimiento feminista que el encuadrado en su partido, como sección femenina del nasserismo. En Egipto todavía hoy no han conseguido las feministas erradicar la práctica de la escisión del clítoris (que afecta al 90% de la población según estadística del año 2006), práctica que muchos padres –tanto musulmanes como cristianos coptos- aún conciben como una salvaguarda contra las desviaciones en que puedan caer sus hijas.
Feministas relevantes como Nawal-el-Saadawi y Farida al-Nakash sostienen que la religión siempre es una traba porque todas las consideraciones sobre la inferioridad de las mujeres con respecto a los hombres surgen de las religiones.
Nawal-el-Saadawi, que recientemente se ha visto obligada a exiliarse tras ser amenazada de muerte a raíz de la reedición en Mayo de su obra de teatro titulada en inglés God resigns at the Summit Meeting, está llevando a cabo una investigación comparativa de las tres religiones del Libro, precisamente desde la convicción de que todas ellas son opresivas para las mujeres, no sólo la musulmana. Saadawi se manifiesta radicalmente laicista. “La religión es un asunto privado; el que quiera rezar, debería rezar en casa. Y si quiere dedicarse de un modo más específico a ello, también debería ser en casa. El Estado debería estar totalmente secularizado” declaraba en una entrevista a Sophie Smith en Enero de 2006. Saadawi hace notar que los Estados musulmanes, a lo largo de la historia, han ido adaptando las leyes coránicas a las necesidades socio-políticas sin que las autoridades religiosas se opusieran, lo mismo que en Europa el cristianismo se adaptó a la Modernidad- pero, en lo que se refiere a las mujeres han actuado mucho mas lentamente, como lo muestran las leyes relativas al matrimonio y la familia. Según un informe de la ONG Human Rights Watch, la ley de divorcio egipcia, aprobada en 2000, es muy discriminatoria para las mujeres, pues aunque pueden acogerse a la fórmula de divorcio no causal, en ese caso tienen que renunciar a sus derechos económicos, con el problema enorme que eso supone si además tienen que hacerse cargo de los hijos; y si, por el contrario, se acogen a la fórmula del divorcio causal tienen que demostrar con testigos el daño infligido por el esposo, cosa que la mayoría de las veces es imposible. Los hombres, sin embargo, tienen un derecho unilateral e incondicional al divorcio.
En diversos países europeos han surgido problemas sociales y tensiones políticas en los últimos años que tienen como una de sus causas esa filtración sutil de la religión en forma de creencias morales, sexuales y/o sociales, formas de relación intragrupales, en definitiva en forma de prejuicio conformador de lo que se viene llamando “identidad cultural” “derecho a la diferencia” o “derecho a formas de conducta propias de una cultura”.
Las denuncias de estos prejuicios, o las conductas que no responden a la sumisión requerida por ellos, producen respuestas violentas por parte de quienes los defienden; respuestas que van del asesinato –Theo van Gogh en Holanda, Sohane en Francia- a las violaciones colectivas -practicadas en los barrios obreros por los chicos contra las que no se someten a las reglas de la tribu- o el maltrato habitual a las mujeres. Como escribe Fadela Amara, los jóvenes de los barrios “sienten que están jodidos hagan lo que hagan y que la única salida que tienen es la violencia, que se ejerce a través de la dominación de los más débiles, es decir, en primer lugar, de las chicas”
[2].
Cierto que tales situaciones de violencia tienen causas desencadenantes de tipo social como el paro, las carencias de equipamientos educativos, sanitarios, recreativos y la falta de perspectivas de futuro para una juventud que los Estados europeos no se han ocupado de integrar como se requería. Es en este contexto cuando el recurso al Islam funciona como un refuerzo de las costumbres y de la identidad entre los inmigrantes, tal como lo ha señalado la historiadora tunecina Sophie Bessis
[3]. Se multiplican las prohibiciones paternas para las chicas, y los tabúes con respecto al sexo; la vida cotidiana se convierte en un infierno: no pueden salir de casa cuando quieren, no pueden tener relaciones con un chico, no pueden invitar a su chico a casa; no pueden salir y volver tarde, como hacen sus hermanos. Es lo que ha podido constatar Fadela Amara en sus contactos con las mujeres de cultura musulmana de los barrios obreros. Por eso su recomendación para el feminismo político, en el que ella está comprometida, es la de: “centrarse en la lucha contra la violencia sexista, contra las formas de violencia conyugal, por la igualdad salarial, por una mayor atención al desarrollo de la carrera profesional (...) todos aquellos ámbitos en los que la igualdad entre los sexos no se respeta”[4].


Precisiones conceptuales.

Si convenimos en que el feminismo es un pensamiento emancipador, según el cual no hay diferencias ni desde el punto de vista ontológico, ni desde el punto de vista moral, ni desde el punto de vista psico-social entre los sexos, entonces el efectivo reconocimiento de esta afirmación que, por el momento, es tanto una convicción mental cuanto un ideal político, supone la laicidad. El feminismo es una planta que no puede crecer sino en el bancal de la laicidad. Sin laicidad no hay auténtica libertad ni igualdad entre hombres y mujeres. No puede haber laicidad sin feminismo; y no es posible una sociedad plenamente feminista sin laicidad. Desde el punto de vista lógico podemos pensar la laicidad como una clase más amplia en la que la clase del feminismo estaría incluida. Así, por ejemplo, la república francesa se define como Estado laico, pero no podríamos por ello afirmar que constituya por ello una sociedad feminista, si esto segundo no se explicita, como es el caso. Parafraseando a Kant podríamos decir que estamos en tiempo de feminismo[5], pero todavía no hemos alcanzado sociedades plenamente feministas. El feminismo no es efectivo sino cuando las libertades florecen y la igualdad es un derecho plenamente adquirido; y la igualdad de todos los ciudadanos –como se indica más arriba- incluye la abolición de las distinciones en razón del sexo.
Siguiendo al profesor Peña-Ruiz, “la laicidad consiste en liberar la esfera de lo público, en su totalidad, de cualquier injerencia que se ejerza en nombre de la religión o de otra ideología concreta”
[6] Ello supone una emancipación simultánea de las personas, del Estado y de las instituciones públicas. El término laicidad se refiere también al ideal universalista del pueblo soberano cuya unidad excluye todo tipo de privilegios, tanto de los grupos como de los individuos. En su etimología, laicidad viene de la palabra griega laos que designa la unidad del pueblo; pero para que el pueblo soberano sea una realidad indivisible, una realidad que excluya todo tipo de divisiones fundadas en privilegios, es necesario que se cumplan “tres requisitos absolutamente indisociables: la libertad de conciencia, correspondiente a la emancipación de las personas, la igualdad de todos los ciudadanos, sin distinción de origen, sexo ni creencias y el objetivo del interés general como única razón de ser del Estado” [7]


Feminismo y laicidad, sendas paralelas.

El pensamiento feminista, desde sus comienzos en la Modernidad, ha sido una reivindicación de libertad e igualdad para las mujeres en los mismos términos en los que se plantean en el ámbito de la laicidad. Porque feminismo y laicidad son, ambos, frutos del pensamiento moderno. Un pensamiento que hace de la razón el instrumento exclusivo del saber y de sus argumentos la única garantía de verdad. La Modernidad y la Ilustración, que será su continuación, irracionalizarán las diferencias de cuna, y en consecuencia, la justificación de la sociedad estamental y todas sus instancias de legitimación; el feminismo, como fruto del árbol de la Modernidad, irracionalizará las diferencias entre los sexos: si la razón no tiene sexo, escribirá el cartesiano Poulain de la Barre, entonces las discriminaciones de tipo social y cultural, que se aplican a las mujeres, no tienen sentido. Y, a continuación, argumentará –en una obra dedicada al tema de la educación de las damas- la conveniencia social de procurarles una educación del mismo nivel que a los varones, por dos razones básicas; la primera, porque tienen la misma capacidad de recibirla que ellos y la segunda, porque dado que se les asigna la tarea más difícil de todas, que es la de educar a los niños, cuanto más sabias y cultas sean, mejores educadoras serán, y toda la sociedad se beneficiará del mayor nivel cultural de las personas que la dirijan en el futuro.
Un siglo después de Poulain, cuando el pensamiento feminista apunta hacia espacios públicos, aflorará en Condorcet en forma de petición de igualdad de derechos al voto y a la tribuna. Partiendo de la idea moderna de la igualdad natural de todos los seres humanos, reclama Condorcet también el reconocimiento de los mismos derechos a las personas de ambos sexos y, en consecuencia, la extensión del derecho de ciudadanía a las mujeres, en una propuesta dirigida a la Asamblea nacional en 1790. En previsión de las objeciones que se le pudieran hacer, como la de que las mujeres no tienen el sentido de la justicia, sostiene que este sentido se adquiere mediante la educación; y a la objeción de que las funciones públicas las alejarían de las tareas que la naturaleza parece haberles reservado (la crianza de los hijos, el cuidado de los maridos), alega que ello no es razón para negar un derecho y, por tanto, no puede ser fundamento de exclusión.
La actitud moderna e ilustrada de Condorcet consiste, como puede observarse, en el método de volver irracional, mediante la razón, el argumento de los que se oponen a su propuesta. Y esta misma será la estrategia de Olympe de Gouges, cuando en 1791 elabore una Declaración de los derechos de la Mujer y de la Ciudadana con 17 artículos, paralelos a los de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, en los que sostiene el derecho de las mujeres a la ciudadanía, alegando que si las mujeres son seres humanos de la misma naturaleza que los hombres, sería irracional pensar que sólo los hombres tienen derechos.
El iusnaturalismo como premisa filosófica para argumentar la igualdad de derechos es una de las ideas maestras de la Ilustración y una de las ideas que están en la base tanto de la laicidad como del feminismo. Para la laicidad es la base de un argumento de emancipación de las personas, y para el feminismo es la base de un argumento de irrelevancia del sexo en relación con la ciudadanía. El método válido para la argumentación en los dos ámbitos consiste en irracionalizar el orden de cosas que hay que cambiar: en el caso de la laicidad, la discriminación por el nacimiento; en el caso del feminismo, la discriminación de la ciudadanía en razón del sexo. Descartes había advertido de la necesidad de liberarse de los prejuicios para avanzar en el conocimiento, “para establecer la verdad en las ciencias” según decía. Los ilustrados extenderán el combate del prejuicio a nuevos campos mostrando que es un modo no racional de pensar.
Este mismo método de irracionalización de las tesis del contrario mediante argumentaciones racionales, será también seguido por la escritora inglesa Mary Wollstonecraft, una de las pioneras entre las teóricas del feminismo. Wollstonecraft polemiza con Rousseau, filósofo ilustrado a quien tanto admira por sus teorías políticas, mostrando sus incoherencias teóricas y echando por tierra el doble concepto que el ginebrino esgrime de la naturaleza humana en función del sexo. Wollstonecraft desenmascara los prejuicios rousseaunianos desde una perspectiva similar a la de Poulain de la Barre, denunciando la concepción que de la mujer sostiene Rousseau como una impostura intelectual consistente en tomar por naturaleza lo que es cultura. El personaje de Sofía, como modelo de mujer, esposa del ciudadano Emilio y madre de ciudadanos, que Rousseau presenta en su Emilio o de la educación responde al estereotipo patriarcal y no a una supuesta naturaleza o esencia femenina, diferente de la masculina en razón del sexo. Si Poulain de la Barre partía de la afirmación de que la razón no tiene sexo para reivindicar igual valoración moral para mujeres y hombres, Wollstonecraft va a desmontar la existencia de una feminidad frente a la masculinidad como dos elementos esenciales que diferencian a mujeres y hombres y que modulan su comprensión del mundo, sus habilidades, sus capacidades y sus actividades.
Lo que Wollstonecraft irracionaliza es que la sexualidad condicione la inteligencia, la sensibilidad, los afectos y los deseos de las mujeres, como sostiene Rousseau, hasta el punto de constituir para ellas una especie de segunda naturaleza subordinada a la naturaleza viril de los hombres. Considera Wollstonecraft una incoherencia en este pensador el que tras haber afirmado que todos los seres humanos nacen libres e iguales y haber propuesto el contrato social como fórmula política para legitimar esta igualdad de la naturaleza humana, excluya a las mujeres de la voluntad general.
Wollstonecraft considera que cuando Rousseau en el Emilio afirma la diferente naturaleza de hombres y mujeres –debida a la diferencia de sexos- toma como naturaleza lo que es una idea cultural, toma como concepto de naturaleza lo que es un prejuicio de la cultura. Así, a afirmaciones de Rousseau sobre los sexos tales como: “el uno debe ser activo y fuerte, el otro pasivo y débil(...)“la mujer está hecha especialmente para gustar al hombre (...) y para ser sometida”
[8], Wollstonecraft argumenta que es muy poco razonable pensar que si todos somos hijos de Dios, la mitad de los hijos esté oprimido por la otra mitad y que habrá que aprender a razonar todos juntos y a someternos a la autoridad de la razón cuando su voz se deje oir con claridad[9].
La operación mitificadora de Rousseau consiste, según Wollstonecraft, en partir de la observación de las mujeres que tiene a su alrededor para definir lo que es la mujer según la naturaleza
[10] y, a partir de ahí describir a la mujer ideal según el nuevo paradigma de familia patriarcal que propone, el cual está inspirado en la sociedad de su tiempo reforzando los rasgos de subordinación, que estaban siendo cuestionados en la época por las corrientes ilustradas de pensamiento.
Por lo que se refiere a las diferencias en inteligencia condicionadas por el sexo, Rousseau atribuye a los varones las aptitudes para la abstracción, la capacidad de crear sistemas de pensamiento; a las mujeres la aptitud para la observación de lo concreto, el detalle, lo útil. En cuanto a las aptitudes naturales: “la mujer está hecha para ceder ante el hombre, incluso para soportar la injusticia, mientras que en los muchachos brota el sentimiento del interior y se rebela contra la injusticia; la naturaleza no los hizo para tolerar”
[11]. Ante estas conceptualizaciones Wollstonecraft afirma que los hombres se comportan con las mujeres cuando las condenan a la ignorancia como la aristocracia trata al pueblo. Y se pregunta si en el estado de naturaleza es característica propia de los humanos la igualdad ¿por qué en sociedad debe la mujer estar sometida al varón? Y, dado que la propuesta socio-política de Rousseau en El contrato social es iusnaturalista, ¿por qué excluye a las mujeres de la voluntad general? Si, inconsecuente con sus propios planteamientos, Rousseau admite que las mujeres son naturalmente inferiores a los hombres a causa de su sexo, ¿por qué no establecer correctivos de tipo social y político para compensar esa inferioridad?[12] Eso sería llevar el iusnaturalismo del ginebrino más allá de la diferencia de sexos, superar la diferencia de sexos, ya que, si “la razón no tiene sexo” como afirmaba Poulain de la Barre, y “en todo lo que no depende del sexo la mujer es hombre” [13], consigamos el reconocimiento moral, social y político de esta igualdad racional en la que creemos
Así pues, Mary Wollstonecraft, aplicando el método de irracionalización de los argumentos para desenmascarar los prejuicios, lleva los argumentos de Rousseau a una mayor racionalidad, de manera que, si Rousseau con su teoría del contrato social estaba poniendo las bases del laicismo, Wollstonecraft aplicando con mayor rigor la razón –tal como pedía Descartes- estaba elaborando las primeras formulaciones del pensamiento feminista como una ampliación de la razón en un espacio más vasto donde todavía hay prejuicios que desenmascarar.
En el siglo XX, será Simone de Beauvoir quien, de un modo más prístino, combata desde la razón los irracionalismos de la cultura que en forma de prejuicios han hecho de la mujer la “otra” con respecto al varón.
Como es sabido, la indagación feminista de Beauvoir comienza por el análisis de los mitos, tan ligados a las religiones, y es entonces cuando descubre que este mundo en el que vivimos es una construcción cultural hecha por hombres, que los mitos sobre las mujeres han sido elaborados por hombres y que las costumbres, las creencias, la legislación son otros tantos instrumentos culturales mediante los cuales la sociedad elabora “ese ser intermedio entre el hombre y el castrado” que es la mujer, un ser que ha de hacerse su ser a través de lo que los hombres le dicen que es y que ha de buscar su autonomía en lucha contra lo que le hacen ser.
Utilizando una terminología que procede de Hegel, Beauvoir explica que la mujer es en nuestras culturas occidentales –las que ella toma como referencia- la “Otra” con respecto al hombre, quien es el Mismo, el que decide los valores, el que impone las normas y oprime a las mujeres.
Con la metodología de aplicar la razón a la eliminación de los prejuicios –ahora en el registro del existencialismo- nuestra filósofa interroga a todas las instancias del saber y desenmascara la justificación de tal estado de cosas. Todas las ciencias que se relacionan con lo humano –como la biología, la psicología, la historia, la antropología y la sociología- son sometidas a la prueba de la razón ilustrada. Hecha la indagación, el resultado es que ninguna de las ciencias interrogadas, ni naturales ni humanas puede dar cuenta de esa conceptualización de “otras” aplicada a las mujeres. Luego, tal calificación no procede de la razón. El origen de tal malentendido procede, entonces, de la creencia, del prejuicio. Beauvoir lo encuentra en las religiones del Libro, en los usos morales y sociales, en la distribución del poder familiar, en la educación que se da a las niñas, en la literatura, en as leyes y en la estructura del poder que en todas las sociedades conocidas es patriarcal.
Los mensajes procedentes de cada una de las instancias mencionadas no resisten la prueba de la razón desmitificadora. La convicción que acuñó la Modernidad, según la cual todos los seres humanos nacen libres e iguales, se traduce en el existencialismo beauvoireano en la definición del ser humano como existente libre que ha de hacer su ser en el cumplimiento de sus proyectos humanos. La mayoría de las mujeres, no ejercen como seres humanos que son; algunas porque no quieren, pero la mayoría porque no pueden. Desde niñas, reciben el mensaje de que son “otras”, inferiores a los niños y de que, como tales, tienen un destino contra el que no se puede luchar. Es así como se construye la feminidad o el género, dicho en lenguaje actual, porque, como lo expresó Beauvoir en un enunciado que se hizo célebre, “no se nace mujer, se llega a serlo”. La feminidad es un mito que hay que desenmascarar; el género es una construcción cultural sobre el sexo y todos, mujeres y hombres, hemos de construir nuestra identidad singular y autónoma con el ejercicio de nuestra libertad a través de proyectos. Para el niño “actuando es como construye su ser, al mismo tiempo. Por el contrario, en la mujer hay al principio un conflicto entre su existencia autónoma y su “ser-otra; se le enseña que para gustar hay que tratar de gustar, hay que hacerse objeto; debe, pues, renunciar a su autonomía”.
[14]
La religión (occidental) enseña que Dios Padre es hombre, “un anciano dotado de una particularidad específicamente viril, una espesa barba blanca (...) los representantes de Dios a la Tierra [...] son hombres. [...] la Virgen recibe de rodillas las palabras del ángel y responde exclamando: Soy la esclava del Señor”
[15]. En los mitos religiosos, desde el Levítico hasta nuestros días, se nos invita a tomar distancias de las mujeres, por su impureza.
Aunque las iglesias cristianas declaran la igualdad metafísica de todos los seres humanos, no lo han reconocido ni tolerado en el ámbito socio-político, como hace notar el profesor Peña-Ruiz
[16], y lo mismo cabe decir de la religión coránica. Tampoco es cierto que el cristianismo sea el origen de los Derechos Humanos; los Derechos Humanos, según el mismo autor, tienen su origen en la cultura griega clásica, no en las religiones occidentales. También Beauvoir nos muestra que la religión es un elemento sumamente importante en la construcción de la feminidad.
Otro elemento fundamental son las costumbres familiares y sociales que refuerzan e inculcan el rol de “otras” en las mujeres induciendo en ellas el valor de la sumisión, la dependencia, la aceptación de ser siempre dirigidas por los varones y la “vocación” de madres y esposas por encima de cualquier otra elección, es decir, su destino social. Todo este universo de valores se ve ratificado por las leyes: Beauvoir denuncia en su famoso ensayo los abortos clandestinos en Francia, cuando el aborto estaba prohibido por la ley en los años 40, y el uso de anticonceptivos; todavía hoy existe la discriminación –no contemplada por casi ninguna legislación- de las mujeres para cargos directivos en la empresa privada y en la pública (si bien en esta más soterradamente) como muchos estudios lo demuestran; y la violencia ejercida contra las mujeres en el seno de la familia apenas en Europa empieza a ser contemplada por la legislación. Como escribe Beauvoir : “Para la jovencita (...) hay un divorcio entre su condición propiamente humana y su vocación femenina. [...] Es una extraña experiencia para un individuo que se siente sujeto, autonomía, trascendencia, algo absoluto, descubrir en sí mismo, en calidad de esencia dada, la inferioridad [...] es lo que le ocurre a la niña cuando, al hacer el aprendizaje del mundo se percibe como mujer”
[17].
Beauvoir denuncia, sobre todo, la mentalidad cultural dominante, más invisible que las leyes y las creencias, pero involucrada en ellas y fruto de ellas; un ámbito del cual hay que mostrar la irracionalidad si queremos lograr la plena igualdad democrática y el reconocimiento de nuestra igualdad metafísica y psíquica con los hombres. Lo primero es una cuestión sin resolver por la laicidad; lo segundo es una cuestión de lucha para el feminismo todavía hoy.
En el siglo XXI sigue, pues, el feminismo reivindicando la igualdad entre los sexos, como siglos antes lo hicieran Poulain de la Barre, Mary Wollstonecraft, o Simone de Beauvoir, y siguen las feministas conscientes del peligro que para sus objetivos representan las constricciones inducidas por la religión. Por eso, las procedentes de culturas no europeas, como las feministas egipcias mencionadas más arriba, la somalí Aayan Hirsi Ali, la argelina Zazi Zadu, la iraní Chahdortt Djavann o la tunecina Sophie Bessis invocan las virtualidades del Estado laico como garantía de protección de los derechos de las mujeres, es decir, como marco imprescindible para alcanzar la igualdad entre los sexos.
La laicidad, como fórmula socio-política que garantiza la igualdad de derechos a cada uno de los ciudadanos y como medio de hacer convivir las diferentes creencias religiosas, relegadas a la esfera de la privacidad, y el feminismo, como reconocimiento pleno de la igualdad de las personas sin reparar en la diferencia de sexos, son ambos conceptos que expresan un horizonte que los humanos pretendemos alcanzar. Laicistas y feministas sabemos que hemos de emplear a fondo nuestras energías para llegar a él, pero estamos convencidos de que la aproximación es inexorable.

[1] Una versión primera de este trabajo ha sido publicada en francés en el número 64 de la revista Chimères, revue des schizoalyses, noviembre 2007.
[2] Ni putas ni sumisas. Madrid, Cátedra, 2004. pg. 93
[3] Occidente y los otros. Madrid, Alianza editorial, 2002.
[4] Ibid., pg. 111.
[5] Este es precisamente el título de un libro de C. Amorós publicado en 1997, Tiempo de feminismo, ed. Cátedra, Madrid. A la misma autora debo también el uso de la idea, que utilizo a continuación, de la irracionalización del prejuicio.
[6] Peña Ruiz, H. La laïcité , París GF Flammarion, 2003. pág. 13. Véase también, del mismo autor, La emancipación laica, Madrid, Ediciones del Laberinto, 1999.
[7] Ibid.
[8] Emile ou de l´éducation, Paris, GF Flammarion, 1966, pág. 466. (Traducción mía de éste y de todos los demás textos citados en edición francesa)
[9]Vindicación de los derechos de la mujer. Madrid, Debate, 1977, pág.172.
[10] Wollstonecraft, op. cit. pág. 154.
[11] Emile, pg. 520
[12] Véase, R. Cobo: “La construcción social de la mujer en Mary Wollstonecraft” en Historia de la teoría feminista. Universidad Complutense-Comunidad de Madrid, Madrid, 1994. Y también Jean-Jacques Rousseau. Los fundamentos del patriarcado moderno. Madrid, Cátedra, 1998.
[13] Emile, op.cit. pg. 465.
[14] Le Deuxième Sexe, II, Paris, Gallimard, 1962 , pg. 27. (La traducción es mía, como en los textos anteriores).
[15] Ibid., pg. 38.
[16] La laïcité, 91.
[17] Ibid. II, pgs. 89 y 47.
LÓPEZ PARDINA, Teresa, “Reflexiones en torno al feminismo y la laicidad” en Amorós Puente, Celia y Posada Kubissa, Luisa (eds.), Feminismo y multiculturalismo, Madrid, Instituto de la mujer, 2007, col. Debate, nº 47, ISBN.: 978-84-690-9856-1, 287 pp., págs.: 261-269.