viernes, 26 de junio de 2009

RAQUEL OSBORNE: ¿EXISTE UNA RELACIÓN CAUSAL ENTRE PORNOGRAFÍA Y VIOLENCIA?


¿Existe una relación causal entre pornografía y violencia?

Raquel Osborne



Introducción

“De hecho, no existen en verdad pruebas contundentes acerca de que el contacto con la pornografía ‘cause’ de forma directa actos específicos de violencia contra las mujeres”, comentaba un reputado sociólogo en 1984 refiriéndose a “La Comisión sobre obscenidad y pornografía”, convocada por el Congreso de los EEUU. Cuando en 1970 publicó ésta su informe, fruto de tres años de trabajo, se desató una gran polémica por el tipo de resultados presentados y por las medidas escasamente restrictivas que recomendaba (1). La Comisión fue tachada de liberal por sus detractores, generalmente fuerzas conservadoras, a las que posteriormente se añadirían sectores importantes del movimiento feminista. Consideradas insuficientes –el informe fue sólo un primer paso, como reconoció la propia Comisión, aunque importante- y, al decir de algunos, poco científicas las investigaciones realizadas, nuevos estudios intentaron llevar a cabo la tarea que, según estas opiniones, la Comisión no efectuó: la de demostrar una relación causal entre la pornografía y los delitos sexuales.
Las posturas en torno a la pornografía se polarizan entre los que consideran que dicha relación está demostrada “científicamente” y los que niegan tal demostración. Obviamente, las consecuencias en cuanto a la política a seguir serán muy diferentes para unos y otros. En este artículo intentaremos dibujar las líneas maestras por las que ha discurrido esta polémica, que por supuesto aún no se ha cerrado. El punto de referencia obligado para tratar nuestro asunto viene dado por la mencionada Comisión, los resultados de cuyas investigaciones no han sido invalidados hasta el presente, al menos en lo que a las ciencias sociales se refiere. Políticamente sí ha perdido buena parte de la influencia que ejerció en la década de los setenta en una Norteamérica liberal y permisiva, sobre todo tras la publicación en 1987 del informe de la Comisión Meese. Convocada por Reagan y de talante ultraconservador, las conclusiones de esta última –alcanzadas por medio del uso de una metodología más que dudosa, e impregnadas de prejuicios-, sí apuntan a la existencia de un vínculo causal entre pornografía y actos de violencia contra las mujeres (2).
Tras presentar someramente el origen, las investigaciones y los resultados de la Comisión norteamericana de 1970, nos referimos a la polémica por entonces planteada sobre el caso de Dinamarca, que hizo correr ríos de tinta. Las conclusiones de los trabajos realizados por Berl Kutchinsky, avalados por la Comisión, fueron discutidas desde posiciones conservadoras, cuyos representantes –ante la creencia, extendida tras la publicación del informe citado, de que una liberalización de la pornografía podía conducir a un descenso en el número de los delitos sexuales-, pretendieron probar la tesis contraria.
También estudiaremos la investigación que, bajo los auspicios de la ya citada Comisión, realizaron M. S. Goldstein y H. S. Kant sobre la posible relación entre el consumo de pornografía y la conducta antisocial de un grupo de violadores, que fue uno de los primeros estudios serios que se centraron directamente en los violadores y la posible influencia de la pornografía en su actividad delictiva.
A continuación analizaremos la frecuencia con que desde diversos sectores se insiste en la utilización de datos poco relevantes o poco fiables –los que el informe Williams (3) de anecdóticos- para sostener sus afirmaciones. Con todo, estos datos y los asertos con que acostumbran a ir acompañados suelen tener un gran impacto en la opinión pública.
En el apartado siguiente se comentarán los resultados de los nuevos experimentos de laboratorio, un tipo de investigación que sólo fue tangencialmente realizado por la Comisión sobre la pornografía. Muchas feministas consideraron que tales experimentos colmaban sus expectativas ya que, según ellas, confirmaban sus análisis teóricos sobre la relación directa entre pornografía y agresiones a las mujeres. Sin embargo, los propios autores de los mismos son bastante más cautelosos a la hora de delimitar su alcance. Por su lado, otro sector de feministas, en franco desacuerdo con la política antipornografía de sus correligionarios, no deja de interpretar los resultados como interesantes y merecedores de ser tenidos en cuenta, si bien por distintas razones que los grupos anteriormente mencionados.
En casi todos los planteamientos que hacen hincapié en los supuestos efectos antisociales y agresivos que la pornografía provoca en los varones, subyace un modelo conductista de tipo imitativo que responde al motto de “cuanto más ves, más haces”. Su opuesto vendría a ser lo que se ha dado en llamar “modelo catártico”, que considera a la pornografía como una válvula de escape de energías que, de otro modo, podrían resultar perjudiciales socialmente hablando. Por nuestra parte, insistiremos en acentuar la pluricausalidad del fenómeno de las agresiones sexuales, entendiendo ciertas representaciones sexuales agresivas presentadas por la pornografía más como un síntoma que como una causa de la violencia contra las mujeres, provocada esta última por una mentalidad que desprecia, teme o se encoleriza con la mujer, o que, simplemente, y con un carácter más general, no la considera una igual.


La Comisión sobre la pornografía: la relación causal no demostrada


La transformación de los mores sexuales ejemplificada por la denominada revolución sexual de los años sesenta, que hizo tambalearse algunos de los fundamentos sobre los que se asentaban las rígidas posturas en torno a la sexualidad que hasta entonces habían regido la vida de los norteamericanos, provocó un intenso debate sobre la extensión y mayor explicitación sexual de la pornografía, así como sobre sus posibles efectos. Dichos debates representaban principalmente una redefinición de los límites de la moral sexual así como los intentos de los sectores más tradicionalistas de imponer su particular moralidad sobre otras posiciones emergentes en una sociedad pluralista y de costumbres cambiantes.
Las campañas de agitación llevadas a cabo por los sectores más conservadores movieron al Congreso de los EEUU a considerar el asunto como de “interés nacional”. Se pensó que al Gobierno Federal le concernía “la responsabilidad de investigar la gravedad de la situación y de determinar si los materiales pornográficos eran perjudiciales para el público, y en particular, para los niños, y si acaso métodos más efectivos deberían ser dispuestos para controlar la circulación de tales materiales”. Para este fin, el Congreso estableció la mencionada Comisión, cuyo propósito consistía en que, “tras un detenido estudio que incluiría un examen de la relación causal de dichos materiales con conductas antisociales, recomendaría… medios para hacer frente de manera efectiva al tráfico de obscenidad y pornografía”.(4)
El Congreso estableció como tarea prioritaria el estudio del efecto de la obscenidad y la pornografía sobre el público, en particular sobre los menores, así como su relación con el crimen y cualquier otra conducta antisocial. A tal fin se diseñarían las investigaciones pertinentes que pudieran determinar la influencia, si la hubiere, en la conducta antisocial y delitos sexuales de las personas, así como en la delincuencia juvenil.
Tras la presentación del informe final, al desacuerdo presidencial(5) se sumó una resolución condenatoria por parte del Congreso. Con todo, y aun cuando oficialmente no se siguieron las recomendaciones de la Comisión, un informe de ese tipo tiene el suficiente peso como para influir enormemente en lo que pueden constituir a partir de entonces las directrices a seguir en el asunto de que se trate, en este caso la pornografía. Sus detractores lo sabían muy bien y no han descansado hasta lograr ver una nueva Comisión, esta vez bajo los auspicios de Reagan –la llamada Comisión Meese- cuyos resultados, contrarios a los anteriores, por fin les han convencido.
Entre muchas de las cuestiones analizadas por la Comisión de Nixon, destaca el examen de tres grandes apartados: la incidencia de la pornografía en las ofensas sexuales cometidas a escala nacional, además del caso especial de Dinamarca, estudiado también por la Comisión; la diferencia que pudiera existir entre delincuentes sexuales y el resto de la población en cuanto a la cantidad y forma de utilización de la pornografía; y las actitudes y comportamientos de personas expuestas a este material en situaciones experimentales de laboratorio. Los métodos de investigación empleados incluían encuestas de opinión que preguntaban a la gente que recordara su contacto con la pornografía y que se refiriera a su conducta sexual y a sus actitudes al respecto; comparaciones entre delincuentes sexuales y grupos equivalentes (matched groups) de no delincuentes en relación a su uso de la pornografía; y experimentos controlados en los que a voluntarios, generalmente estudiantes de universidad o parejas casadas, se les pedía que examinaran con detenimiento libros y/o películas eróticas por períodos que iban desde una hora de sesión hasta sesiones diarias de 90 minutos durante tres semanas(6).
¿Cuáles fueron algunos de los resultados a los que llegó la Comisión?
a) No se encontró un consenso en la opinión de los encuestados sobre cuáles eran los efectos de ver o leer materiales explícitamente sexuales. En consecuencia, no se recomendaba la imposición de prohibiciones legales al derecho de los adultos de leer o ver publicaciones de este tipo.
b) En general, las pautas ya establecidas de conducta sexual se manifestaron como muy estables y no susceptibles de alteración por el contacto con la pornografía. En el caso de que se siguiera alguna actividad sexual tras verla o leerla, se interpretaba como una activación temporal de las pautas de conducta sexual preestablecidas en el individudo.
c) Los jóvenes, delincuentes o no, habían tenido un contacto similar con la pornografía; es decir, que la pornografía no era un factor causante de la delincuencia juvenil. En el caso de los adultos, los estudios indicaban que los delincuentes sexuales habían tenido, en forma significativa, un menor contacto con materiales eróticos que la población adulta en general.
d) Los delitos sexuales denunciados a la policía en Copenhague disminuyeron coincidiendo con la derogación de las leyes contra la obscenidad en Dinamarca.
e) En cuanto a los EEUU, la conclusión a la que se llegó establecía que la relación entre la cantidad de pornografía disponible y los cambios ocurridos en los delitos sexuales no probaban ni a favor ni en contra que el acceso a la pornografía condujera a la comisión de estos delitos, pero se desechó como falsa la alegación de que habían aumentado espectacularmente como consecuencia del incremento del consumo de pornografía.
La Comisión dejó claro en su informe que, aun cuando se había dado un paso importante en la investigación en este terreno, no se había hecho más que comenzar a allanar el camino de futuras re-elaboraciones o estudios que aportaran nueva luz sobre los datos ya existentes. Su conclusión más relevante, tanto por su propia importancia como por la polémica que levantó, fue la de que el vínculo causal pornografía-violencia no había sido probado: “En resumen, la investigación empírica diseñada para clarificar la cuestión no ha encontrado pruebas hasta la fecha de que el contacto con materiales explícitamente sexuales juegue un papel significativo en las causas de comportamientos delincuentes o criminales entre los jóvenes o los adultos. La Comisión no puede concluir que el contacto con materiales eróticos sea un factor en las causas del delito sexual”(7).
Como principal recomendación legal, la Comisión señalaba que la legislación no debería interferir con el derecho de los adultos que desearan leer, obtener o ver materiales explícitamente sexuales, recomendando a su vez restricciones para los menores y para la protección de aquellas personas que no manifestaran deseo alguno de contacto con la pornografía.
Por otra parte, la Comisión instaba a que se realizara un masivo esfuerzo en el terreno de la educación sexual que tendiera a considerar al sexo como una parte natural y normal de la vida y a cada persona como a un ser sexual, así como a impulsar una visión no uniforme en este terreno que permitiera un pluralismo de valores. De esta forma, la educación sexual se podría realizar por cauces legítimos, mucho más fiables y saludables que los más ilegítimos habitualmente al alcance de los jóvenes, como era la pornografía.
Si mencionamos brevemente algunas de las reacciones a estos resultados, resulta obvio que para los sectores conservadores las conclusiones resultaban atrozmente liberales: una suerte de política del laissez-faire en este terreno, que daba carta blanca a los pornógrafos y amenazaba con colapsar moralmente el país. Desde una óptica feminista militante antipornografía se rechazaron igualmente estas conclusiones por contradecir su creencia en una relación causal entre pornografía y violencia contra las mujeres.
Una postura igualmente feminista viene representada por la profesora de universidad y feminista Thelma McCormack, quien ha analizado en diversos trabajos la metodología, los logros y desaciertos de los diferentes tipos de investigaciones al uso sobre este aspecto de la cuestión que aquí estamos comentando. McCormack critica la consideración dada a ciertos valores que aparecen en la pornografía –valores machistas, donde la mujer aparece dominada, complaciente, pasiva y/o humillada- que fueron juzgados como un mero entretenimiento y como algo inofensivo, o simplemente, no tenidos en cuenta. Esta autora, al hacer entrar en liza estos criterios, se muestra en desacuerdo con la valoración de la Comisión norteamericana, puesto que señala la necesidad de atender a los efectos a largo plazo de la pornografía en las mentalidades, pero comparte la opinión de que, con los datos existentes, no se puede establecer la ecuación pornografía=agresiones contra las mujeres. Con respecto a la cuestión de la violencia en los medios de comunicación, McCormack opina que no es la contemplación de la violencia lo que comporta su imitación, sino la inseguridad de los hombres acerca de su identidad sexual, que toma la forma del miedo a la impotencia y a la homosexualidad. Esta sería la variable mediadora (intervening variable) en el caso de la posible influencia en las conductas de la violencia televisiva, variable que, si fuera tenida en cuenta, ayudaría a investigar por qué los hombres se vuelven más agresivos después de ver en las pantallas escenas de violencia(8). La atención debería centrarse, pues, en el estatus de las mujeres y en la normalización de la homosexualidad, concluye McCormack, más que en censuras a la pornografía o a la violencia en los media.
Se esté o no de acuerdo con estos dictámenes, suponen una advertencia acerca de la complejidad de analizar las investigaciones en este terreno, como tendremos ocasión de observar a lo largo de todo el presente artículo.

El caso de Dinamarca o la liberalización de la pornografía a debate

Un caso que levantó especial polémica tras la publicación del informe americano fue el de Dinamarca. Como parte de sus resultados, el informe señalaba que “estudios estadísticos de la relajación entre la disponibilidad de materiales eróticos y las tasas de delitos sexuales en Dinamarca indican que el creciente acceso a materiales explícitamente sexuales ha sido acompañado de un descenso en la incidencia de los delitos sexuales”.
A raíz de la publicación del informe se desarrolló un cierto mito popular sobre el efecto de la liberalización ocurrida en Dinamarca en la incidencia de las ofensas sexuales. Este mito se sustentaba en los trabajos iniciales de Berl Kutchinsky, del Instituto de Ciencia Criminal de Copenhague, cuyas conclusiones recogió el informe. Una vez que se publicaron con posterioridad los trabajos completos, se comprobó que el propio Kutchinsky matizaba cuidadosamente sus consideraciones primigenias.
Dinamarca fue considerada un caso digno de estudio debido a la abolición de las lees que restringían la pornografía entre los años 1967 y 1969, es decir, en un corto período de tiempo. Se pensó que el rápido cambio entre la restricción y la permisión de circulación de aquélla, facilitaba un estudio del “antes” y el “después” en relación con los delitos sexuales en unas condiciones que no se daban en otros países, en donde el incremento de pornografía había sido mucho más paulatino.
Cuatro podrían ser, en resumen, las cuestiones relevantes a destacar en la situación danesa, en función de los trabajos completos de Kutchinsky:
-ciertos “delitos sexuales” fueron despenalizados al mismo tiempo que se liberalizó la pornografía, como por ejemplo los relacionados con la homsexualidad. Si no se hubiera tenido en cuenta este factor a la hora de contabilizar los delitos finales, nos hubiéramos encontrado con un descenso espúreo de delitos, pero Kutchinsky puso el mayor cuidado para excluir de sus números cualquier “ofensa” que hubiera dejado de ser tal según la ley:
-estadísticamente, Kutchinsky controló la probabilidad de que una cierta liberalización de las leyes y de los usos y costumbres sexuales hubiera contribuido a que ciertos delitos fueran menos denunciados a la policía, llegando a la conclusión de que ciertas ofensas consideradas “menores”, como el exhibicionismo o las “indecencias físicas hacia las mujeres” (por ejemplo, el tocamiento en los tranvías) eran menos denunciadas por un cambio en la definición social de tales conductas. Aun cuando consideradas molestas y ofensivas, habían perdido su carácter de criminales, especialmente entre gente más joven que, por tanto, no las denunciaba con la misma frecuencia que antes;
- ciertos comportamientos, como los abusos sexuales a menores, experimentaron un descenso en cuanto a su denuncia a la policía durante la década de los sesenta, lo cual, según Kutchinsky, no pudo ser debido ni a un cambio de mentalidad respecto a estos delitos (lo que hubiera dado lugar a menos denuncias), ni a un cambio en las prácticas de la policía en cuanto a la aceptación de las denuncias, dado que en todas las esferas de la policía se observó que no sólo se admitían este tipo de denuncias sino que se investigaban cuidadosamente. Kutchinsky sugirió como causa de este descenso la posible influencia en las conductas de la mayor circulación y subsiguiente uso de la pornografía, fenómeno que coincidió en el tiempo con un notable descenso en este tipo de delitos (10);
-según este investigador, el mayor acceso a la pornografía no afectó a la incidencia de casos de violación, en un sentido o en otro, según se desprende tanto de las estadísticas policiales como de las elaboradas por el propio Kutchinsky, que aunque no coincidentes entre sí, no se contradicen en cuanto al resultado mencionado (11).
Con el tiempo, otro estudioso del tema, el psicólogo clínico John H. Court, comenzó a propagar la tesis contraria a la de la Comisión, sosteniendo que se podía probar estadísticamente que la libre circulación de pornografía estaba ligada a un aumento a un aumento de las ofensas sexuales. Inversamente, una restricción de la pornografía (por cualesquiera medios) producía un descenso de tales delitos. Court se centró específicamente en los delitos de violación, y en sus investigaciones se dedicó a señalar una correlación estadística significativa con estos delitos, tanto en los casos de liberalización –con una correlación positiva- como de restricción –con una correlación negativa- de la pornografía, en diferentes países (12).
Serias precauciones se deberían tomar, sin embargo, a la hora de proclamar que los estudios de correlaciones (como en este caso entre pornografía y delitos sexuales, y más específicamente violaciones) tienen validez en cuanto a su significación estadística, debido principalmente a las dificultades de mediación que concurren en este caso así como por la falacia de convertir una mera correlación estadística en una relación de causa y efecto (13).
Un problema específico a la hora de examinar las tendencias seguidas por este tipo de delitos consiste en que no hay forma de saber si la proporción no denunciada de los mismos continúa siendo constante, o si están ocurriendo fluctuaciones en la parte proporcional que no está siendo denunciada; y, por otra parte, no siempre resulta fácil precisar si cambios de actitudes, legales o incluso en la práctica policial, están contribuyendo a la frecuencia o infrecuencia de las denuncias, factores no tenidos en cuenta por Court.
La cuestión resulta todavía más complicada si se intenta hacer comparaciones internacionales al estilo de Court. Los sistemas legales varían considerablemente de país a país y las diferencias en lo que constituye un delito, e incluso el nombre que recibe, significan a menudo que los fenómenos que se comparan no son equivalentes. Por añadidura, la forma y la fiabilidad de las estadísticas criminales varían enormemente según los países. Por último, y siguiendo con el tema de las comparaciones internacionales, la observación de las estadísticas, tomadas aisladamente de los procedimientos de recogida de datos y del clima social en cada lugar, puede no hacernos tener en cuenta lo ya señalado, las fluctuaciones a la hora de denunciar estos delitos.
Una nueva fuente de dificultades se refiere a la medición del otro factor de la correlación: al alcance de la diseminación de la pornografía. Esto a su vez provoca dos problemas: uno se relaciona con la cantidad de pornografía en circulación, sobre la que por lo general se cuenta con una información poco fiable (quizás esto no ocurra así en un caso como el de Dinamarca, en el que la liberalización fue total, pero sí sucede en la mayoría de los países, puesto que casi siempre existen cortapisas legales de uno u otro tipo). El otro problema nos remite a qué tipo de literatura e imágenes serán consideradas pornográficas y qué valoración se dará a los distintos materiales en cuanto a su peligrosidad. Ello va unido a la creencia tan extendida de que cuanto más extrema la pornografía, peores son sus efectos, y de que la así llamada “blanda” conduce necesariamente a buscar la “más nociva”, la pornografía dura (14). Según todos los indicios, no resulta para nada obvio que la pornografía dura conduzca a la comisión de delitos, así como tampoco hay pruebas contundentes de que el consumo de la pornografía blanda lleve inevitablemente al consumo de la dura. Por lo tanto, es difícil medir con fiabilidad el supuesto factor causal aquí analizado.
Por otra parte, y relacionado con esto, se podría oponer algo tan simple, pero que se olvida constantemente, como que los actos criminales –de violación más específicamente en este caso- son el producto de numerosas influencias. La comisión norteamericana citaba factores tales como la clase social, las relaciones con las pandillas, las experiencias familiares, etc (15). Las feministas, por su parte, han sido las primeras en poner de manifiesto el poder que la división de los roles sexuales y los modelos de sexualidad, entre otros, adquieren como factores sociológicos relevantes a tener en cuenta para comprender ciertas actitudes masculinas hacia la mujer. De ahí que, según Wilson, “cuando se pide a los científicos sociales que midan las consecuencias de un ‘efecto’ mal conceptualizado o difícil de medir en relación con una entre varias ‘causas’ altamente relacionadas entre sí, las cuales están operando, si acaso, durante largos períodos de tiempo, tienden a descubrir que no hay relación o, como mucho, que la que hay es débil y contingente” (16).
Incluso en los casos en que pudiera observarse una fuerte correlación entre circulación de pornografía y tasa de violación, se nos previene ante la tentación de atribuir relaciones de causalidad a las correlaciones de variables. Los sociólogos Larry Baron y Murria Straus, en un estudio sobre la varianza en las tasas de violación en 50 estados de los EEUU, encontraron en un primer momento que la circulación de pornografía y la desorganización social tenían efectos positivos en las mencionadas tasas. Aun así, Baron declaraba: “Es muy plausible que los resultados reflejen las diferencias estado a estado… de una pauta de cultura machista. Tal pauta podría incluir normas y valores que promueven tanto los intereses masculinos como la involucración en la pornografía, la agresión sexual, la percepción de las mujeres como objetos y la creencia en mitos de violación. Si tal modelo de conducta machista influye de forma independiente en la compra de revistas porno y en la incidencia de la violación, la asociación original entre la circulación de este tipo de revistas y la tasa de violación sería una consecuencia de la relación con ambos fenómenos de esta pauta de conducta machista” (subrayado nuestro (17). De hecho, Baron y Straus realizaron con posterioridad un análisis adicional de sus datos por medio de la introducción de un “Índice de aprobación de la violencia” en su ecuación original y comprobaron que “la relación entre el papel de las revistas porno y la violación desapareció. Ello parece apoyar la teoría de un clima de ‘hipermasculinidad’ como soporte de los asaltos sexuales” (18).

Los estudios de M. S. Goldstein y H. S. Kant sobre los violadores y el consumo de pornografía.

Tradicionalmente, y hasta la aparición del informe norteamericano, aquellos que habían estudiado a la población que delinque sexualmente no habían prestado ninguna atención seria a la pornografía como un posible factor causal, directo o indirecto, de sus acciones. Otras influencias que habían entrado habitualmente en el análisis habían tenido que ver más bien con experiencias infantiles, débil integración social, variables culturales y otros condicionantes motivacionales y estructurales.
Fue la Comisión norteamericana la que estimuló un trabajo serio sobre este asunto, cuyos resultados recogió parcialmente el informe final, siendo posteriormente ampliados por sus autores en el libro que publicaron en 1973 (19). Su importancia reside, aparte de en su rigor, en constituir el primer intento relevante de analizar, entre otros, el fenómeno de la violación y su posible conexión con la pornografía en las personas que cometen dichas agresiones, los violadores, y en constituir uno de los pocos estudios que intentan analizar los efectos de la pornografía a largo plazo, ya que la casi totalidad de los estudios sobre efectos no trascienden el corto plazo.
Para analizar la posible influencia de la pornografía en la desviación sexual, Goldstein y Kant llevaron a cabo un estudio de incluía la comparación entre cuatro grupos: personas condenadas por delitos sexuales; aquellas conocidas por ser grandes consumidoras de pornografía; un conjunto de gays, lesbianas y transexuales; y por último, un grupo de control. Destacaremos aquí los resultados de su trabajo que nos parecen más interesantes para el tema que nos ocupa.
Se comprobó que los violadores, por lo general, habían tenido muy poco contacto con la pornografía, especialmente durante la adolescencia; igualmente, su contacto con la pornografía sadomasoquista era menor que en el caso del grupo de control, deduciéndose de ello que las ideas para cometer actos agresivos no derivaban de la pornografía.
Un rasgo diferenciador de este tipo de personas consistía en que su uso de la pornografía estaba acompañado por un sentimiento de culpa, de vergüenza y de disgusto. Su actividad sexual preferida, aun siendo adultos, descansaba en la masturbación, dado el “miedo al sexo” expresado. La utilización de la pornografía por parte del violador arrojaba un resultado atípico, teniendo más que ver con la ansiedad y la culpabilidad que con el deseo sexual propiamente dicho. Asaltado por una serie de fantasías –incluidas la violencia y el sadismo- que le perturbaban y le llevaban a realizar actos de agresión, la pornografía, con preferencia la heterosexual, sin resultarle estimulante ni catártica, le servía en sus intentos de evitar ansiedad, el asco y la culpabilidad creada por esos sentimientos parecían provocados por el miedo al sexo, a la homosexualidad y a la inadecuación a la hora de relacionarse con las mujeres.
En consonancia con estos resultados, los datos revelaron un pasado familiar muy represivo en relación con la sexualidad, en un entorno en el que no se podían mencionar temas relacionados con el sexo, y en el que si se descubría alguna vez el interés del niño o del adolescente por estos asuntos, sobrevenía una reacción altamente punitiva. Este clima de inhibición y represión se muestra acorde con lo ya expresado acerca de la información proporcionada por los violadores de no disfrutar plenamente con actividades heterosexuales y de su temor a la homosexualidad.
Por último, y como muchos otros autores comentan, los motivos que impulsan a los violadores a este tipo de conductas agresivas aparecen más bien como una respuesta a un complejo conjunto de estímulos, como pueden ser una disminución de las inhibiciones vía alcohol, un rechazo por parte de las esposas o amantes, o la asociación con grupos o bandas que favorecen estas actividades. Por lo general, el tipo de desarrollo sexual, la dificultad de acceso a una/un compañera/o sexual (generalmente obstaculizado por el miedo a la mujer o a la homosexualidad) y las actitudes y valores internos concernientes a la sexualidad determinaban el modo de expresión sexual, y no la pornografía (20).
Parece claro que una razón básica del desacuerdo de las feministas antipornografía con una investigación de este tipo reside en que el resultado se oponía al buscado por ellas: según su lógica, el violador tendría que consumir más pornografía y más dura que los demás, y este estudio sostiene lo contrario. Examinemos, no obstante, los comentarios que se recogen en el informe preparado por la ACLU –el sindicato defensor de las libertades civiles- contra los resultados de la Comisión Meese, acerca de que “nuevos estudios que miden las erecciones del pene muestran a veces a los violadores más excitados con imágenes de violación que con las actividades sexuales consensuadas, mientras que los miembros del grupo de control muestran generalmente menos excitación con las imágenes de violación”. Con todo, concluye el informe de la ACLU, “estos datos no demuestran en ningún caso que la pornografía ‘constituya la causa’ de que ciertas personas se conviertan en violadores o acosadores de niños (child molesters)” (21).
A su vez, y como sabemos, la idea de que “la pornografía es la teoría y la violación su práctica”, está muy extendida entre las féminas porque ven, no sin acierto, que la pornografía constituye una fuente importante de mitos acerca de la sexualidad femenina, entre ellos el de la relación dolor-placer; de acuerdo con el mito, la violación es presentada como algo que la mujer desea porque finalmente le produce placer.
Para muchas mujeres, la falsa información y distorsión de su sexualidad forma parte de un fenómeno más amplio de devaluación, pero conceden una especial importancia a la pornografía porque es un vehículo de transmisión de valores fácilmente accesible a casi todo el mundo, y porque resulta un enemigo más fácil de identificar y aparentemente más sencillo de combatir que los prejuicios instalados en las mentalidades, alimentados oscuramente por ramas de saber como la psiquiatría y la psicología. Sin embargo, McCormack objeta que “aunque los mitos acerca de las mujeres y su sexualidad están muy extendidos, no forman necesariamente parte de las creencias de los hombres que, ya sea impulsiva o sistemáticamente, cometen violaciones, ni tampoco constituyen la clave obligatoria para entender ese fenómeno. Los mitos sobre la violación pueden resultar anejos del síndrome del chovinismo masculino, pero en la medida que el violador es una persona que pretende justificarse a sí misma por medio del abuso sexual de las mujeres, en la medida en que la violación consiste en un acto de odio, estos hombres no necesitan el mito de que las mujeres desean ser violadas” (22).
Aunque el análisis de las feministas antipornografía resulte sugerente y a pesar de que la pornografía distorsione la sexualidad femenina –así como también la masculina-, convendría evitar simplificaciones y lecturas fáciles que achacan a las ideas transmitidas por la pornografía una importancia que no poseen, descuidando los verdaderos centros de producción de dichas ideas, ciertamente nefastas para las mujeres.

La violación o la utilización “científica” de los casos anecdóticos

Aquellos que ya están convencidos de antemano de los males de la pornografía y que de una manera fácil y expeditiva quieren ofrecer algunas razones con que apoyar sus aseveraciones, acuden rápidamente a los datos de la policía para demostrar la relación existente entre el acto de la violación y el consumo de pornografía. Otro vehículo de publicidad de estos datos es la prensa, cuya información proviene asimismo de la policía o de testimonios judiciales, no dudando en convertir en “hechos” todo aquello que de una manera sensacionalista resulta noticiable. Es el tipo de información que el informe Williams califica de anecdótica, pero que no por carecer de fundamento deja de poseer una amplia influencia en las creencias generales sobre este asunto.
La policía, en tanto que organización que trata con violadores y similares, y cuyo trabajo es una de las fuentes necesarias para la creación de estadísticas, suele constituir un peso pesado a la hora de proporcionar información que favorezca o desmienta el vínculo aquí analizado. Sin embargo, su aparente inclinación a afirmar una relación positiva pornografía-violador-violación no suele ir acompañada de la documentación correspondiente. Es célebre la declaración de J. Edgar Hoover, cuando era director del FBI, acerca de que “la circulación de publicaciones periódicas conteniendo materiales salaces juega una parte importante en el desarrollo del crimen entre la juventud de nuestro país” (23). Estas declaraciones son mencionadas una y otra vez en los más diversos medios, dada la influyente personalidad de quien las hizo y el importante cargo que ocupaba. Sin embargo, el FBI informó a la comisión norteamericana que no recolectaba datos ni tenía estadística alguna relevante en torno a esta cuestión.
Con esta información en la mano, es lógico que dicha Comisión no presentara como “científicos” los datos suministrados por la policía: una encuesta a jefes de policía encontró que el 58% creía que los libros obscenos jugaban un papel significativo en la creación de la delincuencia juvenil. La Comisión inscribe estos datos junto a los de otros colectivos con el fin de demostrar que no hay un consenso entre los norteamericanos en cuanto a su opinión acerca de los efectos de ver o leer materiales explícitamente sexuales. Otros colectivos consultados fueron los de los psiquiatras, psicólogos, educadores sexuales etc., que en su gran mayoría pensaban que estos materiales no tenían efectos perjudiciales en los adolescentes o adultos (24). El mismo tipo de consulta y parecidas opiniones fueron recabadas por el informe británico, con la variante de que algunos de estos profesionales creían que, en la mayoría de los casos, la influencia de la pornografía era beneficiosa y no perjudicial (25). Toda esta información fue clasificada como opinión pero no como datos científicos.
Algunas feministas, en su afán de apoyarse en la “ciencia” para defender su estrategia política, no han dudado en utilizar acríticamente datos de la policía, por muy inconsistentes que éstos fueran, como ya hemos visto, Susan Brownmiller, por ejemplo, en su influyente libro Against Our Will (26) escribe: “El informe mayoritario de la comisión presidencial sobre obscenidad y pornografía intentó descalificar la opinión de las instituciones destinadas a hacer efectivo el cumplimiento de la ley, cuyos miembros sostenían que su propia experiencia cotidiana con implicados en delitos sexuales capturados con este tipo de material les llevaba a concluir que la pornografía constituía un factor causante de los crímenes de violencia sexual. La Comisión mantuvo que no era posible por el momento demostrar de forma científica la existencia o inexistencia de dicha conexión” (27).
En uno de los múltiples estudios impulsados por la Comisión norteamericana se analiza precisamente la percepción que de la pornografía tienen los agentes encargados de hacer efectiva la ley. Las conclusiones más destacadas a que se llegó señalaban que la preocupación de este tipo de personal por la pornografía se agudizaba en los centros urbanos de un cierto tamaña, mientras que decrecía en las comunidades más pequeñas; que dicha preocupación se manifestaba más bien verbalmente, de una manera simbólica, que de forma práctica, es decir, que no se adecuaban los instrumentos necesarios para combatir con efectividad aquello que se condenaba de palabra; y por último, que la acción se dirigía hacia aspectos de la distribución de la pornografía solamente en las raras ocasiones en que ésta parecía cambiar de estrategia y desbordar la situación de tácita tolerancia (28).
Una forma interesada de manejar la información disponible queda de manifiesto en los argumentos de algunos abogados defensores de violadores o similares, que con tal de intentar disculpabilizar a sus defendidos no dudan en achacar a la influencia de la pornografía la comisión del delito. El informe Williams comenta dos casos famosos ocurridos en Inglaterra, uno de violación y otro de asesinato, en los que, tras analizar más en detalle los pormenores del juicio y los caracteres de los inculpados, deduce que en ambos casos la elección del material de lectura y las acciones cometidas contra las víctimas tenían más que ver con los rasgos personales de los acusados que con la pornografía en sí, concluyendo que sería extremadamente arriesgado, afirmar en estas ocasiones que el origen de las ofensas cometidas estribaba en el contacto con la pornografía (29). Otras veces, la relación causal se presenta de una manera aparentemente inocente a través de la prensa, que convierte en noticia una violación precisamente porque puede sacar a relucir por algún lado la presencia de material pornográfico, lo cual convierte en noticiable un tema que de otro modo sería simplemente “rutina”; véase como botón de muestra el siguiente titular de prensa: “Cuatro jóvenes violan a una chica de 16 años después de ver una película pornográfica” (30).

¿Es acaso la pornografía la teoría y la violación su práctica?


Como ya hemos mencionado anteriormente, cualquier iniciativa, al menos en los EEUU, que pretenda utilizar la censura para restringir o prohibir la circulación de pornografía, necesita demostrar la existencia de un daño inmediato y concreto causado por ésta para lograr que este material sea considerado una excepción a la Primer Enmienda a la Constitución, es decir, a las leyes que protegen la libertad de expresión. Por eso hay tantos intereses creados en torno a los resultados de las investigaciones que sobre pornografía y agresiones se llevan a cabo. Tanto el movimiento feminista antipornografía, cuyos intereses comentaremos a continuación, como la derecha conservadora representada por la Comisión Meese (31), han tratado de manipular los resultados de los trabajos de investigación disponibles, afirmando con toda rotundidad la relación causal entre pornografía y violencia contra las mujeres.
A partir de la segunda mitad de la década de los setenta estas feministas comenzaron a afirmar que los nuevos datos producidos por las ciencias sociales, sobre todo por medio de experimentos de laboratorio, refutaban por completo los resultados proporcionados por la Comisión norteamericana “La nueva investigación… indica que el contacto con la pornografía provoca como resultado conductas más agresivas, violentas y sexistas por parte de los espectadores” (32). Por su parte, otras dos feministas, teóricas del movimiento antipornografía, ponen en boca de uno de los principales investigadores a que aquí nos vamos a referir, Edward Donnerstein, que sus experimentos demostraban “una relación causal directa entre el contacto con la pornografía agresiva y la violencia contra las mujeres” (33).
Ambas afirmaciones son rechazadas por el propio Donnerstein: “Uno no debería asumir… que toda la investigación realizada desde la época de la comisión Nixon ha indicado un efecto negativo (del material pornográfico) sobre los individuos. En realidad, más bien al contrario… Una buena parte de la investigación apoya fuertemente la posición de que el contacto con cierto tipo de materiales eróticos puede reducir respuestas agresivas en gente que está predispuesta a la agresión. El lector debería tener en cuenta el hecho de que se ha demostrado que dichos materiales generan muchas clases de efectos” (34). Por otra parte, el mismo autor declaraba a la revista Newsweek: “Nadie puede demostrar un vínculo causal entre el contacto con la pornografía y su efecto sobre la conducta” (35).
Los antecedentes de la nueva investigación de que aquí hablamos fueron los estudios experimentales sobre los efectos que las imágenes violentas aparecidas en los medios de comunicación ejercían sobre las actitudes de los individuos, realizados por autores como A. Bandura y L. Berkowitz, entre otros. Los nuevos estudios, basados en experimentos de laboratorio llevados a cabo por psicólogos como E. Donnerstein y N. Malamuth, ofrecen como novedad el haberse centrado en imágenes consideradas eróticas o pornográficas, incluyendo representaciones simbólicas de sadomasoquismo y violaciones, y el analizar su capacidad para servir de estímulos a las agresiones.
Al decir de algunos, ni a Donnerstein ni a sus colaboradores se les podría denominar con propiedad investigadores del sexo, siendo más bien su área de especialización las fantasías relacionadas con las películas eróticas. Para los sexólogos, así como para la mayoría de los críticos, resulta difícil aceptar las limitaciones comunes a estos estudios, similares por lo demás a la metodología experimental de laboratorio en ciencias sociales (36). Entre tales limitaciones cabe destacar la que apunta a que no hay razón para suponer que la conducta que tiene lugar en un laboratorio de psicología de una universidad encuentra su traducción en la vida real, donde concurren multitud de factores que no se pueden crear artificialmente y que son los que conforman el contexto en el que los comportamientos se dan. Pero es que resulta difícil, incluso en el laboratorio, identificar una única causa de una conducta. Como veremos seguidamente, un mismo resultado puede ser interpretado de muy diferentes maneras.
Por otra parte, los sujetos de dichos experimentos, que suelen ser estudiantes de los primeros cursos de psicología pueden, de una parte, no ser representativos de la población en general y, de otra, estar al tanto de lo que se espera de ellos en los experimentos y condicionar así su respuesta. Por ejemplo, los estímulos que más a menudo se usan en los estudios sobre la pornografía de carácter agresivo simulan violaciones y/o sadomasoquismo. Medir la excitación sexual en respuesta a estímulos agresivos presenta algunos problemas. Los resultados se suelen obtener de dos formas: por medio de cuestionarios rellenados por los propios sujetos después de la experiencia, así como con la medición de la presión sanguínea y de la tumescencia del pene, esta última por medio de un aparato que se coloca alrededor del mismo, el plethysmograph. Es muy común, al parecer, que la aplicación de dicho aparato produzca un efecto de excitación sexual añadido al normal del individuo. Por otra parte, los estudiantes saben lo que resulta socialmente aceptable y pueden mostrarse reacios a informar si acaso se excitan con pornografía que presenta violaciones y/o sadomasoquismo (37).
Otra crítica que merecen estos trabajos es la de que no se ha controlado en ellos las opiniones y actitudes de los individuos sobre los roles sexuales. Estos estudios asumen que el sujeto es un libro en blanco, cuando por el contrario, resulta casi axiomático decir que los efectos sobre las actitudes producidas por los medios de comunicación en los individuos dependen en gran medida de las predisposiciones sociales y psicológicas que aquéllos aportan. O dicho de otro modo: a través, sobre todo, del filtro de la socialización en los roles sexuales, tanto adultos como niños aprenden las normas específicas de actuación sexual y las actitudes sexuales que se espera de ellos.
Como crítica más general, Susan Gray comenta que la agresión contra las mujeres representa una medida más –muy grave, es cierto- de la conducta en que se traduce la dominación masculina sobre las mujeres, y con seguridad, una de las más transparentes. Hubiera sido mucho más difícil medir la relación entre, digamos, la pornografía y el papel de la mujer en la toma de decisiones dentro de la familia, o entre la pornografía y la posición económica de las féminas. Hay muchas más variables envueltas en dichas complejas relaciones. Cree esta autora que por semejantes dificultades buena parte de la reciente investigación se ha centrado en actos aislados de agresión dentro de una situación de laboratorio (38).
Con todo, y a pesar de las deficiencias, este tipo de investigación plantea nuevas e importantes cuestiones: ¿conduce el contacto con la pornografía que presenta violaciones y/o imágenes de sadomasoquismo a una excitación sexual? ¿Produce este contacto fantasías hostiles a las mujeres? ¿O agresiones contra las mismas?
Los primeros resultados de los estudios realizados por autores como Malamuth y Donnerstein apuntaban a que los hombres, en condiciones normales, no se excitan sexualmente (medido de la forma que indicamos anteriormente) con imágenes de violación y/o sadomasoquistas. El siguiente paso de sus investigaciones consistió en el intento de descubrir bajo qué circunstancias las inhibiciones ante estas imágenes, producidas como resultado del aprendizaje de los roles sexuales, pueden perder su fuerza.
Citaremos sólo un ejemplo del tipo de experimentos realizados y de la interpretación de los resultados. Donnerstein y Berkowitz (39) dividieron a 80 estudiantes varones en grupos de 20. Cada grupo vio una película: dos de ellos vieron una película que contaba la violación de una chica por parte de una pandilla, pero en una de ellas la víctima, tras una protesta inicial, disfrutaba de la agresión sexual, y en la otra, vista por el otro grupo, la víctima experimentaba dolor y no gozaba con la violación. A continuación se creó una situación en la que se provocó la cólera de los sujetos estudiados por parte de unas mujeres, que estaban de común acuerdo con los investigadores. El resultado mostró que los estudiantes se comportaban de manera más agresiva (administrando falsos shocks eléctricos, que ellos pensaban reales) tras haber visto el film en que la víctima gozaba con la violación.
Según los autores, este resultado apoya la opinión de que los hombres normalmente se encuentran inhibidos para realizar actos de violación, pero si pueden ser persuadidos de que las mujeres disfrutan con ello, las inhibiciones pueden desaparecer. Además, la responsabilidad de sus actos puede quedar disminuida antes sus ojos, ya que pueden elaborar el mecanismo de “acusar a la víctima” (blaming the victim), dado que si las mujeres parecen gozar con el acto, es lógico deducir que ellas mismas les buscarán a ellos o les provocarán para que lo cometan.
Problemas metodológicos y de interpretación aparecen enseguida (40). El propio Donnerstein, citando a otro autor, asume que “los estudios de laboratorio que deliberadamente disminuyen las restricciones contra las agresiones pueden ser vistos como constituyentes de una inversión del proceso normal de socialización. Después de que se ha provocado la cólera en un sujeto, se le permite (en realidad se le dice) que ataque a su adversario. La víctima no emite ninguna muestra de dolor… y el sujeto aprende que, en esta situación de laboratorio, la agresión está permitida y socialmente aprobada (perdonada por el investigador)” (41).
Por otra parte, señala McCormck, si la violación, como las feministas han venido sosteniendo, consiste en un acto de agresión que pretende producir dolor, no placer, entonces los resultados de esta investigación no apoyan la interpretación de sus autores. Siendo el objetivo de la violación causar daño a una mujer, lo lógico es que los “violadores potenciales” (los sujetos de laboratorio) gozaran más con las imágenes que presentan a una mujer que sufre, y sin embargo, ocurre lo contrario. Los resultados sugieren, más bien, según McCormack, que el hombre medio no se desinhibe tan fácilmente –es decir, disfruta más con la pornografía en la que se muestra lo contrario a la realidad-, y que los hombres inclinados a violar reaccionan de manera diferente en la vida real de lo que la pornografía presenta, es decir, disfrutan con el sufrimiento y el miedo de las personas por ellos agredidas. Y aun cuando en investigaciones anteriores se atribuía a los violadores problemas de culpabilidad en relación con la sexualidad y las mujeres (ver Goldstein y Kant), este nuevo enfoque destaca sobre todo el efecto que la ausencia de inhibiciones produce en este tipo de individuos. De cualquier forma, estos hombres actúan de forma diferente a la mayoría de los varones, que pueden sentir una fuerte hostilidad hacia las mujeres y sin embargo no expresarla por medios violentos.
Estos argumentos cuestionan la creencia sostenida por numerosas feministas desde Susan Browmiller en adelante, de que todos los hombres son violadores potenciales porque su propia naturaleza, tanto física como psíquica, les predispone a ello. Por otra parte, la opinión pública puede estar cambiando en relación con los mitos sobre la violación, gracias en buena parte al movimiento feminista, pero no parece que los violadores hayan necesitado nunca de esos mitos para llevar a cabo sus actos (42). Si las feministas hablan de los mitos sobre la sexualidad y, más en concreto, sobre las violaciones promovidas por la pornografía, también ellas pueden estar cayendo en otros nuevos mitos al expresar que los violadores se alimentan de y utilizan estas creencias para realizar sus actos. Más bien parece que estas fantasías de víctimas que gozan mientras son violadas, tan presentes en la pornografía, forman parte de la ideología sexista y misógina dominante, pero no determinan la comisión de actos de violencia contra las mujeres. Un estremecedor relato por parte de la feminista Kate Ellis (43) pone en primera persona lo que aquí estamos tratando de expresar: “Comenzaré con la conclusión a la que he llegado como resultado de mi experiencia en tanto que víctima de un asalto de tipo violento y sexual: el hombre (en este caso eran dos jóvenes con una pistola) no lo hizo basado en noción alguna de que yo realmente lo deseaba. Estos chicos, que me siguieron hasta mi vestíbulo, me pusieron una pistola calibre 38 en la cabeza, me introdujeron los dedos en mi vagina (buscando joyas, dijeron), y finalmente me pegaron un tiro en el pulmón por gritar cuando me arrebataron el portamonedas… no se encontraban bajo la ilusión (derivada de la pornografía o de cualquier otro lugar) de que yo disfrutaba siendo tratada de esa manera” (44).
Por su parte Susan Gray, ante el resultado de que para los hombres suele ser más excitante una escena de violación si la mujer acaba gozando que si sólo experimenta dolor, comenta que el hecho de que se presente a la mujer disfrutando desvía en parte el aspecto de violencia del acto. Además, no deja de tener su lógica que la imagen de una mujer que no cesa de luchar y de llorar mientras es violada, resulte más inhibitoria que aquella en la que se ofrece un happy end a la misma historia. Por añadidura, en el caso de imágenes sadomasoquistas no es fácil distinguir si lo que excita es la violencia presente o el tabú inherente a estas conductas (45).
Dicha autora, que por lo demás hizo una revisión amplia de este tipo de trabajos, llegó a la conclusión de que el origen de las actitudes masculinas agresivas de que se habla en ellos es más bien resultado de una profunda rabia (anger) masculina contra las mujeres que de la pornografía misma. Una prueba de ello es que algunos hombres que sienten de esta manera crean su propia pornografía o utilizan cualquier material a mano para crearla en su cabeza. Como señala Fred Berger, cualquier cosa es capaz de ser convertida en obscena si así es manipulada por la personalidad de quien la ve (46). En el informe Williams se cita el caso de un paciente psiquiátrico que inventaba sus propias historias pornográficas (47). O como indica Nicholas Groth, que dirige el programa de delincuentes sexuales en el Instituto Correccional de Connecticut: “Hemos tenido hombres que se excitaban muchísimo mirando los anuncios de ropa interior infantil de los grandes almacenes Sears-Roebuck, lo cual no convierte al catálogo de estos grandes almacenes en una revista de porno infantil” (48). De hecho, y según los resultados de los experimentos, quienes no habían sido previamente encolerizados por una mujer no manifestaban actitudes agresivas. De resultas de ello deduce Gray que “los objetivos de un cambio social estarían mejor servidos si nos fiáramos en la fuente de esta rabia masculina contra las mujeres, buscando la manera de que aprendieran a manejarse con ella, que si nos centramos en la pornografía” (49).
Según podemos observar, por tanto, el feminismo antipornografía ha seguido por lo general un modelo de tipo conductista, planteando un tanto burda y linealmente que los hombres reproducen en la vida real las imágenes que ven o leen en la pornografía. Otro aspecto ya mencionado de este modelo consiste en pensar que la respuesta de los hombres a la pornografía sigue un orden ascendente, de menos a más: que la contemplación de la pornografía blanda lleva inevitablemente a consumir la llamada pornografía dura (50). El incremento de esta última se explica, a su vez, teniendo únicamente en cuenta la reacción anti-feminista creada a partir de los años setenta, y excluyendo como posible con-causa de este incremento, entre otros factores como la orientación consumista del capitalismo y los nuevos procedimientos técnicos, la aparición de una forma de entender la sexualidad más abierta y menos tabú de resultas de la revolución sexual y los movimientos gay y de mujeres (51). Además, nada hace suponer que desde el punto de vista de la objetualización y comercialización de las mujeres, sean más peligrosas las imágenes de la pornografía dura que las de la blanda (52).
Incluso en el caso de que se pudiera comprobar que la forma en que se ha cometido un delito “imitaba” las imágenes pornográficas, “el dar a una persona que está predispuesta a cometer un delito una idea sobre una forma particular de realizarlo es realmente muy diferente a inculcar la idea primigenia” (53). El informe Williams cita de hecho casos en que se ha alegado la influencia causal, no sólo de la pornografía, sino de películas de carácter general o incluso de obras literarias (54). En todos estos casos se olvida continuamente que la familia, la educación, el entorno socio-cultural, las propias experiencias del individuo, la influencia religiosa, amén del poder de los medios de comunicación, configuran la conducta final de una persona, y no únicamente un factor aislado, como se nos pretende hacer creer de forma harto simplista.
Hay que tener igualmente en cuenta el importante papel que juegan los factores situacionales en las agresiones contra las mujeres, porque “mientras factores culturales tales como la pornografía agresiva pueden aumentar las tendencias de algunos hombres en el mismo sentido, la manifestación de las respuestas agresivas puede estar fuertemente regulada por diferentes variables internas y externas (esto es, variables situacionales)” (55). Cuenta Sara Diamond la distinta reacción masculina, en contextos diferentes, ante un mismo material pornográfico de tipo violento. En una presentación realizada por el movimiento antipornografía en Canadá, aquellos que contemplaron el material pornográfico, incluyendo periodistas varones, reaccionaron con disgusto ante las imágenes. El marco habitual de un cine porno –donde sólo se reúnen hombres por lo general- se había trastocado. Como contraste, una periodista mostró en otro momento el mismo material a sus colegas masculinos en la salda de noticias, donde ella era la única mujer. Los periodistas se metieron con ella y minimizaron su malestar. “En el primer caso –concluye Diamond- el potencial de los hombres para identificarse con las mujeres se acentuó y produjo resultados positivos. En el segundo, el miedo de los varones a romper la identificación masculina se llevó lo mejor que había en ellos” (56). La vida real es muy diferente a la situación de un laboratorio.
Otra cosa que se suele olvidar por quienes sólo tienen en cuenta el análisis de contenido es el estudio de la audiencia, de quiénes son los consumidores de pornografía. Su reacción dependerá del bagaje que cada cual aporte a este acto, como subrayan los que entienden la comunicación como un proceso interaccional. El que a una persona le divierta o le repela lo que ve, que la pornografía reciba la consideración de peligrosa o inofensiva, que colme ciertas fantasías o sirva de estimulante a una conducta antisocial, sólo puede calibrarse, entre otros factores, tenemos en cuenta al público consumidor.
Resumiendo

Cualesquiera que sean los resultados de las investigaciones sobre la relación entre pornografía y actitudes violentas, parece claro que el grado de aceptación o rechazo de los mismos dependerá de las concepciones que se sustenten sobre la sexualidad, y del modelo teórico que, explícita o implícitamente, se adopte. En las discusiones propiciadas por estas investigaciones subyacen a menudo concepciones contrapuestas en dependencia de posturas conductistas o psicoanalíticas, o relativas a la naturaleza de la así llamada “desviación social”, como hemos visto reflejado en las polémicas sobre el asunto de la violación.
Por supuesto que la consideración de que no está suficientemente demostrada (y acaso no haya una forma contundente de demostrarla) la conexión directa entre pornografía y violencia, no significa negar la necesidad de realizar una crítica cultural de ciertos aspectos de la pornografía. Si se llegara al caso de una demostración fehaciente de que no hay ni puede haber tal conexión entre pornografía y violencia, ello no tendría por qué legitimarla sin más. Quizás la mayoría de los que la consumen no cometan jamás un abuso sexual contra una mujer, pero la influencia de una imagen negativa de las mujeres sobre la mentalidad de tales consumidores sí puede ser perjudicial, por discriminatoria para éstas.
Pero convendría igualmente –tal y como asimismo manifiestan Vance y Snitow- establecer las diferencias entre las manifestaciones agresivas de la pornografía y la pornografía en general, entre pornografía y sexualidad, y entre sexualidad y violencia. La ecuación pornografía=sexualidad masculina=violencia contra las mujeres conduce, en una pendiente resbaladiza, a un modelo esencialista de diferenciación de los sexos. Ello supondría una vuelta atrás en el cuestionamiento de una tan rígida como pacata concepción del mundo, cuya denuncia tendría que asumir el feminismo –si de veras desea luchar por hacer dueñas de la propia sexualidad a las mujeres- como una de sus principales tareas.

NOTAS

1. Edwin M. Schur, Labeling Women Deviant. Gender, Stigma and Social Control , Nueva York: Random House, 1984, p 176. El informe de la citada Comisión se titular The report of the Commission on Obscenity and Pornography, Bantam Books, 1970.
2. Attorney General´s Commission on Pornography, Final Report, 2 vols., Washington D.C.: U.S. Government Printing Office, 1986. Para una visión detallada sobre los planteamientos y las actuaciones de dicha comisión, véase el artículo de Carole Vance en el presente volumen.
3. Bernard Williams, director, Report of the Comité on Obscenity and Film Censorship, Londres: Her Majesty´s Stationery Office, 1979, 2ª impression, 1980. Para diferenciarlo del informe norteamericano, lo designaremos de ahora en adelante como informe británico, o también informe Williams, por el nombre de su director.
4. The Report…, op. cit., p.1.
5. Convocada por el presidente Johnson, la Comisión acabó sus trabajos bajo la presidencia de Nixon.
6. W. Cody Wilson, “Pornography: the Emergente of a Social Sigue and the Beginning of a Psychological Study”, en W. Cody Wilson y Michael J. Goldstein, “Pornography Attitudes, Use, and Effects”, The Journal of Social Issues, vol. 29, nº 3, 1973, pp. 7-18.
7. The Report of the Commission…, op. cit., p.32.
8. Según se desprende de estas investigaciones, la violencia física observada por los espectadores suele enfrentar a los hombres entre sí más que a hombres y mujeres. Thelma McCormack, “Machismo in Media Rsearch on Pornography: a Critical Review of Research on Violence and Pornography”, Social Problems, 25, julio de 1978, pp. 544-55, y “Making Sense of Research on Pornography”, en Varda Burstyn, comp., Women against Censorship, Vancouver: Douglas & McIntyre, 1985.
9. The Report of the Commission…, op.cit., p. 31.
10. Bert Kutchinsky, “The Effects of Easy Availability of Pornography on the Incidence of Sex Crimes: the Danish Experience”, in Wilson y Godstein, comps., op. cit., pp. 163-81.
11. Bernard Williams, director, op. cit., pp. 80-5.
12. J. H. Court, “Pornography and Sex Crimes: a Reevaluation in theLight of Recent Trends Around the World”, International Journal of Penology and Criminology, 1977, 5, pp. 129-57.
13. Lo que sigue se basa fundamentalmente en la revision que sobre este tipo de investigaciones, y en particular sobre la polémica en el caso de Dinamarca, realizó la comisión británica.
14. Véase John H. Court, “Sex and Violence: a Ripple Effect”, en Neil Malamuth y Edward Donnerstein, comps., Pornography and Sexual Aggression, Academic Press, 1984, pp. 143-72.
15. Véase también James Q. Wilson, “Violence, Pornography and Social Science”, The Public Interest, nº 22, invierno de 1971, pp. 45-61.
16. Ibíd., p.58.
17. Citado en Philip Nobile y Eric Nadler, United States of America vs. Sex. How the Meese Commission Lied About Pornography, Nueva York: Monotaur Press, 1986, pp.74-6.
18. ACLU, (American Civil Liberties Union), Polluting the Censorship Debate. A Summary & Critique of the Final Report of the Attorney´s General Commission on Pornography. Public Policy Report, julio de 1986, pp.78-9.
19. Michael S. Goldstein y Harold S. Kant, Pornography and Sexual Deviance, University of California Press, 1973.
20. Datos tomados del libro anteriormente mencionado y del artículo de Michael S. Goldstein, “Exposure to Erotic Stimuli and Sexual Deviance”, en Wilson y Godstein, comps., op. cit., pp.197-219.
21. ACLU, op. cit., p.81. Es una lástima que no se citen las fuentes de esta información.
22. Thelma McCormack, “Making Sense…”, op. cit., P.192.
23. Declaraciones de Hoover en 1956 aun Subcomité del Senado para la investigación de la delincuencia juvenil, citado por W. Cody Wilson, “Pornography: the Emergente…” op. cit., pp. 13-4.
24. The Report…, op. cit., p.27.
25. Bernard Williams, director, op. cit., p.63.
26. Susan Brownmiller, Against Our Will: Men, Women and Rape, Nueva York: Bantam Books, 1975, 1981.
27. Ibíd., p.444. Fred Berger, por su parte, señala el doble patron utilizado por Brownmiller, al conceder un gran peso a las opinions de los defensores de la ley en el tema de la pornografía pero cuestionándolas cuando se trata del tema de las violaciones. Fred R. Berger, “Pornography, Sex, and Censorship”, en Richard A. Wasserstrom, comp, Today´s Moral Problems, Nueva York: Macmillan Publishing Co., 1979 (2ª ed.), p.354.
28. W. Cody Wilson, “Law Enforcement Officer´s Perceptions of Pornography as a Social Issue”, en Wilson y Goldstein, comps., op. cit., pp.41-51.
29. Bernard Williams, director, op. cit., p.62. En El País de 28 de febrero de 1985 apareció una noticia sobre la condena de un sádico sexual en el Reino Unido que esgrimía como defensa que “había contraído la sed de sexo como consecuencia de su afición a los vídeos de porno duro”.
30. El País, 10 de octubre de 1984.
31. Véase el artículo de Carole S. Vance en la presente edición.
32. Nota introductoria al trabajo de Diana E. H. Russell, “Pornography and Violence: Wath Does the New Research Say?”, en Laura Lederer, comp., Take Back the Night, Nueva York; Williams Morrow, 1980, p.218.
33. Cita literal perteneciente a la breve semblanza biográfica del psicólogo Edward Donnerstein, incluida en la información escrita que se envió como invitación a una rueda de prensa en diciembre de 1983, con motivo del intento de Catharine MacKinnon y Andrea Dworkin de modificar la legislación sobre los derechos civiles en la ciudad de Minneapolis, a fin de que se incluyera bajo este epígrafe una legislación antipornografía. Información obtenida por cortesía de Catherine MacKinnon.
34. “In the United Status Court of Appeals for the seventh circuit”, Nº 8-3147, American Booksellers Association, INC et al., Plaintiffs-Appellees v. William Hudnut III et al., Defendants-Appellants. On Appeal from the United States District Court for the Southern District of Indiana. Brief Amici Curiae of Feminist Anti-Censorship Taskforce et al., Nan D. Hunter y Silvia A. Law, p.19.
35. Citado por Michael Kimmel, compilador del número titulado “Men Confronting Pornography” de la revista Changing Men: Sigues in Gender, Sex, and Politics, nº 15, otoño de 1985, p.4.
36. Philip Novile y Eric Nadler, op. cit., pp.79 y 83.
37. Susan H. Gray, “Exposure Pornography and Agresión Toward Women: the Case of the Angry Male”, Social Problems, vol. 29, nº 4, abril de 1982, pp. 387-98..
38. Susan Gray, Ibíd., p.389.
39. Edward Donnerstein y Leonard Berkowitz, “Victim Reactions in Aggressive Erotic Films as a Factor in Violence Against Women”, Journal in Personality and Social Psychology, 1981, 41, nº 4, pp. 710-24.
40. Buena parte de estas críticas están basadas en los trabajos de Thelma McCormack, “Manking Sense…”, op. cit. y de Susan H. Gray, op. cit.
41. M. B. Quanta, “Aggression Catarsis: Experimental Investigations anda Implications”, en R. Geen y E. O´Neal, comps., Perspectivas on Aggression, Nueva York: Academia Press, 1976, p.126, citado por Donnerstein en Malamuth y Donnerstein, comps., op. cit., p.60. Lo curioso es que Donnerstein cita el presente texto con el fin de demostrar las bondades de este tipo de experimentos para medir posibles conductas agresivas, bondades que más bien parecen defectos al reflejar aquello que comentábamos más arriba acerca de la dificultad de trasladar a la vida real los resultados del laboratorio, que aquí se dice expresamente que representan “una inversión del proceso normal de socialización”.
42. Thelma McCormack, “Making Sense…”, op. cit., p.194.
43. Autora, entre otros, del artículo “I´m Black and Blue from the Rolling Stones and I´m not Sure How I Feel about It: Pronography and the Feminist Imagination”, Socialist Review, nº 75 & 76 , vol.14, nº 3 & 4, mayo-agosto de 1984, pp.103-25.
44. Kate Ellis, “No Sexuality Without Representation: A Feminist View”, en Michaell Kimmel, comp., Changing Men, op. cit., pp.13-14.
45. Susan Gray, op. cit., pp.389-90.
46. Fred R. Berger, op. cit.
47. Bernard Williams, director, op. cit., p.63.
48. Citado por Richard Stengel, “Sex Busters” Time, 21 de julio de 1986, p.15. Quienes hayan leído la novela o visto la película La naranja mecánica recordarán la parte en que se nos muestra al protagonista beatíficamente sentado en la biblioteca de la prisión leyendo pasajes de la Pasión, bajo la mirada aprobadora del cura, mientras lo que en realidad se imagina es a sí mismo convertido en el centurión que daba los latigazos a Jesucristo.
49. Susan Gray, op. cit., p.393.
50. La idea de que el consume de la pornografía blanda lleva inexorablemente al consumo de la pornografía dura se parece al razonamiento falaz de que el uso de la droga blanda conduce fatalmente a las drogas duras.
51. Sara Diamond, “Pornography: Image and Reality”, en Varda Burstyn, comp., op. cit., p.48.
52. Edwin M. Schur, op. cit., p.179.
53. Bernard Williams, director, op. cit., P.62.
54. Dicho informe menciona las protestas habidas contra la ya citada película La naranja mecánica como incitadora de la violencia, protestas del mismo signo que las que provocó en su tiempo la obra de Goethe Las desventuras del joven Werther, acusada de incitadora al suicidio. El informe añade que hay gente que puede disfrutar perversamente leyendo historias sobre las atrocidades nazis, o incluso con pasajes de la Biblia. Un caso muy conocido de imitación de la conducta es el de los niños/as que se han lanzado por una ventana pretendiendo volar como Superman. A principios de 1989 se proyectó en televisión española la película Las aventuras de Tom Sawyer, y a los pocos días unas adolescentes de Zaragoza decidieron escaparse de su casa para correr aventuras, tal y como hacía Tom Sawyer en la película. Hubo voces que clamaron contra el film, porque fíjese usted a lo que pueden inducir esas imágenes televisivas. ¿Justifica ello la supresión de estos textos/imágenes?
55. Neil M. Malamuth, “Aggression Against Women: Cultural and Individual Causes”, en Malamuth y Donnerstein, comps., op. cit., p.35.
56. Sara Diamond, “Pornography: Image and Reality”, en Varda Burstyn, comp., op. cit., p.46.



OSBORNE, R. (1990): “¿Existe una relación causal entre pornografía y violencia?” en Calderón, M. y Osborne , R. (eds.); Mujer, sexo y poder. Aspectos del debate feminista en torno a la sexualidad", Madrid: Proyecto “Mujer y poder”, Instituto de Filosofía, CSIC, Fórum de Política Feminista, Comisión Antiagresiones del Movimiento Feminista, ISBN: 84-600-7366-1, 91pp., págs.: 63-90.

martes, 2 de junio de 2009

ASUNCIÓN OLIVA: LA PREGUNTA POR EL SUJETO EN LA TEORÍA FEMINISTA. EL DEBATE FILOSÓFICO ACTUAL

Prólogo de Celia Amorós

El tema que Asunción Oliva ha elegido, con el que se ha atrevido y que ha llegado a dominar es para el feminismo, tanto teórico como práctico-militante, de gran envergadura y pertinencia. Pues en este debate sobre la cuestión del sujeto en la teoría feminista se juega nada menos que la capacidad de las mujeres de autodesignación. Simone de Beauvoir afirmó que « La Mujer » es una heterodesignación, un objeto de discurso por parte de los varones que, como lo ha estudiado Teresa López Pardina, la instituyen en “la Otra”, relegándola así a la esfera de la alteridad, la inesencialidad y la inmanencia. Mediante esta relegación, el varón se autoinviste de sujeto asumiendo las posiciones de la mismidad- es lo Uno compacto, frente a la dispersión ontológica de las féminas-, la esencialidad- frente al ser- para otro propio de quienes encarnan la inesencialidad- y la transcendencia, ya que es capaz, en el combate, de ir más allá de la mera repetición de la vida dándole sentido y otorgándole valor. Así, el que las mujeres puedan transformar este juego de posiciones depende de que ellas mismas puedan acceder al estatuto de sujetos, lograr la capacidad de autodesignación. Pues la autodesignación es una condición sine qua non de la autonomía: para articular un proyecto de vida individualizado es necesario que nosotras mismas podamos decir lo que somos. Siempre nos han predicado lo que somos- en eso consiste la heterodesignación- y lo que debemos ser y hacer- justamente, la feminidad normativa que va de la mano de la heterodesignación. Si no nos queremos amoldar a ella, si pretendemos hacer de nuestras vidas algo distinto, habremos de instituirnos en sujetos. Sujeto- ésta es mi definición- es aquél o aquélla que se autoadministra sus predicados, tanto los que le vienen por los demás como los que él/ella misma se adjudica.
Pues bien, justamente cuando las mujeres, cada vez más animadas por el feminismo, están accediendo a posiciones de sujeto, el movimiento filosófico y cultural que se ha dado en llamar la postmodernidad decreta la muerte del sujeto. Ello no es de extrañar en la medida en que el sujeto, como el individuo o el ciudadano son abstracciones ilustradas que se implantaron con la modernidad. No es aquí el lugar de reconstruir el proceso a la modernidad que la llamada postmodernidad puso en marcha. Nos vamos a centrar en los argumentos que los filósofos postmodernos esgrimen contra la viabilidad de la categoría de sujeto. Aunque convergen en la descalificación de un constructo tal como el sujeto, proceden de frentes diversos. Aquí nos limitaremos a determinadas corrientes de la filosofía del lenguaje y del psicoanálisis que son relevantes para nuestro tema. Pero nos remontaremos a Nietzsche en tanto que inspirador en buena medida de la crítica a la modernidad y a su vástago, el sujeto intencional y consciente. El autor de El ocaso de los ídolos pone en juego la llamada “hermenéutica de la sospecha” contra las presuntas transparencias de la conciencia del sujeto así como contra otros constructos de la tradición y la modernidad en los que no vamos a detenernos ahora. La conciencia, para Nietzsche, es un producto de la vida gregaria de la humanidad. Al ser a la vez el animal más indefenso y el más peligroso necesita “saber” y hacer saber a sus semejantes cuáles son sus carencias, sus situaciones, sus objetivos. Así, “el pensar que se hace consciente es únicamente la parte más pequeña, podemos decir, la más superficial y la peor, pues sólo este pensar consciente tiene lugar en palabras, esto es, en signos comunicables, con lo que se pone al descubierto la procedencia de la conciencia misma”
[1] Y sobre esa precaria emergencia se ha construido por parte de los filósofos toda clase de especulaciones acerca del yo pensante como punto arquimédico de todas las evidencias (Descartes), como condición del saber objetivo y del quehacer moral (el sujeto transcendental de Kant) y muchas otras teorías acerca de la subjetividad. Es éste un ejemplo muy pregnante del operar nietzscheano de “la hermenéutica de la sospecha”, íntimamente unido al método genealógico- que tanto juego le dará a Foucault-. Este método consiste en buscar y descubrir en el origen de las cosas, no precisamente una esencia prístina, una instancia legitimadora y dadora de sentido sino, precisamente, la discordia de las otras cosas, sus intrincados intersticios que se revelan al ojo clínico de nuestro hermeneuta de la sospecha como síntomas de aquello que se oculta (recordemos los “recuerdos encubridores” de Freud). En suma, la genealogía, lejos de todo cometido legitimador, nos remite al pudenda origo, al hedor de los orígenes donde hasta a aquello que parecía más excelso y noble “se le ve el plumero”, por usar la castiza expresión.
Como hermeneuta de la sospecha se considera también a Freud, padre del psicoanálisis, que remitirá las desestabilizaciones y los trastornos del yo consciente al “sucio secretito” de alcoba donde se desarrolla el drama del deseo de mamá, la represión de papá- Lacan se referirá pomposamente a ella como a la Metáfora paterna- y las tensiones del infante para acceder al proceso simbólico. No vamos a entrar aquí en las diferencias entre escuelas: lo que nos interesa retener es que el yo-sujeto aparece como un efecto de superficie producido en y por la dinámica de otras instancias psíquicas- el ello, el super-ego- no conscientes.
Como lo hemos podido ver, la hermenéutica de la sospecha nietzcheana lleva a cabo la crítica de la conciencia y el lenguaje como efectos que, de forma tramposa, aparecen como causas (al modo como en Marx, otro hermeneuta de la sospecha, la ideología, que no es sino superestructura, se muestra como si fuera el motor de los comportamientos de las clases sociales.)
En lo que podríamos quizás llamar la hermenéutica de la sospecha de segunda generación, se procederá a cuestionar el sujeto consciente desde la propia institución del lenguaje. Paradójicamente, el lenguaje pasa, de ser desmitificado por Nietzsche a título de impostura (pues da forma al “promedio” de las experiencias humanas presentándose como expresión genuina de lo individual) a constituirse en la instancia desde la que se va a proceder a la crítica del sujeto. A partir de los hallazgos de la lingüística estructural, antropólogos y filósofos amateurs como Claude Lévi- Strauss eliminan radicalmente al sujeto intencional en el proceso del habla. El sujeto no es constituyente del significado del discurso sino, por el contrario, constituido en y por el propio discurso. “La lengua, dirá Lévi-Strauss parafraseando a Pascal
[2], tiene sus razones que la razón (la del individuo parlante en tanto que tal) no comprende”. Funciona de acuerdo con leyes estructurales que no son conscientes para sus usuarios. El sujeto, así, queda reducido a una posición en el discurso, a un “eslabón en la cadena del significado.” De este modo, está “descentrado” en el proceso discursivo. Los mitos, por ejemplo, vienen a “narrarse a sí mismos” de acuerdo con ciertas leyes canónicas de transformación a partir de unas matrices, y lo que los narradores pongan de su cosecha es prácticamente irrelevante. Así, lo que interesa en su estudio es el aislamiento de los “niveles cristalinos” de estas formaciones simbólicas, pudiéndose hacer abstracción de “los niveles probabilísticos”, que están en relación con lo que pueda aportar la idiosincrasia de los individuos que los transmiten y que, a partir de una determinada escala, se neutralizan entre sí.
En el ámbito de la filosofía analítica anglosajona del lenguaje no saldrá el sujeto mucho mejor parado. El llamado “segundo Wittgenstein” se dedicará al estudio del lenguaje ordinario con un enfoque pragmático, es decir, el de la relación de los signos con sus intérpretes. A la pregunta de los filósofos analíticos acerca de cuál sea “el significado del significado” su respuesta será que el significado de una expresión lingüística es su uso en un “juego de lenguaje”. ¿Qué es un “juego de lenguaje” para Wittgenstein? Un “juego de lenguaje” es una situación comunicativa configurada por un conjunto de supuestos pragmáticos en cuyo marco cobran vida las expresiones que usamos en nuestro lenguaje. Las usamos siempre en contextos definidos de acuerdo con determinadas reglas. Pero estas reglas no son objeto de definiciones formales: podemos dar ejemplos que ilustren su funcionamiento en las situaciones de habla concretas. Se trata de reglas de uso públicas, como público es para Wittgenstein el propio lenguaje. El hablante se atiene a ellas si es que quiere darse a entender por su comunidad lingüística, siempre en un contexto determinado: no es su intencionalidad lo que funda su sentido. Lo que el niño aprende en su proceso de aprendizaje del lenguaje y hace de él un usuario competente de una determinada lengua es el funcionamiento, siempre contextualizado, de unas reglas de uso que le preexisten. Cuando se transgreden estas reglas de uso emerge el sinsentido o el efecto cómico, como ocurre, por ejemplo, en los “diálogos para besugos”. El niño que no maneja la especificidad de “la referencia transeúnte” de ciertas expresiones como “hoy”, “ayer”, “mañana” le dice a su madre “¿Hoy es hoy? Me dijiste que era mañana”. O cuando, en la feria, los padres invitan al niño a que abandone el tiovivo para disfrutar de otra atracción y éste protesta diciendo que “quiere estar más tiempo en la misma feria”.
Como lo podemos ver, el pobre sujeto queda cercado. Asunción Oliva lo ha puesto de manifiesto con claridad y contundencia en su atinada y minuciosa reconstrucción de “la filosofía de la sospecha”. A la luz de su exposición se nos vuelve inteligible la filiación nietzscheana de Foucault en lo concerniente al uso del método genealógico, se nos ofrecen los recovecos de la teoría psicoanalítica que llevan de Freud a Lacan al asumir este último la lingüística estructural y afirmar que “el inconsciente está estructurado como un lenguaje”, así como la influencia de Wittgenstein en un Lyotard ex –trotskista que ha renunciado a un proyecto emancipatorio y todo lo que pide –teniendo como subtexto los “juegos del lenguaje” del autor de Investigaciones filosóficas- es “Dejadnos jugar, y dejadnos jugar en paz.”
Con lo que hemos expuesto sumariamente hasta ahora no se han agotado los frentes críticos que tienen al sujeto atenazado: el “sujeto de la razón instrumental” de los teóricos frankfurtianos no es de los menos relevantes, pero el diálogo con Asun Oliva en este punto excedería lo que se puede hacer en una Introducción.
Es hora ya de entrar, con este marco teórico-filosófico mínimamente reconstruido, en las implicaciones que estos avatares filosóficos del sujeto tienen para el feminismo. Lo que se nos viene a decir es que, desde el momento en que no hay sujeto, nuestro proyecto emancipatorio no puede ser sino una quimera. Nosotras pedíamos la autodesignación y ahora resulta que nadie se autodesigna ni administra sus predicados. En realidad, todos y todas estaríamos producidos por el discurso y/o por un juego de fuerzas irracionales que genera una ilusión de autonomía donde no hay sino heterocondicionamiento. No se dan, pues, las condiciones psicológicas, antropológicas ni ontológicas necesarias para dar sentido y hacer viable ni nuestro programa político ni nuestras aspiraciones éticas. Perseguimos un fantasma.
Es una característica de los grupos oprimidos- Asunción Oliva nos lo recuerda- una especie de anacronismo masoquista que nos lleva a reivindicar aquello que los estratos dominantes de la sociedad ya han abandonado o desvalorizado: las mujeres son las que fuman cuando se empieza a considerar socialmente que fumar es de mal gusto; luchan por la ciudadanía- también Asun Oliva lo ha señalado- cuando, como lo ha puesto de manifiesto Alicia Miyares, para los varones reivindicativos lo que importa es la lucha de clases... Y, ahora que empezábamos a tomar posiciones de sujeto, resulta que el sujeto es un impostor o un mistificador... Ha llegado, justamente, la hora de aplicar por parte del feminismo la hermenéutica de la sospecha a la hermenéutica de la sospecha, de sospechar de esos sospechadores (sit venia verbo) tan hiperbólicos. Aquí es pertinente la pregunta ¿cui bono?
[3] Pero un amplio sector del feminismo, en lugar de eso, convalida el diagnóstico de sujetos varones a los que nada les simpatiza nuestra causa- cuando no son abiertamente misóginos- y, en la medida en que quieren conservar y/o elaborar proyectos que todavía puedan llamarse feministas, se dedican a llevar a cabo verdaderas virguerías teóricas para articular lo que, en última instancia, no viene a ser sino un ersatz del sujeto. La famosa agency, que les trae de cabeza como puede verse en el riguroso trabajo de Oliva, sería, creo, un ejemplo muy pregnante de lo que quiero decir. Por no hablar de las laboriosas intersecciones de identidades que otras postmodernas se dedican a tejer (para articular género con raza y con clase, entre otras), trabajo en el que se podrían ver muy aliviadas leyendo a las clásicas, reconstruyendo la historia del feminismo y reconociendo sus ataques de amnesia. Releyendo, por ejemplo, si es que alguna vez lo han leído, el capítulo sobre sexismo y racismo de la feminista radical Shulamith Firestone contenido en su libro Dialéctica del sexo[4]. O, simplemente, recordar la compleja lucha que hubo de entablar en su día el feminismo radical contra la New Left e incluso el Movimiento pro Derechos civiles para des-adherir lo que se llamará “la variable género” de la –mucho más reconocida e implantada en la izquierda -“clase social” que intentaba siempre absorberla en sus parámetros marxistas. “Lo que no es tradición es plagio”, dice un viejo refrán. Y el feminismo, si no se apoya en ella, volverá siempre a construir desde cero su muro de arena. Más le vale al feminismo como teoría y práctica definir desde sí mismo, desde su propia experiencia militante, sus demandas teóricas y prácticas para determinar, en función de ese ubi, cuáles y cómo puedan ser nuestros aliados teóricos y prácticos que constituirse, en el plano de la teoría, en algo así como la sección femenina de determinados proyectos filosóficos. Es significativo que Simone de Beauvoir, que tenía, dicho en román paladino, todos los boletos para haber funcionado así, en lugar de ello aportara sustantivas modificaciones al existencialismo sartreano.
Con todo, somos bastantes las feministas (Rosi Braidotti, Françoise Collin, yo misma, entre otras) que hemos denunciado como sospechosa la forma en que se lleva a cabo la crítica del sujeto por parte de los filósofos, digámoslo abruptamente, postmodernos, justamente cuando las mujeres empezamos a tomar posiciones de sujeto. Con ello no queremos afirmar que puedan darse por buenas sin más las conceptualizaciones de la subjetividad que la tradición filosófica de la modernidad ha elaborado: tienen sesgos sospechosos desde el momento en que la Ilustración, que podríamos considerar el proyecto normativo de la modernidad, no siempre ha sido coherente y ha excluido a las mujeres de sus abstracciones, entre ellas la de “sujeto”. Pero esos sesgos no necesariamente se depuran sometiendo al sujeto a una cura de adelgazamiento tal que lo vuelva inepto para participar en cualquier empresa emancipatoria. Y estas empresas son y seguirán siendo necesarias mientras el patriarcado exista: por mi parte, asumo la carga de la prueba
[5] en cuanto a las modalidades de su existencia se refiere, y en esta tarea, como no podría ser de otro modo, no estoy sola.
El sujeto del feminismo por desgracia, ahora que la necesita más que nunca, no goza de buena salud: se ha echado sobre él demasiada tinta de calamar como para permitirle mantener la lucidez en todas las situaciones. Pero tampoco está, ni mucho menos, tan kaput como algunos y algunas quisieran. Pues, como el ser humano tiene cierta capacidad para trascender las situaciones, las necesidades emancipatorias lo generan. Y estas necesidades cubren un espectro que va desde la violencia patriarcal más extrema (por ejemplo, los asesinatos de Ciudad Juárez y los perpetrados por las parejas de las víctimas) a las sutiles formas de ninguneamiento en la conversación social, pasando por la discriminación salarial, “el impuesto reproductivo”, “la economía del trabajo doméstico fuera del hogar.” Así, necesitamos ser sujetos con capacidad de introspección, de interpretación de las situaciones, de imaginar, como lo diría Victoria Camps, situaciones alternativas no oprimentes, de pactar con otras mujeres el logro de nuestros objetivos... En suma, ser lo que queremos ser y administrarnos nuestros predicados.
Pues bien: el libro de Asunción Oliva que tengo el honor de prologar, reelaboración de una concienzuda y brillante tesis que le dirigí en su día, es una aportación teórica de gran calidad a nuestra tarea emancipatoria. Porque Asun- permítanme que ahora la llame así- tiene una poco frecuente combinación de cualidades para el trabajo teórico: es una hormiguita y un águila. Gran paciencia epistemológica combinada con una sana dosis de impaciencia política. Minuciosidad en el rastreo a la vez que capacidad de sobrevuelo: sólo así se pueden ver alternativa, e incluso simultáneamente, los árboles y el bosque de su mano. Cualidad poco frecuente, pero que va unida a esa capacidad autónoma de juzgar que ha caracterizado al feminismo desde sus orígenes ilustrados. Alegrémonos, pues, que alegría es energía, de contar con un trabajo como éste, moralmente honesto, epistemológicamente solvente y, sobre todo, políticamente pertinente.

[1] La gaya ciencia, V, 354
[2] Pascal afirmaba que “el corazón tiene razones que la razón no comprende”.
[3] ¿A quién beneficia?
[4] Cfr. Firestone, Shulamith. Dialéctica del sexo, trad. de Ramón Ribé Queralt, Barcelona, Kairós, 1976.
[5] Remito a diversos trabajos contenidos en mi libro La gran diferencia y sus pequeñas consecuencias... para las luchas de las mujeres, Madrid, Cátedra, 2005, así como a Mujeres e imaginarios de la globalización, Buenos Aires, Homo sapiens, 2008.
..
OLIVA PORTOLÉS, Asunción, La pregunta por el sujeto en la teoría feminista. El debate filosófico actual, Madrid, Editorial Complutense, 2009, ISBN: 978-84-7491-962-2, 486p.

jueves, 23 de abril de 2009

JORGE MANRIQUE: POESÍA

ESCALA D´AMOR

Estando triste, seguro,
mi voluntad reposaba,
cuando escalaron el muro
do mi libertad estaba.
A´scala vista subieron
vuestra beldad y mesura,
y tan de rezio hirieron,
que vencieron mi cordura.

Luego, todos mis sentidos
huperon a lo más fuerte,
mas iban ya mal heridos
con sendas llagas de muerte;
y mi libertad quedó
en vuestro poder cativa;
mas gran plazer hove yo
desque supe qu´era viva.
Mis ojos fueron traidores,
ellos fueron consintientes,
ellos fueron causadores
qu´entrassen aquestas gentes;
qu´el atalaya tenían
y nunca dixeron nada
de la batalla que vían,
ni hizieron ahumada.
Después que hovieron entrado,
aquestos escaladores
abrieron el mi costado
y entraron vuestros amores,
y mi firmeza tomaron,
y mi corazón prendieron,
y mis sentidos robaron,,
y a mí sólo no quisieron.


FIN

¡Qué gran aleve hizieron
mis ojos, y qué traición:
por una vista c´os vieron,
venderos mi coraçon!
Pues traición tan conocida
ya les plazía hacer,
vendieron mi triste vida
y hoviera dello plazer;
mas al mal que cometieron
no tienen escusación:
¡Por una vista c´os vieron,
venderos mi coraçón!



MANRIQUE, Jorge, Poesía, Madrid, Cátedra, 1988, ISBN: 84-376-0061-8, 180 pp., págs. 97-99
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jueves, 9 de abril de 2009

LUIS CERNUDA: COMO QUIEN ESPERA EL ALBA

VEREDA DEL CUCO

Cuántas veces has ido en otro tiempo
Camino de esta fuente,
Buscando por la senda oscura
Adonde mana el agua,
Para quedar inmóvil en su orilla,
Mirando con asombro mudo
Cómo allá, entre la hondura,
Con gesto semejante aunque remoto,
Surgía otra apariencia
De encanto ineludible.
Propicia y enemiga,
Y tú la contemplabas,
Como aquel que contempla
Revelarse el destino
Sobre la arena en signos inconstantes.

Un desear atávico te atrajo
Aquí, madura la mañana,
Niño ya no, ni hombre todavía,
Con nostalgia y pereza
De la primera edad lenta en huirnos;
E indeciso tu paso se detuvo,
Distante la corriente,
Mas su rumor cercano,
Hablando ensimismada,
Pasando reticente,
Mientras por esa pausa tímida aprendías
A conocer tu sed aún inexperta,
Antes de que los labios la aplacaran
En extraño dulzor y en amargura.

Vencido el niño, el hombre que ya eras
Fue el venero, cuyo fondo insidioso
Recela la agonía,
La lucha con la sombra profunda de la tierra
Para alcanzar la luz, y bebiste del agua,
Tornándose tu sed luego más viva,
Que la abstinencia supo
Darle fuerza mayor a aquel sosiego
Líquido, concordante
De tu sed, tan herido
De ella como del agua misma,
Y entonces no pudiste
Desertar la vereda
Oscura de la fuente.

Tal si fuese la vida
Lo que el amante busca,
Cuántas veces pisaste
Este sendero oscuro
Adonde el cuco silba entre los olmos,
Aunque no puede el labio
Beber dos veces de la misma agua,
Y al evocar la hondura
Una imagen distinta respondía,
Evasiva a la mente,
Ofreciendo, escondiendo
La expresión inmutable,
La compañía fiel en cuerpos sucesivos,
Que el amor es lo eterno y no lo amado.

Para que sea perdido,
Para que sea ganado
Por su pasión, un riesgo
Donde el que más arriesga es que más ama,
Es el amor fuente de todo;
Hay júbilo en la luz porque brilla esa fuente,
Encierra al dios la espiga porque mana esa fuente,
Voz pura es la palabra porque suena esa fuente,
Y la muerte es de ella el fondo codiciable.
Extático en su orilla,
Oh tormento divino,
Oh divino deleite,
Bebías de tu sed y de la fuente a un tiempo,
Sabiendo a eternidad tu sed y el agua,

No importa que la vida
Te desterrara de esa orilla verde,
Su silencio sonoro,
Su soledad poblada;
Lo que el amor te ha dado
Contigo ha de quedar, y es su destino,
En el alba o la noche,
En olvido o memoria;
Que si el cuerpo de un día
Es ceniza de siempre,
Sin ceniza no hay llama,
Ni sin muerte es el cuerpo
Testigo del amor, fe del amor eterno,
Razón del mundo que rige las estrellas.

Como flor encendidas,
Como el aire ligeras,
Mira esas otras formas juveniles
Bajo las ramas donde silva el cuco,
Que invocan hoy la imagen
Oculta allá en la fuente,
Como tú ayer; y dudas si no eres
Su sed hoy nueva, si no es tu amor el suyo,
En ellos redivivo,
Aquel que desde el tiempo inmemorable,
Con un gesto secreto,
En su pasión encuentra
Rescate de la muerte,
Aceptando la muerte para crear la vida.

Aunque tu día haya pasado,
Eres tú, y son los idos,
Quienes por estos ojos nuevos buscan
En la haz de la fuente
La realidad profunda,
Íntima y perdurable;
Eres tú, y son los idos,
Quienes por estos cuerpos nuevos vuelven
A la vereda oscura,
Y ante el tránsito ciego de la noche
Huyen hacia el oriente,
Dueños del sortilegio,
Conocedores del fuego originario,
La pira donde el fénix muere y nace.



CERNUDA, Luis, Como quien espera el alba (1941-1944), en: Antología, Madrid, Cátedra, 1990, ISBN: 84-376-0306-4, 383 pp., págs. 233
-236

lunes, 6 de abril de 2009

JOSÉ HIERRO: LIBRO DE LAS ALUCINACIONES

EL MAR EN LA LLANURA

¿Estarás siempre de mi parte,
adormecida entre mis brazos,
primaveral y musical,
afirmándote y afirmándonos?

¿A centenares de kilómetros,
a millares de encinas y álamos,
a millones de horas, de ríos,
de cumbres de piedra, de páramos?

Esta mañana te ha teñido
el recuerdo de vinos pálidos.
En las ramas de acacia, otoño
puso a dorar su seco manto.

Hojas crujían con la música
con que embistes acantilados.
La llanura fingió latidos,
temblores, fuegos oceánicos.

¿Tu compañía? ¿Tu nostalgia?
¿Tu esperanza?... ¿Siempre a mi lado
estarás, mar, primaveral,
afirmándote y afirmándonos?

Mar mía, ¿pase lo que pase,
aun después de lo que ha pasado?



HIERRO, José, Libro de las alucinaciones, Madrid, Cátedra, 1986, ISBN: 84-376-0599-7, 171 pp., pág. 114

domingo, 8 de marzo de 2009

SIMONE DE BEAUVOIR: EL EXISTENCIALISMO Y LA SABIDURÍA POPULAR

LITERATURA Y METAFÍSICA


Yo leía mucho cuando tenía diecinueve años. Leía como sólo se lee a esa edad, con ingenuidad y con pasión. Abrir una novela era verdaderamente entrar en un mundo, un mundo concreto, temporal, poblado de figuras y de acontecimientos singulares; un tratado de filosofía me llevaba más allá de las apariencias terrenales hacia una serenidad de cielo intemporal. En uno y otro caso, recuerdo aún el asombro vertiginoso que se apoderaba de mí en el momento en que cerraba el libro. Después de haber pensado el universo a través de Spinoza o Kant, me preguntaba: “¿Cómo se puede ser tan fútil para escribir novelas?” Pero cuando dejaba a Julien Sorel o a Tess d´Uberville, me parecía vano perder el tiempo fabricando sistemas. ¿Dónde se situaba la verdad? ¿Sobre la tierra o en la eternidad? Me sentía desgarrada.
Pienso que todos los espíritus que son sensibles a la vez a las seducciones de la ficción y al rigor del pensamiento filosófico han conocido más o menos esta inquietud. Pero en fin, no hay sino una realidad; es en el seno del mundo donde pensamos el mundo. Si ciertos escritores han elegido retener exclusivamente uno de esos dos aspectos de nuestra condición, estableciendo así barreras entre la literatura y la filosofía, otros, por el contrario, desde hace tiempo, han buscado expresarla en su totalidad. El esfuerzo de conciliación actual al que asistimos hoy, continúa una larga tradición, responde a una profunda exigencia del espíritu. ¿Por qué pues suscita tanta desconfianza?
Hay que reconocer que las expresiones “novela metafísica”, “teatro de ideas” pueden despertar alguna inquietud. Ciertamente, una obra significa siempre algo: aun aquella que busca deliberadamente rechazar todo sentido, manifiesta ese rechazo. Pero los adversarios de la literatura filosófica se quejan con razón de que el significado de una novela o de una pieza de teatro no debe, como el de un poema, poder traducirse en conceptos abstractos: si no, ¿para qué construir un aparato ficticio alrededor de ideas que podemos expresar con más economía y claridad en un lenguaje directo? La novela sólo se justifica si es un modo de comunicación irreductible a cualquier otro. En tanto que el filósofo, el ensayista, dan al lector una reconstrucción intelectual de su experiencia, es esa experiencia misma, tal como se presenta antes de cualquier elucidación, lo que el novelista pretende restituir en un plano imaginario. En el mundo real, el sentido de un objeto no es un concepto captable por el puro entendimiento: es el objeto en tanto que se devela a nosotros en la relación global que sostenemos con él y que es acción, emoción, sentimiento.


BEAUVOIR, Simone de, El existencialismo y la filosofía popular, Buenos Aires, Ediciones Siglo Veinte, 1969, 125 pp., págs. 77-79

miércoles, 4 de marzo de 2009

JAVIER MUGUERZA: ÉTICA, DISENSO Y DERECHOS HUMANOS. EN CONVERSACIÓN CON ERNESTO GARZÓN VALDÉS

Comoquiera que sea, la dinámica de la vida social moderna parece haber discurrido por muy otros cauces que los prescritos, o soñados, por la ética kantiana. Y tanto la dogmática del derecho privado como la del derecho público desmentirán la construcción jurídica de Kant, según la cual la Política y el Derecho positivos se habrían de hallar subordinados a los imperativos morales del Derecho racional. Ahora bien, si por un lado los fundamentos morales del Derecho positivo no se dejaban ya configurar bajo la forma de la kantiana subordinación de este último al Derecho racional, lo cierto es que, por otro, tampoco era posible despacharlos o zafarse de ellos sin haber antes encontrado un sucedáneo del propio Derecho racional. Habermas cita el dictum del jurista alemán G. F. Puchta, quien, en el siglo pasado, aseguraba que la producción del Derecho no puede ser asunto en exclusiva del legislador político, dado que en ese caso el Estado no podría fundarse en el Derecho, esto es, no podría ser “Estado de Derecho" (...)


Es interesante tener en cuenta que a lo que aspira el disidente es que los demás lleguen a un consenso acorde con su disidencia. La situación final a la que se aspira es la del consenso. En este sentido, el disenso es una actitud transitoria enmarcada por dos consensos: el que se niega y el que se desea lograr. El disenso, a diferencia del consenso, no tiene aspiraciones de estabilidad. El disenso tiende a autoeliminarse creando las circunstancias en las que deja de ser necesario. Tiene, por ello, razón Frank cuando habla de la “inestabilidad básica” del disenso.
Sin embargo, de aquí no puede inferirse (como lo pone de manifiesto el caso b1) que el disenso constituya un remedio para “el” punto flaco de la teoría del consenso. Es obvio que consenso y disenso se diferencian por la nota de negación que este último contiene, pero lo importante no es la negación en sí sino lo que se niega. Para evitar caer en la situación anárquica en la que cada cual juega su juego y no acepta jugar el juego de los demás sólo en aras de una mayor diversidad, hay que determinar previamente cuáles son los juegos moralmente admisibles. Esta determinación no puede estar basada –como insiste con razón Muguerza- en argumentos proporcionados por una racionalidad puramente estratégica en el hecho mismo del consenso.


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Asegurar que cualquier derecho humano reivindicado o conquistado por un disidente quede abierto a su reivindicación o su disfrute por quienquiera que se halle en su misma o parecida situación en tanto que sujeto moral vendría a ser el cometido del que en otra parte he llamado principio de los vasos comunicantes, a cuyo cargo correría la nivelación de la estatura, la estatura moral, de los sujetos. Bajo la fórmula según la cual, moralmente hablando, “Nadie es menos que nadie” –para mí preferible a la de “Nadie es más que nadie”, que cabría repudiar como expresión de una actitud de resentimiento negadora de toda excelencia-, aquel principio, el principio de que “la subjetividad moral no admite grados”, pudiera ser erróneamente interpretado como un principio ontológico según el cual tan sólo nos es dado ser sujetos o no serlo. Pero evidentemente tal principio no es un registro de lo que hay, sino un principio normativo que nos dice que “los sujetos morales debieran hallarse todos a la par y reconocerse mutuamente como tales”, puesto que ningún sujeto podría cabalmente recabar para sí la condición de sujeto moral mientras otros no la posean.


MUGUERZA, Javier, Ética, disenso y derechos humanos. En conversación con Ernesto Garzón Valdés, Madrid, Argés, 1998, ISBN: 84-923190-2-X, 155 pp., págs.: 48-49


Entrevista a Javier Muguerza - YouTube

www.youtube.com/watch?v=FWPWQmn_n8E
Oct 5, 2012 - Uploaded by CanalULL
El filósofo Javier Muguerza volvió a la Universidad de La Laguna. Y lo ha hecho de manos de la cátedra cultural ...


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UNIVERSIDAD INTERNACIONAL MENÉNDEZ PELAYO

El catedrático de Ética Javier Muguerza asegura que “los medios de comunicación han tratado la tragedia de Barajas con total respeto y dignidad”
Publicado
por
Gabinete de Comunicación
el Agosto 27, 2008
en Notas de Prensa
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Santander, 27 de agosto de 2008.- El Catedrático emérito de Ética de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), Javier Muguerza, ha asegurado hoy en Santander que “los medios de comunicación han tratado la tragedia de Barajas con total respeto y dignidad”, pero advirtió que “deben insistir en que se castigue la labor de estas compañías”.
En este sentido, añadió que “una catástrofe como la que acaba de ocurrir no puede pasar sin eco” ya que “sería una injusticia para las víctimas y para toda la sociedad española”. Además, resaltó que “es bueno que destape cómo compañías como Spanair y muchas otras juegan con la vida y la seguridad de pasajeros y trabajadores continuamente”.
Así lo señaló antes de participar en el Ciclo de Conferencias ‘Historia de la Universidad Internacional de Verano en Santander (1932-1936)’, organizado por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP), donde resaltó la figura del filósofo español José Gaos, último secretario general en 1936 de esta institución académica.
“Gaos lo que menos esperaba era tener que cerrar la universidad con el rector Blas Cabrera al poco de estrenarse en el puesto”, manifestó el catedrático, quien consideró “una vergüenza” que a un español como Gaos, “que escribió miles de páginas y es muy reconocido en todo Latinoamérica, se le desconozca por completo en su tierra”
Asimismo, explicó que tras estallar la Guerra Civil española en julio de 1936 Gaos se vio obligado a sacar a sus estudiantes de Santander, ya que los sublevados habían alcanzado la ciudad, pero en un asalto al barco en el que huían por parte de una “turba de incontrolados” acabaron muriendo muchos alumnos. Suceso que “produjo en Gaos una profunda amargura de la que nunca pudo recuperarse”.
Muguerza señaló que el discípulo de José Ortega y Gasset “acabó siendo muy crítico con el pensamiento de su maestro” y que exiliado en México “hizo un enorme esfuerzo modernizador de la filosofía y la lengua española, traduciendo los libros de grandes autores como Heidegger o Max Scheler”.
Además, aseveró que gracias a hombres como Gaos “hoy en día la filosofía que se hace en España es sólo un capítulo de la que se hace en América” y, según el filósofo, “España es la provincia europea de Latinoamérica”.
El también catedrático de Filosofía Moral y Política de la Universidad Autónoma de Barcelona destacó que el problema del siglo XX fue que “tuvimos una razón arrogante, ensoberbecida y demasiado segura de sí misma que derivó en tragedias como Auschwitz, el Gulag e Hiroshima y Nagasaki”, así que actualmente, según Muguerza, “preferimos la inanidad de una época donde los valores han quedado finiquitados y donde reina el escepticismo”.
Por último, Muguerza comentó que “debemos volver a apostar por las utopías” bajo una crítica del presente. De hecho, explicó que “la utopía no supone cerrar la historia” sino que es “una herramienta que nos ayuda a caminar hacia delante aunque nunca lleguemos al final del túnel” y que “cada día tendremos que reconquistar lo que un día ganamos”.




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Homenaje a Paco Fernández Buey- Ciencia y Tercera Cultura, dialogando con





FELIPE ALFAU: ENTRE DOS LUCES

Los campesinos andaluces creen, entre otras muchas cosas, que en alguna parte de España hay un extraño jardín donde no existen la noche ni el día. Lo que nadie sabe es si se ve cuando amanece el sol o cuando se pone. Lo llaman el jardín Entre dos Luces.
Un chiquillo sevillano se enteró de esto un día a través de una conversación que su padre estaba manteniendo con ciertos amigos en el patio de su casa.
Se pasó toda la tarde dándole vueltas a lo que había oído y, como es natural, le entró mucha curiosidad por ver aquel jardín. Cuando se fue a la cama, era incapaz de conciliar el sueño, obsesionado como estaba con aquella idea, así que decidió levantarse muy temprano al día siguiente y emprender un viaje por toda España hasta encontrar aquel lugar extraordinario donde nunca era de día ni de noche.
Poco antes de rayar el alba se levantó, se vistió con toda parsimonia y entró en el despacho de su padre. Sacó de una carpeta un mapa de España se puso a examinarlo atentamente, fijándose bien en todas las provincias y los puntitos que representaban las ciudades.
Las provincias en el mapa estaban pintadas de colores diferentes, y el chico eligió como las más adecuadas para su propósito las de color rosa, como perennemente bañadas por la luz del atardecer, y las amarillas que parecían siempre iluminadas por el sol naciente.
Dobló el mapa con todo cuidado y se lo metió en un bolsillo. Luego cogió un par de zapatos de repuesto, porque calculaba que tendría que andar mucho, y por último entró en la cocina, partió un trozo grande de pan y se preparó un buen bocadillo de salchicha. Una vez hechas todas estas previsiones, se puso en camino.
El sol estaba saliendo cuando dejó atrás el pueblo. Echó a andar por un hermoso camino bordeado de olivos. Se sentía muy feliz aquella mañana pensando que emprendía una gran aventura. El camino que había elegido no era de los más frecuentados, así que caminó durante mucho tiempo sin encontrarse absolutamente con nadie.
Alrededor de mediodía vislumbró a un anciano que estaba sentado junto a la cuneta y decidió dirigirse a él.
-Señor –le dijo, quitándose la boina-, ¿sería usted tan amable de decirme si voy por buen camino para llegar al jardín Entre dos Luces?
El hombre parecía tan viejo como el mismo mundo. Tenía la espalda encorvada y el rostro tan plagado de arrugas que no parecía quedar espacio ni chico ni grande para dibujar sobre él una nueva, por delgada que fuera.
-Otros chicos han pasado por aquí antes que tú y me han preguntado lo mismo –le contestó-, pero no hay un camino concreto para llegar a ese jardín. Solamente los elegidos pueden encontrarlo. Yo una vez lo vi, pero no puedo enseñarte por dónde se va. Lo que puedo, si quieres, es contarte la historia del jardín –continuó- y de cómo vino a darse el caso de que esté siempre a media luz.
-Me encantaría, señor, escuchar esa historia.
-Pues entonces, siéntate aquí conmigo, chico, y te la contaré. Creo que escucharla te puede ahorrar muchos pasos.
El muchacho obedeció de buen grado, porque estaba ya bastante cansado y además tenía hambre. Sacó su almuerzo y le ofreció al viejo la mitad.
Pero él sonrió, y al hacerlo dejó al descubierto sus encías desdentadas.
-No puedo comer de eso, chico. Pero no te preocupes, come tú, y entretanto yo te iré contando la historia.
Y mientras el muchacho comía el viejo habló así.

-Había una vez un jardín como todos los demás, sólo que muchísimo más bonito. Cuando era de día, era de día, y cuando era de noche, era de noche, igual que en todas partes. Esto pasó hace mucho tiempo. Sería yo entonces un muchacho más o menos de tu edad.
Y el chico, al oír aquello, pensó que, efectivamente, debía haber ocurrido hacía muchísimo tiempo.
-Por aquel entonces –siguió el viejo-, vivía también una señora muy importante y poderosa. En su visita diaria a la tierra, la limpiaba y traía a sus moradores energía, contento y trabajo, infundiendo en sus corazones esperanza y comprensión. Cubría la tierra con su infinito manto de luz y en su falda, adornada con todas las flores y perfumada con todos los aromas del mundo, ostentaba la más rica gama de colores de la naturaleza.
“Esta señora era muy dulce y hermosa. Mantenía con todos los hombres y países un trato de inalterable equidad. Por entonces todos los días eran iguales, todos uniformemente hermosos. Ella se detenía el mismo espacio de tiempo en un sitio que en otro, y a todos los hombres les concedía el mismo industrioso afán, y les permitía disfrutar por igual del fruto de su labor, aportándoles idéntica ración de alegría y de ánimo. Era la Señora del Día.
“Había también un señor muy influyente y poderoso. Descendía siempre al mundo de la mano de la noche. Su amplio y oscuro manto, con el cual arropaba al mundo, estaba tachonado de infinitas estrellas diamantinas. Traía a los hombres descanso y paz, sosiego y alivio. Y también les regalaba sueños. Mientras dormían, él les iba contando cuentos maravillosos de otras tierras. Colmaba en su imaginación las respectivas añoranzas padecidas a lo largo del día.
“Lo mismo que la Señora del Día, este hombre era sumamente atractivo y amable. Para él todos los pueblos y personas eran iguales. En aquel tiempo, pues, las noches discurrían indistintas y maravillosas. Porque él no hacía diferencias entre la duración de su visita a un sitio u otro, y repartía también a partes iguales una sensación de placentera modorra y de bien merecido descanso. Arrastraba a todos los seres humanos dentro del sueño hacia distintos mundos de portentosa fantasía y por doquier derramaba un silencio sin límites. Era el Señor de la Noche.
“Y, sin embargo, aquel señor y aquella señora no conocían la felicidad en sus propias vidas. Estaban locamente enamorados uno de otro, pero su sino los condenaba a estar siempre separados por la misma distancia, obligados a vivir perennemente en polos opuestos de la tierra.
“Ambos habían conocido aquel jardín que digo y ambos lo amaban. Era esplendorosamente bello de día y misteriosamente encantador de noche.
“Tenía además un eco muy bueno aquel lugar, así que el Señor de la Noche lo aprovechaba para dejarle mensajes a la Señora del Día; y el eco se los repetía a ella cuando llegaba. Y la Señora del Día, valiéndose del mismo sistema, también le mandaba al Señor de la Noche sus mensajes.
“Esto explica que los dos amantes quisieran prolongar cada vez más su estancia en el jardín, y que la noche y el día se hicieran allí cada vez más largos.
“Pero, a medida que iba pasando el tiempo, el Señor y la Señora se ponían cada vez más tristes, porque no podían soportar la idea de separarse. Una noche llegó él a tal grado de desesperación y desgarro que se echó a llorar amargamente, quejándose de su infortunio. Y aquella noche cayó sobre la tierra la primera tormenta. Todo el mundo estaba inquieto, nadie logró dormir bien y algunos tuvieron pesadillas.
“Cuando el enamorado volvió al jardín, le preguntó al eco:
“-Dime, oh eco, ¿qué mensaje ha dejado para mí la Señora del Día?
“Y el eco contestó:
“-Dice que no habéis nacido para vivir juntos. Que su pesadumbre es tan grande como la tuya, pero que no será ella quien intente forzar el destino. Que tu deber es el de acunar a los hombres y velar sus sueños, mientras que el suyo es de estimularlos a trabajar y vigilar su trabajo. Que no te empeñes en unirte a ella, porque eso significaría la muerte de ambos.
“Pero él estaba demasiado fuera de sí como para prestar atención a aquella advertencia.
“-Sea como quiera –exclamó- prefiero morirme a seguir viviendo en este infierno de perenne sufrir. Mañana por la noche la estaré esperando aquí.
“Y continuó su consabido viaje, volando en dirección Este.
“Al día siguiente, la Señora estaba muy preocupada, se sentía desgraciadísima, y la mañana se nubló. Y la gente, como apenas había pegado el ojo la noche anterior, andaba perezosa y sin ganas de trabajar. No les cundió nada el tiempo. Algunos dieron muestras de irritación, se enzarzaron en disputas, y todos en general tuvieron un mal día.
“Por la noche, cuando el Señor llegó a la última etapa de su viaje, las estrellas resplandecían más que nunca en su extenso manto, ondulado aún por los vientos de los Andes. Traía todavía por dentro de la nariz el aroma de las plantas y especias del Oriente. La oscuridad de las junglas indias había ennegrecido sus ojos, y en sus oídos permanecía un rugido de leones del Atlas.
“Dejó su manto colgado de las estrellas y bajó lentamente hasta el jardín.
“Era una noche llena de intriga y misterio. Unas sombras pavorosas parecían deslizarse por encima de la tierra. La atmósfera estaba cargada de inquietud y podían percibirse los pasos furtivos del tiempo al huir, porque era aquélla una noche de intenso silencio.
“El Señor la consumió sentado allí, con la cabeza inclinada, absorto en profundas cavilaciones, y a medida que la noche pasaba de largo junto a él, las sombras encogidas le decían adiós tristemente. Y cada una de ellas dejó caer sobre el jardín una lágrima de rocío.
“De pronto una luz apareció en el horizonte, y el Señor de la Noche se levantó a mirarla de frente. La luz se iba adensando, y las estrellas empezaron a palidecer sobre su pecho.
“La Señora del Día se estaba aproximando. Llegaba para traerle el amor y la muerte. Se apresuraba para sacarle ventaja al día, pero en el momento en que penetró las últimas sombras de la noche, la vida la abandonó y lo que el Señor estrechó entre sus brazos no fue ya más que su alma.
“El sol se elevaba como un dios omnipotente, y uno de sus rayos vino a clavarse en el corazón del Señor de la Noche como una flecha mortal.
“Desde entonces las almas de ambos enamorados vagan por el jardín, y de la unión de luz y oscuridad ha surgido el ocaso.
“También desde entonces, tanto el día como la noche unas veces transcurren bien y otras mal. Hay gente que a ratos trabaja y otros pierden miserablemente el tiempo; gente que tiene buenos sueños, pero también a veces pesadillas. Porque el Señor y la Señora ya no están allí para vigilar la marcha de la noche ni el desarrollo del día…
Cuando el viejo acabó de hablar, el chico se puso de pie y dijo:
-Gracias, señor. Me ha encantado su cuento. Ahora ya estoy en buen camino para encontrar el jardín.
Pero el viejo le interrumpió diciendo:
-Espera un momento, muchacho. Ese cuento es una leyenda, el jardín es un símbolo y no es de los que se encuentran buscándolo, sino esperando por él. Es él quien viene a visitarnos, el que nos trae romanticismo y paz. Pero sólo a los elegidos les está reservado el privilegio de reconocerlo. A los de tu edad, cuando en el alba de la vida buscáis la aventura, a los de la mía, cuando en el ocaso de la vida buscamos la paz.
El chico lo entendió y se volvió a Sevilla.
Cuando estaba acercándose a la ciudad, el sol iba ya muy bajo. Vio las hermosas vegas, los suaves contornos aterciopelados de los cerros, primero verdes, luego rosa y por fin azulados. Avistó las primeras casas de la ciudad, unas modernas y de reciente construcción, con sus blancas paredes y sus tejados rojos, otras edificadas antaño por los moros.
Delante de una casa, un hombre joven tocaba la guitarra, sin apartar los ojos de la ventana de enfrente, llena de geranios.
El chico contempló todo aquello y fue como si entendiera de pronto algo que nunca antes había comprendido. El corazón le dio un brinco de alegría y se sintió muy feliz. Porque en toda aquella belleza que le rodeaba, en aquella paz, en aquella región española de incomparable hermosura que vive la vida como una novela, había reconocido, había reconocido al fin, entre la oscuridad del pasado y el resplandor del futuro, el jardín Entre dos Luces.

ALFAU, Felipe, Cuentos españoles de antaño, Martín Gaite, Carmen (pr. y tr.), Madrid, Ediciones Siruela, 1991, ISBN: 84-7844-401-7, 140 pp., págs.: 19-27.

MARCO AURELIO: SOLILOQUIOS

No malogres el tiempo de vida que te queda en averiguar vidas ajenas, a no ser que lo hagas con la mira de servir al público; quiero decir que no revuelvas en tu imaginación qué hace Fulano y por qué lo hace; qué dice, qué piensa, qué maquina y otras cosas a este modo, “porque la curiosidad de los hechos ajenos” distrae a uno del cultivo y cuidado de su mismo espíritu.

(…)

Nunca necesites de juramento ni de testigo alguno “para ser creído”. A más de esto, mantén un semblante placentero, “indicio de un ánimo” que no necesita de ministerio exterior, ni de que otros le procuren su tranquilidad interior; es necesario, pues, que te mantengas sobre ti, no necesitando de otro apoyo.
Si en el transcurso de la vida hallares algo más recomendable que la justicia, la verdad, la moderación, la fortaleza, y, para decirlo de una vez, de mayor aprecio que aquella disposición de ánimo “en fuerza de la cual” uno se conforma gustoso con la recta razón en la práctica de sus acciones, y se contenta con las disposiciones del hado, que no dependen de su elección; si algo, digo, hubieres visto de mejor condición, abrazándolo con toda su alma, goza enhorabuena de ese mayor bien. Pero si nada se te presentare más excelente que ese tu “espíritu” o “numen” en tu pecho consagrado, que es el que tiene a raya sus propios apetitos; que examina los pensamientos que se ofrecen a la fantasía; que se desprende de los halagos de los sentidos, como Sócrates solía decir; que se sujeta asimismo a los dioses y que tiene cuenta con el bien del prójimo; si hallares, pues, que toda otra cosa es mucho menor de menos valor que ese tu espíritu, no quieras dar cabida a otro bien alguno, al cual, si una vez te rindieres, ya no podrás después, sin mucha repugnancia y contradicción, dar el primer lugar a aquel otro, que es propiamente tu bien. Y en realidad de verdad, no es conforme a justicia y razón que ningún otro género de bien, como es el aplauso popular, el mando, la riqueza, el deleite, se atreva a disputar cara a cara el primer lugar contra el bien honesto, propio de la razón y sociedad, bien entendido que si no juzgare deber condescender en algo, por poco que sea, con cualquiera de estos bienes, ellos, de repente, enseñoreados de su corazón, lo arrastrarán tras sí. Digo, pues, que escogiendo tú de buena fe y generosamente lo mejor, te afirme en ello. Y, sin duda, lo mejor es lo más útil, y en que deberás mantenerte si te conduce como a racional, y huir si como a dominado del apetito; y, sobre todo, procura conservar un juicio recto y libre de preocupaciones, para con toda seguridad puedas hacer un examen verdadero.
Jamás califiques de útil para ti mismo lo que tal vez pueda empeñarte en faltar a tu palabra; en desestimar la modestia; en aborrecer a otro; tenerle por sospechoso; en abominar de él; en mostrarte doble; finalmente, en apasionarte por alguna cosa de las que no pueden hacerse sino a puertas cerradas y tiradas las cortinas.



MORALISTAS GRIEGOS: MARCO AURELIO, TEOFRASTO, EPICTERO, CEBES, Madrid, Aguilar, 1945, Col. Crisol, nº. 103, 563 pp., págs.: 100 y 103-105.