jueves, 5 de enero de 2017

HOY ES UN DÍA ESPECIAL

HOY ES UN DÍA ESPECIAL

Me gustaría que todos los corazones sintieran la poesía, desde hace un tiempo estoy pensando en poner en marcha una especie de sociedad generosa en la que quepamos todos y todas, pues la finalidad de tal idea es cuidarnos cuando nos relacionemos. ¿En qué relación?, en todas.
La humanidad atenta al cuidado educado en las relaciones, este es su nombre: HACER.
Lo de educado se me ha ocurrido hace dos días, había barajado dos o tres conceptos para la “e”, y como la educación sí importa, la E he decidido que sea la inicial de educado. Por tanto, queda así: La humanidad atenta al cuidado educado en las relaciones, eso es HACER, eso es poesía.



Mercedes Merino Verdugo

sábado, 23 de abril de 2016

CERVANTES: LA PASTORA MARCELA


Subo este texto por el día del libro, discurso que he buscado y encontrado en el blog del escritor Luis López Nieves, el discurso de la pastora Marcela en el Quijote. Si alguien quiere leerlo en la obra del autor, El ingenioso hidalgo..., lo encontrará en el capítulo 14 de la primera parte:

-No vengo, ¡oh Ambrosio!, a ninguna cosa de las que has dicho -respondió Marcela-, sino a volver por mí misma, y a dar a entender cuán fuera de razón van todos aquellos que de sus penas y de la muerte de Grisóstomo me culpan; y así, ruego a todos los que aquí estáis me estéis atentos, que no será menester mucho tiempo ni gastar muchas palabras para persuadir una verdad a los discretos.
»Hízome el cielo, según vosotros decís, hermosa, y de tal manera que, sin ser poderosos a otra cosa, a que me améis os mueve mi hermosura; y, por el amor que me mostráis, decís, y aun queréis, que esté yo obligada a amaros. Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama. Y más, que podría acontecer que el amador de lo hermoso fuese feo, y, siendo lo feo digno de ser aborrecido, cae muy mal el decir “Quiérote por hermosa; hasme de amar aunque sea feo”. Pero, puesto caso que corran igualmente las hermosuras, no por eso han de correr iguales los deseos, que no todas hermosuras enamoran; que algunas alegran la vista y no rinden la voluntad; que si todas las bellezas enamorasen y rindiesen, sería un andar las voluntades confusas y descaminadas, sin saber en cuál habían de parar; porque, siendo infinitos los sujetos hermosos, infinitos habían de ser los deseos. Y, según yo he oído decir, el verdadero amor no se divide, y ha de ser voluntario, y no forzoso. Siendo esto así, como yo creo que lo es, ¿por qué queréis que rinda mi voluntad por fuerza, obligada no más de que decís que me queréis bien? Si no, decidme: si como el cielo me hizo hermosa me hiciera fea, ¿fuera justo que me quejara de vosotros porque no me amábades? Cuanto más, que habéis de considerar que yo no escogí la hermosura que tengo; que, tal cual es, el cielo me la dio de gracia, sin yo pedilla ni escogella. Y, así como la víbora no merece ser culpada por la ponzoña que tiene, puesto que con ella mata, por habérsela dado naturaleza, tampoco yo merezco ser reprehendida por ser hermosa; que la hermosura en la mujer honesta es como el fuego apartado o como la espada aguda, que ni él quema ni ella corta a quien a ellos no se acerca. La honra y las virtudes son adornos del alma, sin las cuales el cuerpo, aunque lo sea, no debe de parecer hermoso. Pues si la honestidad es una de las virtudes que al cuerpo y al alma más adornan y hermosean, ¿por qué la ha de perder la que es amada por hermosa, por corresponder a la intención de aquel que, por sólo su gusto, con todas sus fuerzas e industrias procura que la pierda?
»Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos. Los árboles destas montañas son mi compañía, las claras aguas destos arroyos mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosura. Fuego soy apartado y espada puesta lejos. A los que he enamorado con la vista he desengañado con las palabras. Y si los deseos se sustentan con esperanzas, no habiendo yo dado alguna a Grisóstomo ni a otro alguno, el fin de ninguno dellos bien se puede decir que antes le mató su porfía que mi crueldad. Y si se me hace cargo que eran honestos sus pensamientos, y que por esto estaba obligada a corresponder a ellos, digo que, cuando en ese mismo lugar donde ahora se cava su sepultura me descubrió la bondad de su intención, le dije yo que la mía era vivir en perpetua soledad, y de que sola la tierra gozase el fruto de mi recogimiento y los despojos de mi hermosura; y si él, con todo este desengaño, quiso porfiar contra la esperanza y navegar contra el viento, ¿qué mucho que se anegase en la mitad del golfo de su desatino? Si yo le entretuviera, fuera falsa; si le contentara, hiciera contra mi mejor intención y prosupuesto. Porfió desengañado, desesperó sin ser aborrecido: ¡mirad ahora si será razón que de su pena se me dé a mí la culpa! Quéjese el engañado, desespérese aquel a quien le faltaron las prometidas esperanzas, confíese el que yo llamare, ufánese el que yo admitiere; pero no me llame cruel ni homicida aquel a quien yo no prometo, engaño, llamo ni admito.
»El cielo aún hasta ahora no ha querido que yo ame por destino, y el pensar que tengo de amar por elección es escusado. Este general desengaño sirva a cada uno de los que me solicitan de su particular provecho; y entiéndase, de aquí adelante, que si alguno por mí muriere, no muere de celoso ni desdichado, porque quien a nadie quiere, a ninguno debe dar celos; que los desengaños no se han de tomar en cuenta de desdenes. El que me llama fiera y basilisco, déjeme como cosa perjudicial y mala; el que me llama ingrata, no me sirva; el que desconocida, no me conozca; quien cruel, no me siga; que esta fiera, este basilisco, esta ingrata, esta cruel y esta desconocida ni los buscará, servirá, conocerá ni seguirá en ninguna manera. Que si a Grisóstomo mató su impaciencia y arrojado deseo, ¿por qué se ha de culpar mi honesto proceder y recato? Si yo conservo mi limpieza con la compañía de los árboles, ¿por qué ha de querer que la pierda el que quiere que la tenga con los hombres? Yo, como sabéis, tengo riquezas propias y no codicio las ajenas; tengo libre condición y no gusto de sujetarme: ni quiero ni aborrezco a nadie. No engaño a éste ni solicito aquél, ni burlo con uno ni me entretengo con el otro. La conversación honesta de las zagalas destas aldeas y el cuidado de mis cabras me entretiene. Tienen mis deseos por término estas montañas, y si de aquí salen, es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma a su morada primera.



La pastora Marcela
[Cuento. Texto completo.]
Miguel de Cervantes Saavedra


Estando en esto, llegó otro mozo de los que les traían del aldea el bastimento, y dijo:
-¿Sabéis lo que pasa en el lugar, compañeros?
-¿Cómo lo podemos saber? -respondió uno dellos.
-Pues sabed -prosiguió el mozo- que murió esta mañana aquel famoso pastor estudiante llamado Grisóstomo, y se murmura que ha muerto de amores de aquella endiablada moza de Marcela, la hija de Guillermo el rico, aquélla que se anda en hábito de pastora por esos andurriales.
-Por Marcela dirás -dijo uno.
-Por ésa digo -respondió el cabrero-. Y es lo bueno, que mandó en su testamento que le enterrasen en el campo, como si fuera moro, y que sea al pie de la peña donde está la fuente del alcornoque; porque, según es fama, y él dicen que lo dijo, aquel lugar es adonde él la vio la vez primera. Y también mandó otras cosas, tales, que los abades del pueblo dicen que no se han de cumplir, ni es bien que se cumplan, porque parecen de gentiles. A todo lo cual responde aquel gran su amigo Ambrosio, el estudiante, que también se vistió de pastor con él, que se ha de cumplir todo, sin faltar nada, como lo dejó mandado Grisóstomo, y sobre esto anda el pueblo alborotado; mas, a lo que se dice, en fin se hará lo que Ambrosio y todos los pastores sus amigos quieren; y mañana le vienen a enterrar con gran pompa adonde tengo dicho. Y tengo para mí que ha de ser cosa muy de ver; a lo menos, yo no dejaré de ir a verla, si supiese no volver mañana al lugar.
-Todos haremos lo mesmo -respondieron los cabreros-; y echaremos suertes a quién ha de quedar a guardar las cabras de todos.
-Bien dices, Pedro -dijo uno-; aunque no será menester usar de esa diligencia, que yo me quedaré por todos. Y no lo atribuyas a virtud y a poca curiosidad mía, sino a que no me deja andar el garrancho que el otro día me pasó este pie.
-Con todo eso, te lo agradecemos -respondió Pedro.
Y don Quijote rogó a Pedro le dijese qué muerto era aquél y qué pastora aquélla; a lo cual Pedro respondió que lo que sabía era que el muerto era un hijodalgo rico, vecino de un lugar que estaba en aquellas sierras, el cual había sido estudiante muchos años en Salamanca, al cabo de los cuales había vuelto a su lugar, con opinión de muy sabio y muy leído.
-«Principalmente, decían que sabía la ciencia de las estrellas, y de lo que pasan, allá en el cielo, el sol y la luna; porque puntualmente nos decía el cris del sol y de la luna.»
-Eclipse se llama, amigo, que no cris, el escurecerse esos dos luminares mayores -dijo don Quijote.
Mas Pedro, no reparando en niñerías, prosiguió su cuento diciendo:
-«Asimesmo adevinaba cuándo había de ser el año abundante o estil.»
-Estéril queréis decir, amigo -dijo don Quijote.
-Estéril o estil -respondió Pedro-, todo se sale allá. «Y digo que con esto que decía se hicieron su padre y sus amigos, que le daban crédito, muy ricos, porque hacían lo que él les aconsejaba, diciéndoles: “Sembrad este año cebada, no trigo; en éste podéis sembrar garbanzos y no cebada; el que viene será de guilla de aceite; los tres siguientes no se cogerá gota”.»
-Esa ciencia se llama astrología -dijo don Quijote.
-No sé yo cómo se llama -replicó Pedro-, mas sé que todo esto sabía y aún más. «Finalmente, no pasaron muchos meses, después que vino de Salamanca, cuando un día remaneció vestido de pastor, con su cayado y pellico, habiéndose quitado los hábitos largos que como escolar traía; y juntamente se vistió con él de pastor otro su grande amigo, llamado Ambrosio, que había sido su compañero en los estudios. Olvidábaseme de decir como Grisóstomo, el difunto, fue grande hombre de componer coplas; tanto, que él hacía los villancicos para la noche del Nacimiento del Señor, y los autos para el día de Dios, que los representaban los mozos de nuestro pueblo, y todos decían que eran por el cabo. Cuando los del lugar vieron tan de improviso vestidos de pastores a los dos escolares, quedaron admirados, y no podían adivinar la causa que les había movido a hacer aquella tan estraña mudanza. Ya en este tiempo era muerto el padre de nuestro Grisóstomo, y él quedó heredado en mucha cantidad de hacienda, ansí en muebles como en raíces, y en no pequeña cantidad de ganado, mayor y menor, y en gran cantidad de dineros; de todo lo cual quedó el mozo señor desoluto, y en verdad que todo lo merecía, que era muy buen compañero y caritativo y amigo de los buenos, y tenía una cara como una bendición. Después se vino a entender que el haberse mudado de traje no había sido por otra cosa que por andarse por estos despoblados en pos de aquella pastora Marcela que nuestro zagal nombró denantes, de la cual se había enamorado el pobre difunto de Grisóstomo.» Y quiéroos decir agora, porque es bien que lo sepáis, quién es esta rapaza; quizá, y aun sin quizá, no habréis oído semejante cosa en todos los días de vuestra vida, aunque viváis más años que sarna.
-Decid Sarra -replicó don Quijote, no pudiendo sufrir el trocar de los vocablos del cabrero.
-Harto vive la sarna -respondió Pedro-; y si es, señor, que me habéis de andar zaheriendo a cada paso los vocablos, no acabaremos en un año.
-Perdonad, amigo -dijo don Quijote-; que por haber tanta diferencia de sarna a Sarra os lo dije; pero vos respondistes muy bien, porque vive más sarna que Sarra; y proseguid vuestra historia, que no os replicaré más en nada.
-«Digo, pues, señor mío de mi alma -dijo el cabrero-, que en nuestra aldea hubo un labrador aún más rico que el padre de Grisóstomo, el cual se llamaba Guillermo, y al cual dio Dios, amén de las muchas y grandes riquezas, una hija, de cuyo parto murió su madre, que fue la más honrada mujer que hubo en todos estos contornos. No parece sino que ahora la veo, con aquella cara que del un cabo tenía el sol y del otro la luna; y, sobre todo, hacendosa y amiga de los pobres, por lo que creo que debe de estar su ánima a la hora de ahora gozando de Dios en el otro mundo. De pesar de la muerte de tan buena mujer murió su marido Guillermo, dejando a su hija Marcela, muchacha y rica, en poder de un tío suyo sacerdote y beneficiado en nuestro lugar. Creció la niña con tanta belleza, que nos hacía acordar de la de su madre, que la tuvo muy grande; y, con todo esto, se juzgaba que le había de pasar la de la hija. Y así fue, que, cuando llegó a edad de catorce a quince años, nadie la miraba que no bendecía a Dios, que tan hermosa la había criado, y los más quedaban enamorados y perdidos por ella. Guardábala su tío con mucho recato y con mucho encerramiento; pero, con todo esto, la fama de su mucha hermosura se estendió de manera que, así por ella como por sus muchas riquezas, no solamente de los de nuestro pueblo, sino de los de muchas leguas a la redonda, y de los mejores dellos, era rogado, solicitado e importunado su tío se la diese por mujer. Mas él, que a las derechas es buen cristiano, aunque quisiera casarla luego, así como la vía de edad, no quiso hacerlo sin su consentimiento, sin tener ojo a la ganancia y granjería que le ofrecía el tener la hacienda de la moza, dilatando su casamiento. Y a fe que se dijo esto en más de un corrillo en el pueblo, en alabanza del buen sacerdote.» Que quiero que sepa, señor andante, que en estos lugares cortos de todo se trata y de todo se murmura; y tened para vos, como yo tengo para mí, que debía de ser demasiadamente bueno el clérigo que obliga a sus feligreses a que digan bien dél, especialmente en las aldeas.
-Así es la verdad -dijo don Quijote-, y proseguid adelante, que el cuento es muy bueno, y vos, buen Pedro, le contáis con muy buena gracia.
-La del Señor no me falte, que es la que hace al caso. «Y en lo demás sabréis que, aunque el tío proponía a la sobrina y le decía las calidades de cada uno en particular, de los muchos que por mujer la pedían, rogándole que se casase y escogiese a su gusto, jamás ella respondió otra cosa sino que por entonces no quería casarse, y que, por ser tan muchacha, no se sentía hábil para poder llevar la carga del matrimonio. Con estas que daba, al parecer justas escusas, dejaba el tío de importunarla, y esperaba a que entrase algo más en edad y ella supiese escoger compañía a su gusto. Porque decía él, y decía muy bien, que no habían de dar los padres a sus hijos estado contra su voluntad. Pero hételo aquí, cuando no me cato, que remanece un día la melindrosa Marcela hecha pastora; y, sin ser parte su tío ni todos los del pueblo, que se lo desaconsejaban, dio en irse al campo con las demás zagalas del lugar, y dio en guardar su mesmo ganado. Y, así como ella salió en público y su hermosura se vio al descubierto, no os sabré buenamente decir cuántos ricos mancebos, hidalgos y labradores han tomado el traje de Grisóstomo y la andan requebrando por esos campos. Uno de los cuales, como ya está dicho, fue nuestro difunto, del cual decían que la dejaba de querer, y la adoraba. Y no se piense que porque Marcela se puso en aquella libertad y vida tan suelta y de tan poco o de ningún recogimiento, que por eso ha dado indicio, ni por semejas, que venga en menoscabo de su honestidad y recato; antes es tanta y tal la vigilancia con que mira por su honra, que de cuantos la sirven y solicitan ninguno se ha alabado, ni con verdad se podrá alabar, que le haya dado alguna pequeña esperanza de alcanzar su deseo. Que, puesto que no huye ni se esquiva de la compañía y conversación de los pastores, y los trata cortés y amigablemente, en llegando a descubrirle su intención cualquiera dellos, aunque sea tan justa y santa como la del matrimonio, los arroja de sí como con un trabuco. Y con esta manera de condición hace más daño en esta tierra que si por ella entrara la pestilencia; porque su afabilidad y hermosura atrae los corazones de los que la tratan a servirla y a amarla, pero su desdén y desengaño los conduce a términos de desesperarse; y así, no saben qué decirle, sino llamarla a voces cruel y desagradecida, con otros títulos a éste semejantes, que bien la calidad de su condición manifiestan. Y si aquí estuviésedes, señor, algún día, veríades resonar estas sierras y estos valles con los lamentos de los desengañados que la siguen. No está muy lejos de aquí un sitio donde hay casi dos docenas de altas hayas, y no hay ninguna que en su lisa corteza no tenga grabado y escrito el nombre de Marcela; y encima de alguna, una corona grabada en el mesmo árbol, como si más claramente dijera su amante que Marcela la lleva y la merece de toda la hermosura humana. Aquí sospira un pastor, allí se queja otro; acullá se oyen amorosas canciones, acá desesperadas endechas. Cuál hay que pasa todas las horas de la noche sentado al pie de alguna encina o peñasco, y allí, sin plegar los llorosos ojos, embebecido y transportado en sus pensamientos, le halló el sol a la mañana; y cuál hay que, sin dar vado ni tregua a sus suspiros, en mitad del ardor de la más enfadosa siesta del verano, tendido sobre la ardiente arena, envía sus quejas al piadoso cielo. Y déste y de aquél, y de aquéllos y de éstos, libre y desenfadadamente triunfa la hermosa Marcela; y todos los que la conocemos estamos esperando en qué ha de parar su altivez y quién ha de ser el dichoso que ha de venir a domeñar condición tan terrible y gozar de hermosura tan estremada.» Por ser todo lo que he contado tan averiguada verdad, me doy a entender que también lo es la que nuestro zagal dijo que se decía de la causa de la muerte de Grisóstomo. Y así, os aconsejo, señor, que no dejéis de hallaros mañana a su entierro, que será muy de ver, porque Grisóstomo tiene muchos amigos, y no está de este lugar a aquél donde manda enterrarse media legua.
-En cuidado me lo tengo -dijo don Quijote-, y agradézcoos el gusto que me habéis dado con la narración de tan sabroso cuento.
-¡Oh! -replicó el cabrero-, aún no sé yo la mitad de los casos sucedidos a los amantes de Marcela, mas podría ser que mañana topásemos en el camino algún pastor que nos los dijese. Y, por ahora, bien será que os vais a dormir debajo de techado, porque el sereno os podría dañar la herida, puesto que es tal la medicina que se os ha puesto, que no hay que temer de contrario acidente.
Sancho Panza, que ya daba al diablo el tanto hablar del cabrero, solicitó, por su parte, que su amo se entrase a dormir en la choza de Pedro. Hízolo así, y todo lo más de la noche se le pasó en memorias de su señora Dulcinea, a imitación de los amantes de Marcela. Sancho Panza se acomodó entre Rocinante y su jumento, y durmió, no como enamorado desfavorecido, sino como hombre molido a coces.
Mas, apenas comenzó a descubrirse el día por los balcones del oriente, cuando los cinco de los seis cabreros se levantaron y fueron a despertar a don Quijote, y a decille si estaba todavía con propósito de ir a ver el famoso entierro de Grisóstomo, y que ellos le harían compañía. Don Quijote, que otra cosa no deseaba, se levantó y mandó a Sancho que ensillase y enalbardase al momento, lo cual él hizo con mucha diligencia, y con la mesma se pusieron luego todos en camino. Y no hubieron andado un cuarto de legua, cuando, al cruzar de una senda, vieron venir hacia ellos hasta seis pastores, vestidos con pellicos negros y coronadas las cabezas con guirnaldas de ciprés y de amarga adelfa. Traía cada uno un grueso bastón de acebo en la mano. Venían con ellos, asimesmo, dos gentiles hombres de a caballo, muy bien aderezados de camino, con otros tres mozos de a pie que los acompañaban. En llegándose a juntar, se saludaron cortésmente, y, preguntándose los unos a los otros dónde iban, supieron que todos se encaminaban al lugar del entierro; y así, comenzaron a caminar todos juntos.
Uno de los de a caballo, hablando con su compañero, le dijo:
-Paréceme, señor Vivaldo, que habemos de dar por bien empleada la tardanza que hiciéremos en ver este famoso entierro, que no podrá dejar de ser famoso, según estos pastores nos han contado estrañezas, ansí del muerto pastor como de la pastora homicida.
-Así me lo parece a mí -respondió Vivaldo-; y no digo yo hacer tardanza de un día, pero de cuatro la hiciera a trueco de verle.
Preguntóles don Quijote qué era lo que habían oído de Marcela y de Grisóstomo. El caminante dijo que aquella madrugada habían en[con]trado con aquellos pastores, y que, por haberles visto en aquel tan triste traje, les habían preguntado la ocasión por que iban de aquella manera; que uno dellos se lo contó, contando la estrañeza y hermosura de una pastora llamada Marcela, y los amores de muchos que la recuestaban, con la muerte de aquel Grisóstomo a cuyo entierro iban. Finalmente, él contó todo lo que Pedro a don Quijote había contado.
[...]
En estas pláticas iban, cuando vieron que, por la quiebra que dos altas montañas hacían, bajaban hasta veinte pastores, todos con pellicos de negra lana vestidos y coronados con guirnaldas, que, a lo que después pareció, eran cuál de tejo y cuál de ciprés. Entre seis dellos traían unas andas, cubiertas de mucha diversidad de flores y de ramos. Lo cual visto por uno de los cabreros, dijo:
-Aquellos que allí vienen son los que traen el cuerpo de Grisóstomo, y el pie de aquella montaña es el lugar donde él mandó que le enterrasen.
Por esto se dieron priesa a llegar, y fue a tiempo que ya los que venían habían puesto las andas en el suelo; y cuatro dellos con agudos picos estaban cavando la sepultura a un lado de una dura peña.
Recibiéronse los unos y los otros cortésmente; y luego don Quijote y los que con él venían se pusieron a mirar las andas, y en ellas vieron cubierto de flores un cuerpo muerto, vestido como pastor, de edad, al parecer, de treinta años; y, aunque muerto, mostraba que vivo había sido de rostro hermoso y de disposición gallarda. Alrededor dél tenía en las mesmas andas algunos libros y muchos papeles, abiertos y cerrados. Y así los que esto miraban, como los que abrían la sepultura, y todos los demás que allí había, guardaban un maravilloso silencio, hasta que uno de los que al muerto trujeron dijo a otro:
-Mirá bien, Ambrosio, si es éste el lugar que Grisóstomo dijo, ya que queréis que tan puntualmente se cumpla lo que dejó mandado en su testamento.
-Éste es -respondió Ambrosio-; que muchas veces en él me contó mi desdichado amigo la historia de su desventura. Allí me dijo él que vio la vez primera a aquella enemiga mortal del linaje humano, y allí fue también donde la primera vez le declaró su pensamiento, tan honesto como enamorado, y allí fue la última vez donde Marcela le acabó de desengañar y desdeñar, de suerte que puso fin a la tragedia de su miserable vida. Y aquí, en memoria de tantas desdichas, quiso él que le depositasen en las entrañas del eterno olvido.
Y, volviéndose a don Quijote y a los caminantes, prosiguió diciendo:
-Ese cuerpo, señores, que con piadosos ojos estáis mirando, fue depositario de un alma en quien el cielo puso infinita parte de sus riquezas. Ése es el cuerpo de Grisóstomo, que fue único en el ingenio, solo en la cortesía, estremo en la gentileza, fénix en la amistad, magnífico sin tasa, grave sin presunción, alegre sin bajeza, y, finalmente, primero en todo lo que es ser bueno, y sin segundo en todo lo que fue ser desdichado. Quiso bien, fue aborrecido; adoró, fue desdeñado; rogó a una fiera, importunó a un mármol, corrió tras el viento, dio voces a la soledad, sirvió a la ingratitud, de quien alcanzó por premio ser despojos de la muerte en la mitad de la carrera de su vida, a la cual dio fin una pastora a quien él procuraba eternizar para que viviera en la memoria de las gentes, cual lo pudieran mostrar bien esos papeles que estáis mirando, si él no me hubiera mandado que los entregara al fuego en habiendo entregado su cuerpo a la tierra.
-De mayor rigor y crueldad usaréis vos con ellos -dijo Vivaldo- que su mesmo dueño, pues no es justo ni acertado que se cumpla la voluntad de quien lo que ordena va fuera de todo razonable discurso. Y no le tuviera bueno Augusto César si consintiera que se pusiera en ejecución lo que el divino Mantuano dejó en su testamento mandado. Ansí que, señor Ambrosio, ya que deis el cuerpo de vuestro amigo a la tierra, no queráis dar sus escritos al olvido; que si él ordenó como agraviado, no es bien que vos cumpláis como indiscreto. Antes haced, dando la vida a estos papeles, que la tenga siempre la crueldad de Marcela, para que sirva de ejemplo, en los tiempos que están por venir, a los vivientes, para que se aparten y huyan de caer en semejantes despeñaderos; que ya sé yo, y los que aquí venimos, la historia deste vuestro enamorado y desesperado amigo, y sabemos la amistad vuestra, y la ocasión de su muerte, y lo que dejó mandado al acabar de la vida; de la cual lamentable historia se puede sacar cuánto haya sido la crueldad de Marcela, el amor de Grisóstomo, la fe de la amistad vuestra, con el paradero que tienen los que a rienda suelta corren por la senda que el desvariado amor delante de los ojos les pone. Anoche supimos la muerte de Grisóstomo, y que en este lugar había de ser enterrado; y así, de curiosidad y de lástima, dejamos nuestro derecho viaje, y acordamos de venir a ver con los ojos lo que tanto nos había lastimado en oíllo. Y, en pago desta lástima y del deseo que en nosotros nació de remedialla si pudiéramos, te rogamos, ¡oh discreto Ambrosio! (a lo menos, yo te lo suplico de mi parte), que, dejando de abrasar estos papeles, me dejes llevar algunos dellos.
Y, sin aguardar que el pastor respondiese, alargó la mano y tomó algunos de los que más cerca estaban; viendo lo cual Ambrosio, dijo:
-Por cortesía consentiré que os quedéis, señor, con los que ya habéis tomado; pero pensar que dejaré de abrasar los que quedan es pensamiento vano.
Vivaldo, que deseaba ver lo que los papeles decían, abrió luego el uno dellos y vio que tenía por título: Canción desesperada. Oyolo Ambrosio y dijo:
-Ése es el último papel que escribió el desdichado; y, porque veáis, señor, en el término que le tenían sus desventuras, leelde de modo que seáis oído; que bien os dará lugar a ello el que se tardare en abrir la sepultura.
-Eso haré yo de muy buena gana -dijo Vivaldo.
Y, como todos los circunstantes tenían el mesmo deseo, se le pusieron a la redonda...
[...]
Bien les pareció, a los que escuchado habían, la canción de Grisóstomo, puesto que el que la leyó dijo que no le parecía que conformaba con la relación que él había oído del recato y bondad de Marcela, porque en ella se quejaba Grisóstomo de celos, sospechas y de ausencia, todo en perjuicio del buen crédito y buena fama de Marcela. A lo cual respondió Ambrosio, como aquel que sabía bien los más escondidos pensamientos de su amigo:
-Para que, señor, os satisfagáis desa duda, es bien que sepáis que cuando este desdichado escribió esta canción estaba ausente de Marcela, de quien él se había ausentado por su voluntad, por ver si usaba con él la ausencia de sus ordinarios fueros. Y, como al enamorado ausente no hay cosa que no le fatigue ni temor que no le dé alcance, así le fatigaban a Grisóstomo los celos imaginados y las sospechas temidas como si fueran verdaderas. Y con esto queda en su punto la verdad que la fama pregona de la bondad de Marcela; la cual, fuera de ser cruel, y un poco arrogante y un mucho desdeñosa, la mesma envidia ni debe ni puede ponerle falta alguna.
-Así es la verdad -respondió Vivaldo.
Y, queriendo leer otro papel de los que había reservado del fuego, lo estorbó una maravillosa visión -que tal parecía ella- que improvisamente se les ofreció a los ojos; y fue que, por cima de la peña donde se cavaba la sepultura, pareció la pastora Marcela, tan hermosa que pasaba a su fama su hermosura. Los que hasta entonces no la habían visto la miraban con admiración y silencio, y los que ya estaban acostumbrados a verla no quedaron menos suspensos que los que nunca la habían visto. Mas, apenas la hubo visto Ambrosio, cuando, con muestras de ánimo indignado, le dijo:
-¿Vienes a ver, por ventura, ¡oh fiero basilisco destas montañas!, si con tu presencia vierten sangre las heridas deste miserable a quien tu crueldad quitó la vida? ¿O vienes a ufanarte en las crueles hazañas de tu condición, o a ver desde esa altura, como otro despiadado Nero, el incendio de su abrasada Roma, o a pisar, arrogante, este desdichado cadáver, como la ingrata hija al de su padre Tarquino? Dinos presto a lo que vienes, o qué es aquello de que más gustas; que, por saber yo que los pensamientos de Grisóstomo jamás dejaron de obedecerte en vida, haré que, aun él muerto, te obedezcan los de todos aquellos que se llamaron sus amigos.
-No vengo, ¡oh Ambrosio!, a ninguna cosa de las que has dicho -respondió Marcela-, sino a volver por mí misma, y a dar a entender cuán fuera de razón van todos aquellos que de sus penas y de la muerte de Grisóstomo me culpan; y así, ruego a todos los que aquí estáis me estéis atentos, que no será menester mucho tiempo ni gastar muchas palabras para persuadir una verdad a los discretos.
»Hízome el cielo, según vosotros decís, hermosa, y de tal manera que, sin ser poderosos a otra cosa, a que me améis os mueve mi hermosura; y, por el amor que me mostráis, decís, y aun queréis, que esté yo obligada a amaros. Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama. Y más, que podría acontecer que el amador de lo hermoso fuese feo, y, siendo lo feo digno de ser aborrecido, cae muy mal el decir “Quiérote por hermosa; hasme de amar aunque sea feo”. Pero, puesto caso que corran igualmente las hermosuras, no por eso han de correr iguales los deseos, que no todas hermosuras enamoran; que algunas alegran la vista y no rinden la voluntad; que si todas las bellezas enamorasen y rindiesen, sería un andar las voluntades confusas y descaminadas, sin saber en cuál habían de parar; porque, siendo infinitos los sujetos hermosos, infinitos habían de ser los deseos. Y, según yo he oído decir, el verdadero amor no se divide, y ha de ser voluntario, y no forzoso. Siendo esto así, como yo creo que lo es, ¿por qué queréis que rinda mi voluntad por fuerza, obligada no más de que decís que me queréis bien? Si no, decidme: si como el cielo me hizo hermosa me hiciera fea, ¿fuera justo que me quejara de vosotros porque no me amábades? Cuanto más, que habéis de considerar que yo no escogí la hermosura que tengo; que, tal cual es, el cielo me la dio de gracia, sin yo pedilla ni escogella. Y, así como la víbora no merece ser culpada por la ponzoña que tiene, puesto que con ella mata, por habérsela dado naturaleza, tampoco yo merezco ser reprehendida por ser hermosa; que la hermosura en la mujer honesta es como el fuego apartado o como la espada aguda, que ni él quema ni ella corta a quien a ellos no se acerca. La honra y las virtudes son adornos del alma, sin las cuales el cuerpo, aunque lo sea, no debe de parecer hermoso. Pues si la honestidad es una de las virtudes que al cuerpo y al alma más adornan y hermosean, ¿por qué la ha de perder la que es amada por hermosa, por corresponder a la intención de aquel que, por sólo su gusto, con todas sus fuerzas e industrias procura que la pierda?
»Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos. Los árboles destas montañas son mi compañía, las claras aguas destos arroyos mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosura. Fuego soy apartado y espada puesta lejos. A los que he enamorado con la vista he desengañado con las palabras. Y si los deseos se sustentan con esperanzas, no habiendo yo dado alguna a Grisóstomo ni a otro alguno, el fin de ninguno dellos bien se puede decir que antes le mató su porfía que mi crueldad. Y si se me hace cargo que eran honestos sus pensamientos, y que por esto estaba obligada a corresponder a ellos, digo que, cuando en ese mismo lugar donde ahora se cava su sepultura me descubrió la bondad de su intención, le dije yo que la mía era vivir en perpetua soledad, y de que sola la tierra gozase el fruto de mi recogimiento y los despojos de mi hermosura; y si él, con todo este desengaño, quiso porfiar contra la esperanza y navegar contra el viento, ¿qué mucho que se anegase en la mitad del golfo de su desatino? Si yo le entretuviera, fuera falsa; si le contentara, hiciera contra mi mejor intención y prosupuesto. Porfió desengañado, desesperó sin ser aborrecido: ¡mirad ahora si será razón que de su pena se me dé a mí la culpa! Quéjese el engañado, desespérese aquel a quien le faltaron las prometidas esperanzas, confíese el que yo llamare, ufánese el que yo admitiere; pero no me llame cruel ni homicida aquel a quien yo no prometo, engaño, llamo ni admito.
»El cielo aún hasta ahora no ha querido que yo ame por destino, y el pensar que tengo de amar por elección es escusado. Este general desengaño sirva a cada uno de los que me solicitan de su particular provecho; y entiéndase, de aquí adelante, que si alguno por mí muriere, no muere de celoso ni desdichado, porque quien a nadie quiere, a ninguno debe dar celos; que los desengaños no se han de tomar en cuenta de desdenes. El que me llama fiera y basilisco, déjeme como cosa perjudicial y mala; el que me llama ingrata, no me sirva; el que desconocida, no me conozca; quien cruel, no me siga; que esta fiera, este basilisco, esta ingrata, esta cruel y esta desconocida ni los buscará, servirá, conocerá ni seguirá en ninguna manera. Que si a Grisóstomo mató su impaciencia y arrojado deseo, ¿por qué se ha de culpar mi honesto proceder y recato? Si yo conservo mi limpieza con la compañía de los árboles, ¿por qué ha de querer que la pierda el que quiere que la tenga con los hombres? Yo, como sabéis, tengo riquezas propias y no codicio las ajenas; tengo libre condición y no gusto de sujetarme: ni quiero ni aborrezco a nadie. No engaño a éste ni solicito aquél, ni burlo con uno ni me entretengo con el otro. La conversación honesta de las zagalas destas aldeas y el cuidado de mis cabras me entretiene. Tienen mis deseos por término estas montañas, y si de aquí salen, es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma a su morada primera.
Y, en diciendo esto, sin querer oír respuesta alguna, volvió las espaldas y se entró por lo más cerrado de un monte que allí cerca estaba, dejando admirados, tanto de su discreción como de su hermosura, a todos los que allí estaban. Y algunos dieron muestras -de aquellos que de la poderosa flecha de los rayos de sus bellos ojos estaban heridos- de quererla seguir, sin aprovecharse del manifiesto desengaño que habían oído. Lo cual visto por don Quijote, pareciéndole que allí venía bien usar de su caballería, socorriendo a las doncellas menesterosas, puesta la mano en el puño de su espada, en altas e inteligibles voces, dijo:
-Ninguna persona, de cualquier estado y condición que sea, se atreva a seguir a la hermosa Marcela, so pena de caer en la furiosa indignación mía. Ella ha mostrado con claras y suficientes razones la poca o ninguna culpa que ha tenido en la muerte de Grisóstomo, y cuán ajena vive de condescender con los deseos de ninguno de sus amantes, a cuya causa es justo que, en lugar de ser seguida y perseguida, sea honrada y estimada de todos los buenos del mundo, pues muestra que en él ella es sola la que con tan honesta intención vive.
O ya que fuese por las amenazas de don Quijote, o porque Ambrosio les dijo que concluyesen con lo que a su buen amigo debían, ninguno de los pastores se movió ni apartó de allí hasta que, acabada la sepultura y abrasados los papeles de Grisóstomo, pusieron su cuerpo en ella, no sin muchas lágrimas de los circunstantes. Cerraron la sepultura con una gruesa peña, en tanto que se acababa una losa que, según Ambrosio dijo, pensaba mandar hacer, con un epitafio que había de decir desta manera:
YACE AQUÍ DE UN AMADOR
EL MÍSERO CUERPO HELADO,
QUE FUE PASTOR DE GANADO,
PERDIDO POR DESAMOR.
MURIÓ A MANOS DEL RIGOR
DE UNA ESQUIVA HERMOSA INGRATA,
CON QUIEN SU IMPERIO DILATA
LA TIRANÍA DE AMOR.

jueves, 18 de junio de 2015

viernes, 22 de mayo de 2015

ASUNCIÓN OLIVA PORTOLÉS: EL HILO Y EL GRITO

                                      Penélope, Waterhouse, 1916




Antígona - Película dirigida por Yorgos Javellas, protagonizada por Irene Papas, 1961.






EL HILO Y EL GRITO



                                                                                                                                     Al grupo πέντε.





Buenas tardes:

Aquellos de entre ustedes que se hayan interesado por seguir mis investigaciones sobre la teoría feminista habrán observado que la cuestión que más me ha ocupado y preocupado ha sido la del sujeto filosófico y, más especialmente, la del sujeto del feminismo. La crítica al sujeto de la modernidad, falsamente universal, hipertrofiado, desencarnado, sin marca de género, autosuficiente, fundamentador de todos los valores, ha sido realizada por algunas teóricas feministas como S. Benhabib, N. Fraser, J. Butler, T. De Lauretis, y C. Amorós entre otras. Ellas lo han desmontado, lo han deconstruido, en definitiva, lo han desbaratado, y han propuesto otro tipo de sujeto. Pues permítanme que ahora  vuelva la vista atrás, a nuestro pasado, y analice desde la perspectiva de la filosofía y del feminismo, algunas de las interpretaciones filosóficas de dos figuras femeninas de la literatura griega clásica: la de Penélope y la de Antígona.
En mi opinión, Penélope es un caso claro de legitimación simbólica de la sumisión de la mujer. Es la mujer que espera, que es fiel, que es astuta, (curiosamente como lo es también Ulises) puesto que teje y desteje el sudario de su suegro para engañar a sus pretendientes; que cuida de su hijo Telémaco hasta su mayoría de edad, pero que no puede evitar que los pretendientes la acosen porque ya han pasado 20 años desde la partida de Ulises e Ítaca debe tener otro rey. Lo que parece evidente es que en aquella sociedad la mujer debe estar casada, incluso aun cuando no se sepa lo que ha podido ocurrir con su marido, en este caso Ulises. 
Simone de Beauvoir en El Segundo Sexo[1] es la que puede guiarnos primero para entender qué simboliza Penélope, aunque nunca se refiera a ella en sus obras. La autora francesa recoge el análisis hegeliano de la dialéctica del amo y del esclavo para comprender la caracterización de la mujer como Lo Otro del varón. El Otro como categoría analítica aparece en La Fenomenología del Espíritu hegeliana y se refiere a la figura del esclavo como conciencia que no ha arriesgado la vida y ha quedado por eso supeditada al Amo, quien sí es capaz de arriesgar su vida en el combate, en tanto que el esclavo se ha dejado someter para conservarla. El esclavo representa el “ser para otro” en cuanto  trabaja no para sí mismo sino para el Amo; mientras que el Amo representa el “ser para sí” en tanto que el esclavo trabaja para él.
Según Beauvoir la mujer es y ha sido siempre “la Otra” del Hombre. Las relaciones particulares que unen la mujer al hombre son explicadas aquí a partir de la noción de Alteridad. La mujer, como el esclavo, está en relación de asimetría con el hombre, que es el equivalente al amo. Así como el esclavo se reconoce como humano en la conciencia libre del señor contemplándolo como su esencia, así la mujer depende para sus decisiones de la voluntad del hombre. “La mujer se determina y diferencia en relación al hombre y no este en relación con ella; esta es lo inesencial frente a lo esencial. Él es el sujeto, él es lo Absoluto, ella es lo otro”[2].
El varón ha sido capaz de trascender el ámbito de la naturaleza, de la facticidad, arriesgando su vida, creando civilización, en tanto que la fisiología femenina, sobre todo la maternidad, ha mantenido a las mujeres en la esfera de la inmanencia, ancladas en conservar y trasmitir la vida. Por ello la autora ha definido a las mujeres como lo Otro del varón.
En efecto, nos dice Beauvoir, “la categoría del Otro es tan original como la conciencia misma”. Para definirse en cuanto tal, toda conciencia debe enfrentarse a una conciencia opuesta que, captándola en tanto que otra, va a tratar de imponerse a ella y de ser reconocida por ella. Recíprocamente, la otra conciencia le opone el mismo intento y una pretensión similar. Así, nos dice, el hombre encuentra en la mujer no solo otra conciencia, sino también la expresión misma por excelencia, de la Alteridad. “Ya se ha dicho que el hombre no se piensa jamás sino pensando al otro; capta al mundo bajo el signo de la dualidad y, en principio, esta no tiene un carácter sexual. Pero, siendo naturalmente distinta del hombre, que se plantea como lo mismo, la mujer está clasificada en la categoría de lo Otro; lo Otro envuelve a la mujer.” [3]
Llega, pues, un momento en que la realidad de la mujer en cuanto conciencia casi desaparece en favor de este papel de Alteridad Absoluta que se le atribuye. Ahora bien, lo que hace que esta situación sea problemática no es tanto el que la mujer sea para el hombre la expresión misma de la Alteridad (ella podría verlo a él de la misma forma) sino sobre todo la valoración negativa que se realiza de lo que es el Otro y el carácter aparentemente irreversible de esta atribución. Así, al Otro, y en este caso a la mujer, se le atribuye todo lo que se sitúa del lado del Mal: a lo largo de la historia la mujer ha sido caracterizada como oscuridad, maldad, noche, irracionalidad etc.
Pues bien, Penélope es claramente la Otra de Ulises si seguimos la interpretacion de Beauvoir. Es la conciencia inesencial frente a la conciencia esencial de Ulises, que es el Mismo. Penélope, es la Otra, la pura inmanencia que posibilita que el hombre, Ulises, sea pura trascendencia. No hay reciprocidad en la relación, aunque en su dialéctica el ser trascendente sí necesite del ser inmanente. Es decir, no existiría Ulises sin Penélope.
Ulises vuelve a Ítaca siendo idéntico a sí mismo. Es decir, que la búsqueda de esa identidad esencial y auténtica es lo que al fin determina que acabe su viaje y llegue a su isla, a su Penélope, a su trono. Esa búsqueda de su identidad culmina con la vuelta a todo ello. En ese sentido, la afortunada expresión de Ioanna Nikolaídou del "yo" uliseano, "verdadero e inalienable, sustancialmente inmutable"[4] nos conduce a la visión de lo que muchos filósofos del siglo XX han llamado el "sujeto de la modernidad". El sujeto autofundante, que muchos autores y teóricas feministas han criticado, está ya prefigurado en Ulises, existía ya en el mito. Ulises pone de relieve la raíz de ese sujeto moderno. Y si lo leemos a la luz de Foucault llegaremos a la conclusión de que esa vuelta al origen, a su identidad, no está causada por la dulzura del reencuentro con la patria y el propio hogar, sino porque así Ulises recobra "su" poder.
Hay un hecho que llama poderosamente la atención: como es que, a pesar de las manifestaciones de Penélope y las opiniones de sus conocidos que resaltan su papel como esposa fiel, Ulises quiere ocultar la verdad a su esposa hasta el fin. Es evidente que, pese a todo, Penélope no le resulta completamente fiable y así Odiseo prohíbe a todas las personas que van conociendo su llegada que se lo digan a ella.
El primer encuentro entre esposos transcurre con el engaño de fondo, porque Penélope pensaba que hablaba con un mendigo, al que trataba según las normas de hospitalidad. Da la sensación de que todas las trampas que habían ido reteniendo a Odiseo en su viaje, las reproduce con su esposa: quizá por su necesidad de conocer realmente la fidelidad de ella. Solo una vez que la matanza de los pretendientes ha tenido lugar, el héroe permitió a Penélope conocer la verdad. Sin embargo, en el éxito de su empresa será fundamental la intervención de Penélope, también astuta, ya que fue ella quien propuso la prueba del arco: aquél que venciese sería elegido como esposo. Asimismo, fue  quien descendió a la sala del tesoro y subió el arco de Odiseo que, una vez en manos de su dueño, supuso la perdición y la muerte de los pretendientes.
La primera respuesta de Penélope era la de una justa incredulidad; se  mantenía a cierta distancia y le observaba en silencio. En ese momento los papeles se invertían y era la esposa quien deseaba probar a su supuesto marido; es decir, comprobar que no era un impostor. La última prueba a la que Ulises sometió a Penélope se relacionaba con un hecho que solo los dos conocían: el lecho nupcial había sido construido por el propio Ulises a partir del tronco de un olivo.
Pues bien, Penélope era la Otra, pero quiso comprobar mediante determinadas añagazas (eso lo compartía con Ulises) que el que llegaba era su marido, su Amo, y no un impostor. Esto le hace aparecer como una mujer inteligente pero que aplica sus conocimientos únicamente a saber si aquel que se le mostraba como su marido era el auténtico. Ulises lo que va haciendo es simplemente restablecer su reinado sobre Ítaca, su hijo, su mujer, su poder en definitiva. Si Penélope emplea su inteligencia en volver a su papel de Otra, de esposa fiel y madre, Ulises lo que consigue es regresar a su papel de Amo, de yo idéntico a sí mismo.
Después de esta interpretación, me gustaría analizar la presencia de la figura de Ulises (ligada a la de Penélope) en la Dialéctica de la Ilustracion, la obra de Adorno y Horkheimer publicada en 1944. En ella los autores consideran el fascismo no como un hecho puntual ocurrido en Occidente, sino como una de las consecuencias de la modernidad. La razón misma, afirman, la racionalidad del orden burgués había tendido los puentes para el ascenso y la locura del nazismo: desde la aparición de Hitler hasta los límites impensables de las matanzas de Auschwitz.
En la Ilustración, la razón, que en su origen daba cabida a las ideas de “liberación” y de “dominación”, acabó por inclinarse hacia la segunda y transformarse en "razón instrumental". Pues bien, según estos autores,  la Odisea es el relato de la subjetividad humana a través de la huída de las potencias míticas a las que se trata de dominar. No hay obra que sea testimonio mas elocuente de la imbricacion entre Mito e Ilustracion que la de Homero. Es el texto base de la civilizacion europea. Y para ello vuelven a la figura de Ulises. Las aventuras que Odiseo supera son todas ellas peligrosas tentaciones que desvían al sí mismo, al yo uliseano, de la senda de su lógica. Sin embargo, el protagonista vuelve de nuevo a ella, se prueba a sí mismo "como incorregible aprendiz" y así, el saber en el que consiste su identidad y que le permite sobrevivir toma su sustancia de la experiencia de lo múltiple, de lo que distrae y disuelve".
Los autores, después del Holocausto, descubren una paradoja en la Ilustración, que formulan en la conocida doble tesis: “El mito es ya Ilustración; la Ilustración recae en mitología” y, como tal, se convierte en la tesis central de su obra. Para ellos la enfermedad de la razón radica en su propio origen, en el afán del hombre por dominar la naturaleza. Y su programa sería el desencantamiento del mundo (Weber) para someterlo a su dominio. La Ilustración disuelve los mitos, ya que opera según el principio de identidad: no soporta lo diferente y desconocido. Sin embargo, en el mito hay ya un momento de Ilustración. Los mitos que caen víctimas de la Ilustración eran ya producto de esta. En ellos late la aspiración al dominio. Y esto ocurre con Odiseo.
 “El hombre cree estar libre del terror cuando ya no existe nada desconocido.”  “Unidad ha sido el lema desde Parménides hasta Russell.”[5] Y así, el individuo consigue su emancipacion de la naturaleza exterior en la medida en la que se distingue de ella y la somete, Así la parte de liberación que conlleva la Ilustración, dejaría paso a la de dominación, “...la razón se torna finalmente cínica y positivista, un mero aparato de dominio.”[6]
Pero ese sometimiento solo se consigue por la represion de la propia interioridad. Este “sí mismo” unitario se ha formado a partir de la represión de la naturaleza interna del hombre para conseguir la autoconservación y el dominio de la naturaleza. El carácter unitario, totalizador, de la razón deja al descubierto un elemento de violencia. Lo que está en el origen de ese “sí mismo” unitario es la violencia y no un acto autónomo de auto-posición. En la Odisea (“Canto décimo-segundo”), Ulises, avisado por Circe, resiste a la seducción de las sirenas, gracias a los sufrimientos y peligros anteriores que han consolidado en él la identidad personal; tapa los oídos con cera a sus hombres, los remeros, quienes deben solo esforzarse por avanzar denodadamente. Él, el Amo, manda, en cambio, que le aten fuertemente al mástil para resistir la fascinación del canto que el sí puede oír. “La humanidad (parece evidente que para estos autores la humanidad era solo Ulises, no los remeros ni, por supuesto, Penélope) ha debido someterse a cosas terribles hasta constituirse el sí mismo, hasta constituir el carácter idéntico, instrumental y viril del hombre, y algo de ello se repite en cada infancia. El temor de perder el sí mismo y, con él, la frontera entre sí y el resto de la vida, el miedo a la muerte y a la destrucción, se hallan estrechamente ligados a una promesa de felicidad por la que la civilización se ha visto atenazada en todo instante”. [7]
Adorno y Horkheimer consideran a Ulises el primer héroe moderno en el sentido que trata a todos los demás como cosas y al final solo él se salva, pero también porque él se ve a sí mismo como cosa, como nada, como nadie (así se autodenomina ante el cíclope Polifemo). Es decir, Odiseo para no ser sacrificado, tiene que sacrificarse a sí mismo, pero haciéndolo se salva. Si no se hubiera arriesgado en cada aventura, seguro que nunca hubiera llegado a su destino. Odiseo se afirma a sí mismo en cuanto se niega a sí mismo como “nadie”. "La historia de la civilización es la historia de la interiorización del sacrificio."[8]
Lo que estos autores nunca tuvieron en cuenta es el hecho de que  cuando hablan de "humanidad", ese universal tan poco universal, se están refiriendo solo al varón. Y sin embargo, no mucho más tarde, la crítica a ese sujeto falsamente universal, hipertrofiado, autosuficiente, etc., ha sido elaborada por las teóricas feministas que ya he citado. Sabemos, pues, que el sacrificio del que Adorno y Horkheimer hablan fue también, y sobre todo, el de las mujeres, no solo porque algunas Penélopes simplemente continuaron tejiendo (entendiendo este término en un sentido amplio) para conservar su estatus de esposas-Otras, sino especialmente porque muchas otras fueron objetos directos de esa razón instrumental que ellos tanto critican. Además del hecho de que la Ilustración no les dejara ser ciudadanas, las mujeres fueron doblemente explotadas, sobre todo desde la Revolución Industrial, por esa razón instrumental. Ahora bien, si leemos esta Dialéctica de la Ilustración en clave feminista con Cristina Molina "la razón ilustrada que en un principio representa la promesa de liberacion para todos en cuanto razón universal, se trastueca en su opuesto consumando y justificando la dominación y la sujeción de la mujer, una vez definido "lo femenino" como  naturaleza.”[9] La teoría rousseauniana sobre la mujer, aunque ya criticada por Mary Wollstonecraft, se impone sobre cualquier otra. El contrato social presupone, a la vez que oculta, el contrato sexual.[10]
La esfera de la mujer vuelve a ser la domesticidad como lo era entre los griegos. Pero si bien es cierto que las promesas de la Ilustración se han quedado en un proyecto incompleto, esto solo significa que la Ilustración ha de curarse con mas ilustración y eso es lo que han intentado llevar a cabo algunas teóricas feministas, ya que el feminismo es, en definitiva, “el hijo no querido de la Ilustración”, como señala Celia Amorós.


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La heroína de la tragedia de Sófocles, Antígona, ha suscitado numerosas interpretaciones (Hegel, Goethe, Hölderlin, Kierkegaard, Lacan, George Steiner, Simone Weil, Brecht, Luce Irigaray, María Zambrano...) lo que  pone de manifiesto la atracción que ha ejercido esta figura polisémica sobre la filosofía y la literatura. Por razones de espacio, solo puedo recoger aquí las interpretaciones de Hegel, Nicole Loraux y Judith Butler.
Antigona, como representación de lo femenino, es muy diferente a Penélope. No se puede considerar la "Otra", no ya de Creonte, sino ni siquiera de Polinices, su hermano, a quien quería dar sepultura. Sabemos que Hegel la vió como una figura que defendía los derechos de la familia, mientras Creonte era quien sostenía los derechos del Estado. Hegel utiliza el término "eticidad" dándole un sentido técnico y contrapuesto al de "moralidad". Para él la figura de Antígona representa la ética, la de Creonte la moralidad, la razón de estado. Pues bien, Hegel en la Fenomenología del Espíritu contrapone ciudad y familia, ley humana y ley divina, hombre y mujer. La  mujer está más próxima a lo natural, a la tierra, al fondo de las cosas, a lo particular y concreto; de ahí su ineptitud para la cosa pú­blica. La finalidad de la mujer está exclusivamente en la casa fa­miliar; pues cuando los hijos alcanzan su mayoría de edad y quieren casarse, ocurre que los varones quedan des­tinados a ser «jefes» y las hijas a ser «esposas», «amas de casa». Ser mujer y ser esposa son equivalentes. La mujer es la dueña de la Casa, la mantenedora de la ley divina, no escrita. El papel de la familia es precisamente arrebatar la muerte a la naturaleza y hacer de ella esencialmente una operación del espíritu. Para Hegel, la función ética de la familia es, ante todo, cargar con la muerte. De ahí que no resulte extraño el que Antígona se reclame de aquella ley ancestral. Hegel  identifica esta ley como la ley no escrita de los antiguos dioses. De esta forma, Hegel cita las palabras de Antígona en las que ella se refiere a estas leyes no escritas y que tienen un estatus infalible y en nombre de las cuales ella habla. Recordemos que, según el filósofo alemán, al celebrar los ritos de sepultura la familia restituye el muerto a la comunidad. Para Hegel, Antígona actúa por amor hacia su hermano Polinices, es decir, dentro de la esfera familiar. Al intentar llevar a cabo el rito prohibido, no hace sino asumir la conducta tradicional femenina: es competencia suya y de su hermana Ismene, como mujeres allegadas al muerto, enterrar el cadáver de Polinices. Sin embargo, Antígona abandona esta esfera al desobedecer a la autoridad establecida, hecho por el cual es condenada a la soledad que debía acabar en su muerte. Parece que su peor castigo sea morir sin haber cumplido con el ideal que le correspondería a una mujer, esto es, estar casada y tener hijos.
Hegel vuelve a Antígona en La Filosofía del Derecho, donde deja claro que ella está asociada con un conjunto de leyes que, en última instancia,  no son compatibles con la ley pública. "Esta ley", según escribe, "aparece allí expuesta como una ley opuesta a la ley pública, a la ley de la tierra"
En mi opinión, la ley pública, que dice representar Creonte, se basa en una maldición de Edipo y no en una ley dictada por los dioses de la polis ni mucho menos por los ciudadanos, dado que Creonte es un tirano. Creonte expresa muy claramente que él es el rey.  La condena de la tiranía quien en realidad la realiza es su hijo Hemón. Así  dice  Creonte: “Pero, ¿es que me van a decir los ciudadanos lo que he de mandar?” Y más adelante: “¿He de gobernar esta tierra según otros o según mi parecer? Hemón contesta: “No puede una ciudad ser solamente de un hombre”.
Además de Hegel, la figura de Antígona es examinada por Nicole Loraux en «Éloge de l’anachronisme en histoire», artículo escrito en 2005. Esta autora cree que Antígona es una figura polisémica y que se constituye en un sujeto político poco autónomo. Según Loraux, la heroína de Sófocles expresa el dolor por su exclusión del espacio político, cuando era conocido por todos que las mujeres no podían participar en él. Por ello señala la autora, Antígona representa varios papeles a la vez: el de una mujer que no se piensa a sí misma como tal, que no se reconoce en el modelo de feminidad dominante representado por Ismene quien, como mujer, no quiere ir en contra de la comunidad. También representa el papel de una niña que no llegará a ser adulta porque morirá antes, el papel de "virgen" que se comporta de manera "viril". La autonomía trágica de Antígona está expresada en términos de relaciones que muestran de qué forma ese personaje está agarrado, hasta se podría decir que engullido, por relaciones de poder, género, sexo, edad, filiación que la predeterminan a actuar de forma "estereotipada". Por un lado, es una joven que actúa y habla como un hombre. Por otro, al final, la división de sexos se reafirma con más fuerza. Antígona se suicida como deben hacerlo las mujeres aunque, eso sí, solo las mujeres casadas (ahorcamiento con su velo), lo que supone también un desafío.
Para Judith Butler el acto de Antígona le lleva a cuestionar la visión heterónoma de lo político.[11] Antígona, con su gesto, transgrede a la vez las normas de género y las de parentesco. Las de género porque para reivindicar su acción, se separa de su género con sus actos y su palabra frente a Creonte y al mismo tiempo rechaza el discurso despótico del rey aunque de algún modo, utiliza un lenguaje "viril" para afirmar lo que ha hecho. El propio Creonte admite que si acepta la petición de Antígona ella sería el varón y él la mujer. Además el hecho de dirigirse a Creonte, que es el jefe del Estado, dota a Antígona de una característica masculina que no quiere compartir con su hermana Ismene. Por otro lado Antígona tampoco tiene una posición legítima en el sistema de las relaciones de parentesco y por ello se sitúa en el margen. Si simplemente oponemos Antígona a Creonte como el encuentro entre las fuerzas del parentesco y las del estado (Hegel) dejaríamos de lado las formas en que Antígona ya ha surgido del parentesco, siendo ella misma hija de un vínculo incestuoso, fiel a un amor imposible e incestuoso por su hermano (esto último es una interpretación, a mi modo de ver algo forzada, de Butler). Aunque Antígona no asume otra sexualidad que la heterosexual, parece des-institucionalizar la heterosexualidad cuando rechaza convertirse en esposa y madre y busca la muerte en la cueva que su tío le ha preparado como tumba.
Los dos actos de Antígona, el entierro y su desafío verbal, coinciden con las ocasiones en que el coro, Creonte y los mensajeros la llaman "varonil". Efectivamente, Creonte, escandalizado por su desafío, toma la determinación de que mientras él viva ''ninguna mujer gobernará", sugiriendo que si ella gobierna, él morirá. Anteriormente, expresaba su temor a llegar a ser debilitado completamente por ella si los poderes que han provocado este acto se quedan sin castigo: "Ahora no soy hombre, ella es el hombre". Así, Antígona parece asumir la forma de una cierta soberanía masculina, una cierta virilidad que no se puede compartir, Pero hay una pregunta que persiste: ¿ha asumido verdaderamente esta virilidad?
No hace falta conocer en profundidad el mundo griego para saber que el ágora, el lugar del discurso, era patrimonio de los hombres libres.¿Qué hace entonces una mujer apoderándose de la palabra? En mi opinión, el lenguaje de Antígona, paradójicamente, se aproxima más al lenguaje de autoridad y acción soberana de Creonte, lo cual hace que se sitúe a su mismo nivel. Pero hay que observar que el mismo Creonte asume su soberanía sólo en virtud del vínculo de parentesco que posibilita esta sucesión (es hermano de Yocasta) y su ley no emana de ningún dios ni del pueblo. Proviene de una maldición que Edipo pronunció contra sus hijos y que Creonte da por buena. Por tanto, con su comportamiento Antígona transgrede tanto las normas de género corno las de parentesco y aunque la tradición hegeliana interpreta su destino como un indicio seguro de que esta trasgresión es inevitable que fracase, también es posible otra lectura con la que yo estaría de acuerdo: Antígona expone el carácter socialmente contingente del parentesco, independientemente de que fracase su exigencia. Así, la cuestión hegeliana de la separación entre parentesco y Estado  podríamos reformularla desde hoy de otra forma: cuando el trastorno en las normas del parentesco amenaza la autoridad del Estado hasta el punto de que este comienza una lucha violenta contra algunos tipos de parentesco, ¿se pueden considerar estas dos esferas como independientes la una de la otra?  Considero que no es posible desligarlas.
Antígona dice en ocasiones que obedece las leyes de los dioses del inframundo. Ella misma declara que no obedecerá la orden de Creonte porque no es una ley emitida por Zeus y así aparentemente está mostrando su fe en la ley de los dioses. Si la ley de Creonte pretende que su hermano Polinices se reduzca al perfil de un criminal, Antígona con su acto está afirmando que su hermano es único, que nada ni nadie puede reemplazarlo. Antígona asegura que no habría actuado de la misma manera por su esposo ni por su hijo, pues esos son reproducibles, pero no su hermano. Sin embargo, no se mantiene siempre fiel a esta ley y en un pasaje no muy conocido reconoce que no hubiera hecho lo mismo por otros miembros de su familia. Por eso su actitud ante estas leyes de los dioses ctónicos es paradójica, ya que en realidad si la situación fuera a la inversa, es decir, si fuera Eteocles a quien se le negara el entierro, ella no actuaría igual.
Y, en consonancia con ello, la muerte de Antígona refleja una ambigüedad que nos induce al desasosiego. Ella se lamenta de no haber vivido, no haber amado y no haber tenido descendencia, pero también dice que ha estado sometida a la maldición que Edipo lanzó sobre sus propios hijos e hijas, "sirviendo a la muerte" para el resto de sus días. Así, la muerte significa la vida no vivida, de manera que cuando se va acercando a esa tumba en vida que le ha preparado Creonte, se encuentra con su destino.
Butler piensa que, aunque Antígona muere, su acto permanece en el lenguaje, pero ¿cuál es su acto? Este acto, que es y no es suyo, supone una trasgresión de las normas de parentesco y de género y ello pone de manifiesto el carácter precario de esas normas. Así, al enfrentarse a Creonte por lo que este considera un crimen, la acción de Antígona es una apropiación de la autoridad, es decir, de la “agencia”(agency).
Con todo esto llegamos a la cuestión que nos importa: Antígona no es la “Otra” pero ¿podríamos considerar a Antígona como un sujeto? Butler dice que Antígona "se afirma en tanto que sujeto cuya acción de reiteración y de inversión es susceptible de re-configurar las relaciones de poder en las que está implicado"
Desde mi punto de vista, tanto el acto primordial de Antígona, enterrar a su hermano y todo lo que conlleva, el separar a Ismene de su acto, declarar que los dioses establecen que hay que enterrar a los muertos y después decir que esto solo lo hace por Polinices, así como su lenguaje ante Creonte son de algún modo paradójicos. Para mí Antígona es un sujeto entre la heteronomía y la autonomía, cuya sola existencia ya pone en cuestión los límites del parentesco: hija y a la vez hermana de Edipo, haciendo las funciones de hijo varón, como Edipo les reprocha a Eteocles y Polinice, y en cierto modo las de Madre de Edipo e incluso de Polinices y de Ismene. De hecho Edipo es su hermano y los lazos de parentesco se han desvirtuado según las normas del poder establecido.
Sabe que con su acto renuncia a su prometido Hemón y con él a ser esposa y madre, pero su fidelidad a su hermano es mayor que su atracción por Hemón. Quizá por eso también se halla en el límite de las relaciones de parentesco basadas en la heterosexualidad. Pienso que Antígona constituye un sujeto que se sitúa en los márgenes de la comunidad, ex-céntrico, que diría Teresa De Lauretis, pero es una clara prefiguración de un sujeto femenino. Lo mismo que el yo uliseano era una prefiguración del sujeto moderno, Antígona lo es de un sujeto que se pone a sí mismo en cuestión, que está en los límites de la polis y desde allí tiene que actuar.
Para acabar, me parece claro que la interpretación que hace Butler de Antígona refuerza la visión que nos presenta la autora en sus últimas obras de que el sujeto tiene siempre una inscripción ambigua, inestable, vaga y de fronteras borrosas. Por ello considero que la concepción última de Butler del sujeto opaco se puede aplicar plenamente a Antígona. En Giving an Accountof Oneself[12] el sujeto aparece ya en un entramado de normas morales y Butler cree que son las propias normas las que disponen el lugar para un sujeto. El sujeto no es autotransparente, es opaco, porque Butler lo concibe como un ser relacional “cuyas relaciones iniciales y primarias no están siempre al alcance del conocimiento consciente”. El sujeto es precario porque toda vida es precaria y está sometido a la interpelación del Otro. Este sujeto no ha escogido en qué lugar o tiempo aparece ni las normas que estructuran las relaciones en las que está inscrito y que en el caso de Antígona transgreden las normas vigentes en su sociedad. Antígona lucha por realizar un acto que además enuncia ante Creonte y que sabe que le llevará a la muerte.
El libro de J. Butler Antigone's Claim fue publicado en 2002, pero en él se pueden apreciar ya las ideas que luego desarrollará en sus obras posteriores desde Vida Precaria[13] hasta Dar cuenta de sí mismo y, sobre todo, en Marcos de Guerra. Las vidas lloradas[14]: la idea de “precariedad” frente a “precaridad”, la de vulnerabilidad, así como la de las “vidas que son dignas de ser lloradas” y las vidas que no lo son. Las vidas dignas de ser lloradas son las que el Estado reconoce como propiamente humanas. Y, efectivamente, hoy tenemos muchos sujetos, no solo pero sí en gran parte femeninos, que buscan a sus familiares en Argentina, que quieren dar sepultura a sus hijas en Ciudad Juárez o que, como en España, quieren saber dónde están los restos de sus parientes asesinados bajo el franquismo. La exigencia de Antígona se repite hoy, y todavía es el Estado el que pone trabas para reconocer a esos muertos y darles sepultura.











Bibliografía


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Butler, J., Frames of War: When Is Life Grievable? London, Verso, 2008. (Traducción al castellano: Marcos de Guerra. Las vidas lloradas, Barcelona, Paidós, 2010).

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           Sófocles. Tragedias, Madrid, Gredos, 1981.
Wellmer, A., La dialéctica de la modernidad y la postmodernidad, Madrid, Visor, 1992.

Ponencia presentada por Asunción  Oliva Portolés en el XV SIMPOSIO de la Asociación Internacional De Filósofas (IAPh) sobre FILOSOFÍA, CONOCIMIENTO Y PRÁCTICAS FEMINISTAS.
Alcalá de Henares,  24-27 de junio de 2014.


[1]Desde la Introducción de El segundo  sexo, la autora lo dice claramente: la dialéctica hegeliana de las conciencias, y el existencialismo sartreano le permiten encontrar las categorías claves para comprender la problemática de la condición femenina.
[2] Beauvoir, S. de,  El segundo sexo. Buenos Aires, Ed. Siglo XX, 1970,  2 vols; vol. 1 p. 12.
[3]Ibidem, p. 95.
[4]I. Nikolaídou, “Las miradas de Ulises y lo ficticio de la identidad” en Traducir al otro, Traducir a Grecia,  Málaga,  Miguel Gómez Ediciones,  2000,  p. 133.
[5]Horkheimer,  M, y Adorno, Th. W.,  Dialéctica de la Ilustración,  Madrid, Trotta, 1994,  pp. 59 y ss.
[6] Wellmer, A. La dialéctica de la modernidad  y la postmodernidad,  Madrid, Visor, 1992.
[7] Horkheimer, M, y Adorno, Th. W.,  Dialéctica de la Ilustración,  pp. 86-87.
[8]Ibid. pp. 68.
[9]C. Molina,  Dialéctica feminista de la Ilustración, Barcelona,  Anthropos, 1993.
[10]C. Pateman,  El contrato sexual, Barcelona, Anthropos, 1995.
[11]Butler,  Judith,  Antigone´s Claim. Kinship between life and  death,  New York, Columbia University Press,  2000. (Traducción al castellano: El grito de Antígona, Barcelona, El Roure, 2001).
[12]J. Butler,  Giving an Account of  Oneself,  New York,  Fordham University Press,  2005.(Traducción al castellano: Dar cuenta de sí mismo. Violencia ética y responsabilidad,  Buenos Aires - Madrid,  Amorrortu editores, 2009).
[13]Precarious Life: The Powers of Mourning and Violence, London, Verso, 2004. (Traducción  al castellano: Vida precaria. .El poder del duelo y la violencia,  Barcelona, Paidós,  2006).
[14]Frames of War: When Is Life Grievable? London, Verso,  2008. (Traducción al castellano: Marcos de Guerra. Las vidas lloradas,  Barcelona, Paidós,  2010).







Las Meninas de Diego Velázquez. Comentario a El hilo y el grito de Asunción Oliva Portolés.




Recibí El hilo y el grito, ensayo de mi amiga Asunción Oliva, en un archivo a través del correo electrónico. Lo leí en la pantalla rápidamente sabiendo lo mucho que me iba a gustar lo que dijera en ese texto, y así fue. En cuanto pude lo trasladé al papel para poder leerlo con toda la atención que se merece cualquier reflexión filosófico-feminista que venga de mi amiga Asun.
La pensadora reflexiona sobre dos de los arquetipos de mujeres: por una parte la mujer sumisa en espera del marido, Penélope, y, por otra,  la que se subleva ante el poder estatal para cumplir con la obligación familiar, Antígona. Ambas mujeres interpretan perfectamente su papel. Se sacrifican o se rebelan por una misión más fuerte que ellas mismas. ¿Qué fuerza guía a estas mujeres? La pertenencia a una familia y sus leyes ancestrales. Nada mejor que la institución de la familia para perseverar y sustentar la idea y práctica del patriarcado. Pues sí, individualmente la mujer es anulada y en la institución familiar se refuerzan los mecanismos necesarios para llevar a la práctica los imperativos del patriarcado hasta sus últimas consecuencias. La familia es un camino abonado para mantener en absoluta sumisión a las mujeres.
Oliva, investigadora a la par que muchas otras feministas que también  han estudiado el sujeto femenino, nos habla del sujeto desmontando las teorías de otros filósofos que también han hablado sobre el sujeto. Cuando lo leí, lo que más me llamó la atención fue pensar en la familia, pues es donde nos ensalzan y  nos mantienen presas a las mujeres.
Mientras Penélope teje el hilo Ulises viaja hasta que, finalmente, vuelve a Ítaca. ¿El hilo de Penélope ayuda a que Ulises vuelva a Ítaca?, curiosamente Penélope teje el hilo junto a su hijo Telémaco.
La voz de Antígona se alza pronunciándose contra el poder para cumplir con los deberes ancestrales de la familia. Aunque le prohíba el rey enterrar a su hermano, necesita darle sepultura, finiquitar de una vez para poder quedarse en paz. Mientras hay vida hay esperanza, pero si no hay esperanza tenemos que llevar a cabo lo necesario para quedarnos en paz.
El hilo y el grito habla del amor sacrificado y de la muerte.
En aquellos días, cuando recibí el ensayo,  me encontraba trabajando en unos relatos cortos que, en mi intención, hablaban de algunos tipos de familias diferentes. No sé el porqué, pero algo me vino a recordar mis cuentos cuando leí El hilo y el grito, y eso me aportaba un nuevo aliciente para que me tomara muy en serio la lectura del ensayo. Pues me estaba preguntando si no estaría en crisis la familia, como otras instituciones. Pese a que la familia es uno de los pilares de la sociedad, pienso que se constituye frente al poder y me pregunto: ¿si no hubiera poder nos tendríamos que atrincherar frente a él?
Para hablarles de la familia me voy a permitir comentar Las Meninas, como si no se hubiera dicho ya bastante sobre este cuadro. Con la de miles de interpretaciones que ya existen, ¿cómo atreverme yo?
Miré el cuadro, que conocemos con el nombre de  Las Meninas de Velázquez, por primera vez cuando todavía era una niña, no sabía qué representaba ni quién lo habría pintado;  ni siquiera sabía si era una pintura o una fotografía. Encontré un visor de juguete en un cajón de una mesa abandonada en el cuarto trastero donde se guardaban las escobas y otros objetos para limpiar la escuela, me impresionó tanto que cada vez que podía volvía al cuarto trastero, abría el cajón de la mesa y miraba a través del visor para encontrarme con aquella familia. ¿Qué me había fascinado de esas personas que se encontraban juntas en un momento preciso de sus vidas y habían sido representadas? Quizás la paz que sentía al contemplar la escena, la tranquilidad, el orden, el pensar que no necesitaban nada más, que todo estaba en su sitio. No lo sé. Más tarde he mirado el cuadro en diferentes visitas al museo y he leído acerca de él lo que han escrito algunas y algunos de sus investigadores. Pues sí, me fascinó, ha sido tanta esa fascinación y durante tantos años que me permito renombrarlo: para mí, desde hace no mucho tiempo, es La familia de Velázquez, me cuadra mucho más ese nombre para explicar un poco lo que quiero contarles acerca del cuadro.
Mirando esta pintura veo una luz, la de atrás, que tiene que llenar la estancia para sobredimensionar el lienzo. El pintor vuelve a su hogar, después de estar por segunda vez en Italia, y se siente obligado a ostentar sus atributos. Le viene que ni pintado el encargo que le hará el rey, está en la plenitud de su arte y nos lo muestra con todo lujo de detalles.
El rey, después de apreciar el cuadro en todas sus dimensiones, no pudo menos que conceder a Velázquez la cruz de Santiago. Se la ganó a pulso y le demostró que estaba a su altura desde su profesión de pintor.
El cuadro fascina y se seguirá interpretando. ¿Qué hubo detrás de la nueva pintura y por qué el rey se quita el sombrero y lo distingue como uno más de la nobleza, con la cruz de Santiago? No es sólo un oficio manual, no, no en el pintor Velázquez. La cruz de Santiago fue pintada después, ¿por Velázquez o por el propio rey? Estos y otros interrogantes siguen sin responderse y están abiertos a otras posibles interpretaciones. ¿Qué conversaciones, qué nivel de amistad mantienen Velázquez y el rey para que le conceda la cruz de Santiago? Es como de su familia.
Cuando pensé en una imagen para comentar el ensayo de Asunción Oliva me acordé de “La familia de Velázquez”, pues observo en este pintor que se le pueden atribuir, según mi interpretación, las figuras de Ulises y Penélope en su misma persona, según en qué momento de su vida pensemos. Y, por supuesto, también representa, a mi modo de ver, el arquetipo de Antígona, incluso más en otra de sus pinturas, en Las Hilanderas. Velázquez ha estado en Italia, viaja como el héroe Ulises y regresa a su Ítaca. (Parece que dejó en Italia un hijo, ¡qué parecidos son todos!, aunque luego sean diferentes).
En el lienzo podemos reflexionar sobre el hilo que va tejiendo Velázquez para contarnos la historia de la escena que nos presenta. Y el grito tenue, en tres dimensiones, que nos lanza el pintor: aquí me tenéis, esta es mi obra y mi profesión. Se levanta frente al poder de quien quiere ostentarlo, de quien se le ponga delante. Y no se esconde tras el cuadro ni está pintando, mira al espectador y muestra sus atributos de pintor: la paleta, el pincel y el gran lienzo cerrando la escena por la parte izquierda. Espectacular por la armonía que consigue, real por la serenidad, por esas tres dimensiones, por esa profundidad que logra gracias a  la puerta que se abre. El foco de atrás me parece importantísimo, porque envuelve toda la escena dando luz de manera potente a la parte principal.
Los reyes congelados en el espejo, ¿cómo algo del pasado? El futuro es la pequeña y la ilumina, la representa con la astucia del poder, por la mirada, no mira de frente. Las Meninas sirviéndola y cuidándola, ¿la niña mira de reojo a quien le sirve y por lo que le entrega? La otra menina en pose de reverencia ante el poder.
El niño díscolo molestando al perro, que ni se inmuta porque todo está en armonía y en su lugar. No hay de qué preocuparse, nada le preocupa al perro, pese a que Nicolasillo esté con el pie sobre el lomo, el perro lo soporta sin más. El  perro, mastín de los montes de León, protector del ganado y del hogar, fundamentalmente de los niños, se encuentra tranquilo cerrando otra parte del cuadro. Pero si no fue perro sino cerdo, la interpretación ya es otra. ¿Quizás un guiño a El jardín de las delicias del Bosco, si tiene algo que ver con el clero?, ¿en ese caso el niño, Nicolasillo,  pisa al cerdo en pose triunfal, como de cazador con la pieza bajo sus pies?, ¿cuántas más preguntas pueden surgir de algo que se cambió por petición real? Nicolasillo pisa al mastín, pero el perro ni se inmuta, todo está en orden, pero ¿de qué orden está hablando el pintor?, ¿qué orden nos quiere trasmitir? Al lado Mari Bárbola dispuesta a entretener a la infanta, con toda dignidad, para cumplir con su papel.
Seguimos con las figuras de la escena: el ayudante de cámara, José Nieto,  sale por la puerta para dar luz, mero brazo del pintor, punto de fuga también. Fue un cargo que ostentó el propio pintor. La infanta Margarita representa el poder, el artista la debe adorar, pero en la mirada veo la astucia, no ha dejado de atribuirle uno de los signos del poder. ¡Es tan extraordinario este pintor! La pequeña es el futuro poder y todos giran alrededor de ella, tiranía de los niños, también de las mujeres. El poder no tiene género, la tiranía es ejercida por los hombres y por las mujeres, incluso por los niños.
El pintor representa a su familia, y la pinta como si nos la estuviera presentando, es real,  como si estuvieran ahí. Velázquez nos muestra sus atributos y eterniza a su familia, el perro en el otro ángulo guardando el hogar, el del artista. Consigue otra dimensión, pinta la escena como en tres  dimensiones, consigue que parezca real. La familia frente al poder, el de los reyes que quedan reflejados en el espejo. En esa estancia, el cuarto del príncipe, el pintor trabaja con su familia. Margarita se entretiene con los enanos, Mari Bárbola y Nicolasillo,  y las meninas, María Agustina Sarmiento de Sotomayor e Isabel de Velasco,  la cuidan. Diego Velázquez se encuentra en familia.
Además eterniza su profesión: la pintura es la protagonista por el enorme lienzo y la manera de mostrarnos sus atributos de pintor. Es el patriarca de la familia, años después el rey le concede la cruz de Santiago. Paz en esa estancia tan hogareña, luz entre los oscuros de la familia, la luz realza las figuras de la niña, las meninas y los enanos. El pintor convierte el cuarto en su hogar, eterniza el momento hogareño que él nos trasmite.
La pareja de guarda-damas en penumbra. La mujer en menos penumbra, ¿futuro de las mujeres, según el pintor? Pues las protagonistas en este caso son las mujeres, y en otras más de sus pinturas. Considero que a Velázquez se le podría rescatar entre los pintores que reivindican a las mujeres porque las pinta con dignidad. Representó a las mujeres en el papel que se les ha atribuido a lo largo de la historia, pero como protagonistas. Pienso que se podría  reivindicar a Velázquez porque nos muestra a las mujeres en primer plano, pese a su desnudo integral de mujer, ya sabemos, el de la Venus del espejo, pero pinta a las mujeres con dignidad, como a cualquier persona, ocupe el puesto que ocupe en la escala social. Por tanto,  lo rescataría como varón que se acerca al mundo de las mujeres, pese a lo de la Venus, tema tratado por algunas feministas.
Si a las mujeres nos han relegado durante siglos al hogar y es aquí donde hay que  enterrar a los muertos, es por lo  que Antígona se alza frente al rey para decirle: deja que yo realice mi labor como me corresponde, se dirige al rey para reivindicar su papel. Por todo lo expuesto, para finalizar, si no han conseguido coger el hilo en las Meninas les invito a mirar la hebra de las Hilanderas, también representa el hilo y el grito, a mi modo de ver. En este caso, podemos dar más relevancia a la figura de Antígona por estar relacionada con la muerte.
Y si, como parece, esto es cuestión de tiempo, pues lo que tenemos es que disponemos de una vida con muerte segura, no puedo terminar sin formularme otra pregunta más: ¿por qué la vida y muerte de unos recibe mejor trato que la de otros?

Mercedes Merino Verdugo